Sociedad

Entre gracia y fragilidad

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Estamos ante el misterio de la asistencia divina a la Iglesia
Estamos ante el misterio de la asistencia divina a la IglesiaChristian Díaz YepesLa Razón

Lectio Divina del evangelio de este domingo XXII del tiempo ordinario

Después de decir a Pedro en los versículos anteriores unas palabras como a nadie más ha dicho, “a ti te daré las llaves del reino de los cielos”, hoy Jesús le increpa con el más duro de los calificativos. ¿Qué ocurre en esta página del evangelio? ¿Cómo es que Cristo ha dado tanta potestad al discípulo inspirado por el Padre y acto seguido le identifica con el mismísimo Satanás? Estamos ante el misterio de la asistencia divina a la Iglesia fundada sobre la confesión de fe de Pedro y a la vez la fragilidad de su humanidad, que necesita mantenerse en escucha y conversión hacia la voluntad del Maestro, que siempre va más allá de los cálculos humanos. Leamos con atención:

Entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta (Mateo 16,21-27)

El gran tema de este evangelio, incluido el pasaje del domingo anterior, es el reconocimiento del verdadero mesianismo de Jesús, que a Pedro le costaba reconocer porque estaba apegado a las visiones del mundo. Le cuesta aceptar que su Señor no será un mesías arrollador y prestigioso, sino que el paso a su gloria asumirá el dolor y la humillación. ¡Cuántas veces nos pasa a nosotros lo mismo! Creemos que amamos a Jesús, pero a menudo no le acompañamos su camino de despojamiento e identificación con los que sufren. Rechazamos tantas veces esa cruz de cada día que, por su ayuda, puede convertirse en la gran oportunidad que esperamos. Pensamos como los hombres, no como Dios, y es aquí cuando él nos aparta de su camino, pues más bien estamos siguiendo la voz del tentador.

Pedro se había llevado aparte a Jesús para tratar de disuadirlo de la misión que él había asumido con firmeza. Es la actitud propia de quien sabe que la voluntad de Dios pasa por la entrega y el sacrificio y, sin embargo, busca cómo ajustarla a su conveniencia y gusto. Y en esto también Pedro nos representa a cada uno de nosotros, como igualmente en esos intentos de poseer a Dios solo para sí, apartándonos de la comunidad y “privatizando” nuestra relación con Él. Ante esto Cristo es tajante. Increpa al discípulo y vuelve a enseñar a todo el grupo. Si aquel quiere evitarle el paso por la cruz, ahora él la pone delante de todos los que quieran seguirle. Pedro tiene una vocación singularísima entre los apóstoles, pero siempre con ellos, no adueñándose de Cristo que quiere darse a todos, ni mucho menos buscando cambiar los planes de Dios.

Ya desde la vida terrena de Cristo la vocación de Pedro es paradójica. Él ama con pasión y es inspirado por Dios como ningún otro, pero a la vez sucumbe ante sus miedos y heridas personales. Para los discípulos esto implica humildad ante el que ha sido puesto por el Maestro como cabeza de la comunidad y confianza en la gracia que le ha sido dada. En los Hechos de los Apóstoles, efectivamente, encontramos muchos pasajes en que la comunidad se mueve entre esos dos ejes de la elección de Dios y la fragilidad humana, que son como los dos polos de la corriente de su energía vital y evangelizadora (“dynámis”). Los cristianos aman a Pedro, aprenden de Él y por él oran y se dejan guiar, a la vez que le ayudan a ir más allá de sus limitaciones humanas. Saben que su fuerza y sus palabras no son las de un hombre más, sino las de un elegido, amado y perdonado por Dios. A lo largo de la historia, los auténticos cristianos han sido los que han seguido también este ejemplo, manteniéndose unidos a los sucesores de Pedro y de los Apóstoles, sin menoscabar en sus limitaciones humanas –que incluso han llegado a ser grandes y manifiestas en algunos períodos– sino más bien confiando en la gracia y asistencia que les ofrece Dios, el único perfecto. Al fin y al cabo, la historia del cristianismo no la determinan los pecados de sus miembros, sino la santidad de los que entre ellos han sabido dar primacía a la fe y al amor que todo lo vencen. Por eso también hoy volvemos a afincarnos en la fe y repetimos con el Pescador de Galilea: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Solo tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6, 68).