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El buen pastor que no temió los cambios

Juan XXIII constituyó un fenómeno espontáneo de simpatía y atracción popular. Su elección resultó providencial

Angelo Roncali, cuarto hijo de una familia campesina, con su madre
Angelo Roncali, cuarto hijo de una familia campesina, con su madrelarazon

Jesús anunció a sus discípulos que serían conocidos por sus frutos y poco a poco les fue señalando con precisión la naturaleza de estos frutos. «Amaos los unos a los otros»; «Actuad con los demás como queréis que ellos actúen con vosotros»; «Los últimos serán los primeros»; «Perdonad setenta veces siete»; «Amad a vuestros enemigos». Estos principios constituyen la fuente de actuación y de identidad de los discípulos de un Maestro que dio la vida por todos nosotros. Con ellos podríamos elaborar una historia apasionante de los santos. De hecho, al anunciarles que Dios era nuestro Padre les dio a entender que todos éramos hermanos, de forma que nuestra vida y nuestra Iglesia debían manifestar esta realidad con todas sus consecuencias. Y muchos santos son esos testigos.

Hoy recordamos a uno de los grandes testigos del amor de Dios, a quien conocimos muchos de nosotros y de quien guardamos un recuerdo imborrable. Me refiero al nuevo santo Juan XXIII. Angelo Roncalli (1881-1963) nació en Soto il Monte, en el norte de Italia, en una familia humilde campesina, que permaneció así incluso cuando su familiar fue encumbrado al solio pontificio. Constituyó la más sonora antítesis del culto a la personalidad, tan frecuente en quienes ejercen el poder. El supremo pontificado representó objetivamente el premio a la dulzura, a la prudencia evangélica y a la audacia histórica de un hombre que vivió su fe cristiana en profundidad y en obediencia.

Hoy podemos afirmar que su elección resultó providencial. A lo largo de su vida y, sobre todo, en su actuación como dirigente supremo de la Iglesia católica manifestó una concepción del puesto y un talante personal que tuvo importantes consecuencias en la convivencia eclesial. Muy poco convencional en sus gestos y en su modo de relacionarse, constituyó un fenómeno espontáneo de simpatía y atracción popular. Creyentes y no creyentes le quisieron y le siguieron. Conocía el mundo moderno y no lo temía, no escondió su amor a la vida y se esforzó por no perder el contacto con los seres humanos y con sus preocupaciones. Angelo Roncali vivió como sacerdote de Jesucristo. Sus actos, su vida y su estilo formaron parte de su magisterio tanto como sus escritos y discursos. Todos ellos manifestaron con nitidez un pontífice que creía en Jesucristo, causa y fundamento de todas sus manifestaciones y que siempre se mostró cercano a los hombres. En 1960 apunta en su diario una nota tomada de Santo Tomás de Aquino según el cual «es heroico perseverar hasta la muerte en el ejercicio de las virtudes comunes».

Juan XXIII significa la desmitificación del papado precisamente por haber conservado en él toda su humanidad y no haber disimulado el más pequeño de sus gestos. Hombre bien formado y profundamente piadoso, cultivó desde su niñez la devoción al Sagrado Corazón: «Cada vez que oigo hablar del Sagrado Corazón de Jesús o del Smo. Sacramento, percibo una impresión de inefable alegría: siento como una oleada de amables recuerdos, de dulces afectos y gozosas esperanzas que se comunican a toda mi pobre persona, que me sacuden llenándome el alma de suave ternura». Gracias a este abandono en manos de la providencia, fue una persona feliz que siempre supo aceptar con paz sus mandatos y cuanto le acaecía.

Su profundo sentido de la historia le llevó a enunciar uno de los principios más sugestivos de su doctrina y que tanto ha influido en los años sucesivos hasta nuestros días, la concepción del «signo de los tiempos». Permanecer atentos a los signos de los tiempos consiste en perseguir las huellas de la presencia de Dios en la historia humana y distinguirlas de la rutina preponderante. Consiste en individuar a los diez justos en medio de la masa inerme, porque son ellos los que atraen las bendiciones y la benevolencia de Dios.

