Trump y la realidad

La Razón
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Cuando está a punto de venírsenos encima la catarata de diagnósticos sobre sus primeros 100 emblemáticos días, parece que por fin la realidad ha irrumpido en la mente del más atípico de los presidentes americanos, o de casi cualquier otra democracia.

No deja de ser pintoresco defenderlo con el argumento de que sus excentricidades no pueden tener consecuencias negativas, porque se lo impide el sabio sistema de frenos y contrapesos que caracteriza la Constitución americana. La Presidencia es una pieza clave, que tiene que engranar con las otras dos para que el sistema funcione adecuadamente, y mucho mejor es que no necesite ajustes continuos.

Los cien días están resultando bastante más caóticos de lo habitual, pero finalmente, con buen número de tomas y dacas, los puestos se han ido cubriendo con buenos nombramientos, especialmente en Exteriores y Seguridad, aunque en otros campos han abundado prestigiosos especialistas académicos o del mundo privado, pero tan ayunos de experiencia política como su propio jefe. El sistema funciona con chirridos, el más estridente la orden de prohibición de entrada a ciudadanos de siete países musulmanes. Algunos jueces de claro sesgo obamista, con argumentos legales chocantes, la bloquearon, y la Casa Blanca, como no podía ser menos, lo respetó escrupulosamente. Con independencia de la dudosa sensatez política del decreto, el presidente todavía puede ganar en el Supremo.

Lo más importante, y en principio tranquilizador, es que Trump, en las dos o tres últimas semanas, ha demostrado capacidad de aprendizaje y adaptación, lanzando por la borda algunas de sus más llamativas afirmaciones y perturbadoras propuestas electorales. Como el más convencional de los políticos, ama la popularidad y quiere cosechar éxitos. Llegó a la presidencia con un 46.1% de los votos populares frente a su rival que obtuvo un 48.2%. Desde entonces el saldo entre aprobaciones y rechazos en el promedio de las encuestas ha ido hundiéndose hasta llegar a -13 (40-53), lo nunca visto desde que se inventaron esos sondeos a comienzos de los 60. En el 2008 Obama ganó con 53% de los votos. En unas semanas de habitual luna de miel con el país llegó a un 65% de aceptación. Últimamente Trump, en paralelo a sus enérgicas actuaciones o declaraciones en el exterior (Siria, Afganistán, Rusia, Corea del Norte) y la reversión o silenciamiento de algunos de sus más irritantes dichos, ha subido sus índices hasta -8. No se acaba su luna de hiel, pero ha recuperado a algunos de los que lo votaron tapándose las narices. Algo es algo.

El hombre que no escribe más de 144 caracteres y no lee más que la cara de un folio de vez en cuando consulta las encuestas y tiene buen oído. Después de hablar con el secretario de OTAN dijo que ésta había dejado de ser obsoleta. Tras su conversación con el rey de Jordania dejó de promover la idea de que trasladar la capital de Israel a Jerusalén. En diez minutos con Xi Jingping se enteró de lo complejo que es el tema norcoreano. Del muro a cuenta de los mexicanos ya no se habla, aunque ha encargado estudios para completar algunos tramos, a cargo del erario americano. Por malo que sea la ley sanitaria de su predecesor, el Obamacare, y por mucho que quisiera ponerse una gran medalla al respecto, ya ha visto que «abolir y reemplazar» no es tan sencillo como prometía. Y mucho más.

Pero por supuesto, Trump es Trump y no hay nada que le pueda cambiar la personalidad. Presume de ser flexible y considera la imprevisibilidad un activo en política como en negocios. Se considera un maestro en el arte de negociar tratos, sobre lo que escribió un libro, y parte de la premisa de ocultar sus intenciones tanto a enemigos como a amigos. No podemos suponer que sus últimas decisiones y manifestaciones sean finales y definitivas, pero es de esperar que marquen una dirección. Sus orientaciones «pro-crecimiento» están teniendo resultados muy positivos en economía. Sus colegas del mundo empresarial ya le han hecho ver que China ya no es una manipuladora monetaria. Ahora falta que alguien lo convenza de que el nacionalismo proteccionista es catastrófico.

Trump se deja penetrar por la realidad pero tiene que cuidar a su base. Algunos ya empiezan a sentirse traicionados, sobre todo en lo que significa implicarse militarmente en exóticos conflictos, pero, como hemos visto en las encuestas, su base, algo mermada, está resistiendo mal que bien. Hay que tener en cuenta que nunca se lo tomaron al pie de la letra, de la misma manera que él fue oportunistamente consolidando en su retórica aquello que suscitaba entusiasmo en sus seguidores, a los cuales les gusta sus modos y estilo no menos que sus ideas. Se sienten recompensados por sus ataques a la izquierda, cuyos medios y portavoces tanto los desprecian, al mismo tiempo que las intemperancias nada democráticas de fanatismo antitrumpista es un acicate para mantener la lealtad a su caudillo.