Literatura

Tribulaciones y mudanzas

Es bien conocida la frase de aquel capitán Iñigo López de Loyola, pacificador de la sublevación de Nájera en plena Guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), herido de gravedad en la batalla de Pamplona, posteriormente primer soldado de la Contrarreforma creando y expandiendo por el mundo la Orden de Jesús: «En tiempos de tribulación, no hacer mudanzas».

Estamos en días que giran alrededor de la conmemoración de los cuarenta años de la Constitución que nos dimos en 1978. Si hay una constante entre los comentarios de hoy, es que necesita actualizaciones y reformas que la adapten a nuevos tiempos. Lo que no se reforma muere, dicen voces sensatas poniendo como ejemplo la permanencia de la Constitución Americana que ya fue enmendada antes de los dos años de su vigencia.

Para recordar, he leído con calma lo que opinaban los siete ponentes constituyentes en 2003, al conmemorarse los 25 años de su vigencia. Aun vivían todos –Cisneros, Fraga, Herrero de Miñón, Peces-Barba, Perez-Llorca, Roca y Solé– y sus reflexiones desprendidas de ambiciones políticas, asumiendo errores, proponiendo mejoras substanciales, siguen siendo hoy más que válidas. La edición –una joya, en mi opinión– la promovió nuestro Senado –Juan José Lucas–, y fue editada por Thompson Aranzadi con prólogo de Adolfo Suárez. Los conocidos como «padres» de nuestra Constitución se consideraban entonces solo exponentes de lo que nuestra sociedad necesitaba y que unos líderes responsables, el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez en primera línea, supieron canalizar. Hicieron valientemente la mudanza asumiendo posibles tribulaciones, contando no obstante con la voluntad mayoritaria de un pueblo español capaz en aquel momento de controlarlas. Llámese consenso, cultura democrática como última fase del desarrollo económico, consolidación de una clase media, apertura exterior o necesidad de cambio. Nunca habíamos estado tan unidos. Un referéndum mayoritario lo ratificó. Incluso fuimos ejemplo.

Hoy, ciertamente, estamos en tiempo de tribulaciones, lo que da razones de peso a los que no quieren ni hablar de mudanzas. La sociedad no es la misma del 78 en la que aún nuestros padres –los abuelos de muchos lectores más jóvenes– ponderaban sensatamente las opciones posibles, siempre con la firme voluntad de no repetir errores históricos que muchos compatriotas sufrieron en sus carnes. Parece que lo que digo es solo una frase hueca. Desde luego no lo es. Miles de españoles sufrieron en sus carnes errores políticos. Nuestros mayores, preservándonos, no lo querían vivir de nuevo.

En la conmemoración de 2003, planeaba sobre nuestra vida la amenaza etarra, parcialmente enterrada hoy, aunque siga latente incrustada como poder en la sociedad vasca y en parte de la navarra. Pero a nivel general, la preocupación viene ahora por Cataluña. Y la tribulación es tanto o mayor que la que provocaron aquellos «árboles y nueces» vascas. Incluso parece que se repiten situaciones y discursos, como los que pregonan una superioridad de raza, una burguesía dirigente corrupta, la desligitimación de «los otros», la manipulación de la historia, un «el que no está conmigo esta contra mí». Como a muchos alemanes cultos durante el III Reich, alguien ha impregnado en otro pueblo culto como el catalán, ideas más propias del siglo XIX que del avanzado XXI en que nos encontramos.

Y nos costará encontrar un espacio sin tribulaciones, en tanto pretendamos romper la herencia recibida, en tanto pongamos en duda el discurso del relevo generacional. «Yo no estaba el 78» sirve de mascarón de proa. ¡Cómo tampoco estábamos en el París de 1789, en la solemne Declaración Universal de los Derechos Humanos!

Son responsables los líderes políticos de esta situación, cuando no parecen ser conscientes de lo que nos jugamos. Y no solo en votos, donde ya se ha producido un primer sobresalto en Andalucía, sino en responsabilidades penales. Ya hay quien clama insensatamente por repetir las «hazañas» de los chalecos amarillos en París, donde han llegado a profanar algo tan sagrado para los franceses como es su Arco de Triunfo y la tumba del Soldado Desconocido. ¿De dónde sale este odio que no se dio ni en Mayo del 68? ¿Realmente alguien en España cree que es el camino a seguir? ¿Decir que «si los votos me avalan, creo en el sistema; si no me avalan, voy a por la calle», es ético? En menos de 24 horas ya brotaba esta prostitución de la democracia en algunas plazas andaluzas. A Ortega Lara, enterrado en vida por los asesinos etarras durante 532 días, le ha espetado alguien estos días: «¡Vuelve al zulo!». ¡Cuidado!

Como nos recordaba hace unos días Reyes Monforte en estas páginas, «el odio primero se verbaliza y esa palabra enciende la mecha de la infamia».

Y de la infamia a la selva, a la permanente tribulación. ¿Quién gana?