En 1925, Pío XI le envió a Bulgaria como diplomático representante de la Santa Sede. Escribió en 1928 estando en Sofía: «Nada hay de heroico en cuanto me ha sucedido y en cuanto he creído que tenía que hacer. Una vez que se ha renunciado a todo, exactamente a todo, cualquier audacia resulta la cosa más simple y natural de todo». Aquí encontramos seguramente la explicación de su profunda espiritualidad y de su libertad de espíritu. Su audacia no provenía de su ideología o de un carácter determinado, sino de la simplicidad de quien se ha entregado directa y totalmente a la voluntad divina.

De Bulgaria le trasladaron a Estambul (1934), como delegado apostólico de Turquía y Grecia y, al mismo tiempo, administrador del vicariato apostólico de Estambul. Mantuvo, en estos puestos diplomáticos, su capacidad de acogida, servicio y colaboración, de forma que adquirió un fuerte prestigio personal que siempre le acompañó en sus diversos cargos. Tenía un carácter espontáneamente amable, pero se esforzó a lo largo de su vida por ser siempre acogedor, respetuoso y amable: «Mi temperamento y la educación recibida me ayudan en el ejercicio de la amabilidad con todos, de la indulgencia, de la cortesía y la paciencia. No me apartaré de ese camino».

Inesperadamente, Pío XII le nombró su representante en París. «Con monseñor Roncalli el papel religioso del nuncio apostólico en Francia se transformó públicamente y eclipsó su carácter diplomático ante el gobierno», escribió poco después Francois Mejan, jefe de la Oficina de Cultos del Ministerio del Interior francés.

En 1953 fue nombrado cardenal y tres días más tarde arzobispo y patriarca de Venecia. Respondió desde París a monseñor Montini cuando éste le propuso la determinación del Papa: «He tomado el tiempo suficiente para confiarme al Señor y reflexionar. No he necesitado mucho tiempo. En lo que Vuestra Excelencia me anuncia y propone no existe nada mío, por lo que repito mi lema episcopal: "Oboedientia et Pax". El Santo Padre puede disponer de mi humilde persona con perfecta libertad de espíritu».

Encuentro en su diario espiritual este comentario espléndido con motivo de su llegada a Venecia: «Es curioso que la Providencia me haya devuelto al lugar donde mi vocación sacerdotal dio los primeros pasos, es decir, al servicio pastoral. Ahora me encuentro en pleno ministerio directo de las almas. En realidad, siempre he pensado que para un eclesiástico la diplomacia como tal debe ir empapada de espíritu pastoral; de lo contrario no vale nada y lleva al ridículo una misión santa. Ahora me encuentro ante los verdaderos intereses de la Iglesia, en relación con su finalidad, que es salvar almas, guiarlas al cielo. No deseo ni me preocupa otra cosa que vivir y morir por las almas que me están confiadas».

Juan XXIII puso el acento en su calidad de obispo de Roma. Obviamente, todos eran conscientes de que el Papa era obispo de Roma, ya que es Papa porque es obispo de Roma, pero, de hecho, esta función tradicionalmente quedaba relegada y transferida a sustitutos subalternos. Al tomar posesión de su catedral, San Juan de Letrán, explicó que, «no es ya el príncipe que se adorna con signos de poder exterior al que ahora se mira, sino al sacerdote, al padre, al pastor, (...) que funde en la misma persona dos dignidades y dos misiones incomparables: la de obispo de la diócesis de Roma y la de pontífice de la Iglesia universal».

Fue muy consciente de que la Iglesia debía renovarse y entablar un diálogo abierto con la sociedad contemporánea, según una fórmula que utilizó al inicio de su trabajo diplomático: «Tiempos nuevos, nuevas necesidades, formas nuevas». Con motivo de la muerte de Pío XII, escribió en su diario: «Estamos en la Tierra no para custodiar un museo, sino para cultivar un jardín lleno de vida y destinado a un futuro glorioso». A pesar de su carácter tradicional, no tuvo miedo a los cambios y confió en las personas y en la capacidad de adaptación de la Iglesia. No era ingenuo ni despreocupado, sino que consideraba que la Iglesia, con la fe de sus creyentes y su tradición podía renovarse en profundidad sin perder su identidad.

