Con las botas puestas

La Razón
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Doce kilómetros a pie. Más de tres horas de camino. Para pasar casi 24 horas en una era a las afueras de Cracovia. Esto sólo se le puede ocurrir a quienes creen firmemente en esta frase: «Y acampó entre nosotros». Sólo desde ahí se pueden entender las masas que tapizaban el llamado Campus de la Misericordia. No hay dron que logre hacer un plano secuencia en menos de un minuto del gentío extendido. Sólo desde ahí se comprende que uno a uno soportaran sin quejas que les revisarán las mochilas.

Al atardecer, arranca la vigilia. Sobre la esterilla y el saco. Frente a una pantalla gigante y con un escenario que en algunos casos sólo se intuye o imagina. Pero poco importa. Esto no es Woodstock. Ni el Sónar. Aquí se viene para algo más que darle gusto al cuerpo. Que se lo digan a Rand. Si en días anteriores el Papa puso a los jóvenes de la JMJ frente a los refugiados, ahora uno de ellos tomaba la palabra.

Rand es aparentemente igual que todos ellos. Salvo porque ella vive en una «ciudad olvidada». En Alepo. Su testimonio enmudece. «Vivimos sabiendo que estamos rodeados de muerte. No hay manera de descansar. Dios: ¿por qué no tienes misericordia de nosotros? ¿este es nuestro final? ¿moriremos en el dolor?». Pero en medio del horror, la mano tendida de los salesianos. Con un centro de acogida que busca devolver algo de dignidad a los jóvenes sirios que no han huido. Rand colabora con ellos. «Así he descubierto que Dios existe a pesar de nuestro dolor. Es más, existe a través de nuestro dolor, donde nos muestra su amor». Relató la muerte de varios de sus amigos. «Nos han robado nuestros sueños». Aquí se podría haber acabado la vigilia. Y eso que ni siquiera había caído la noche. Con esta lección de vida de esta chica que supera cualquier catequesis, cualquier sesión de coaching. En plena sacudida de Rand, Francisco zarandea al personal algo más. Y no sólo a los jóvenes. Realiza la declaración más firme frente al EI. Si en el vuelo de Roma aclaró que no hay guerra de religiones, ahora establece cuál es el protocolo de actuación de la Iglesia ante el ISIS: el del Evangelio. «Nosotros no vamos a gritar contra nadie, no vamos a pelear, no queremos destruir. No queremos vencer al terror con más terror». Frente a la barbarie de Siria, frente a los ataques como el de Normandía, Bergoglio reclama fraternidad, comunión y familia. Los chavales le respaldan con sus aplausos.

*Director de Vida Nueva