Este Papa dio con la fórmula para escapar de una reclusión católica secular. Abrió las puertas, por las que se precipitó el torrente de vida que existía en su interior, pero detenida y anquilosada por muchos miedos, por tentativas erradas y circunstancias adversas. Dos semanas antes de morir, insistió en que había que servir al hombre en cuanto tal, y no solo a los católicos. Era consciente de que la Iglesia debía preferir la utilización de la medicina de la misericordia antes que la de la severidad y el castigo. A través de sus actos y palabras pretendió transformar la dignidad papal en servicio de acogida y de caridad. La Iglesia se transformaba en un espacio abierto a todos y él se convertía en el padre común. En Italia, con sus palabras y actos, buscó la autonomía de una Iglesia demasiado enfeudada a un partido y a una política concreta, insistiendo en la neta distinción existente entre fe y política. Esta decisión de colocar el Evangelio por encima de partidos y opiniones explica el respeto con que fue acogida su actuación durante la crisis de Cuba en octubre de 1962.

El concepto «signo de los tiempos» se convirtió en el núcleo de un nuevo planteamiento y de un modelo de interpretación: se acababa la Iglesia inmóvil, conservadora a ultranza por instinto, anclada en el pasado y desconfiada de la historia, para convertirse en una Iglesia dispuesta a repensar los temas y cuestiones antiguas, centrada en el servicio al ser humano en su conjunto y en la difusión del Evangelio. Subrayó eficazmente la importancia de la función episcopal y de las iglesias locales, desdibujados por la inflexible centralización romana, iglesias que se convirtieron en protagonistas teológicos del concilio.

Ante un grupo desconcertado de cardenales que le consideraba un pontífice anciano, el Papa anunció, apenas tres meses después de su elección, la celebración de un sínodo romano, la revisión del Código de Derecho Canónico y la convocatoria de un concilio ecuménico, es decir , la renovación de tres elementos fundamentales en la estructura y organización de la Iglesia romana.

Otro objetivo del Concilio fue el de poner a la luz la sustancia y el núcleo fundamental del cristianismo, a veces velado por tantos revestimientos y añadiduras accidentales. Para Juan XXIII resultaba necesario purificar y mostrar en su plenitud la riqueza interior de la Iglesia: «Nuestro deber no se reduce únicamente a custodiar este tesoro precioso, como si solo nos preocupásemos de la antigüedad, sino que debemos dedicarnos con voluntad y sin temor a la obra que exige nuestro tiempo, prosiguiendo así el camino que la Iglesia cumple desde hace veinte siglos».

La dulzura es un atributo de Dios que nos ama como Padre nuestro que es, sin tener en cuenta nuestros méritos ni nuestros actos. A lo largo de su vida, Juan XXIII fue una persona acogedora, que escuchó y acompañó a cuantos tuvieron necesidad de salir de su soledad y angustia. En uno de sus retiros espirituales escribió: «Durante la cena hemos leído algunas páginas de Faber sobre la benevolencia. Me gusta el tema, porque veo que todo está ahí. Insistiré en el esfuerzo tranquilo por ser especialmente amable y benigno, sin debilidades, pero con perseverancia y paciencia para con todos. El ejercicio de la bondad pastoral y paternal debe resumir todo el ideal de mi vida de obispo. La bondad, la caridad: ¡qué inmensa gracia!».

Búsqueda de respuestas

El Papa, de formación y talante indudablemente conservadores, no temía los cambios y animó a elegir una actitud de misericordia y no de condenación, un análisis valiente de la situación y la búsqueda de las respuestas adecuadas.

Tres meses antes de morir, sus hermanos Zaverio y Giuseppe fueron al Vaticano a visitarle. Rezaron juntos el rosario. «Nosotros somos como los apóstoles, cansados a la orilla del lago, dijo a sus hermanos al salir de la capilla, pero el cansancio se pasa apenas aparece el Señor». Era consciente de su muerte próxima, gozó de la cercanía de quienes amaba, pero señaló la razón de ser de su vida, la presencia de Cristo. Recuerdo que en el momento de su muerte pensé que, aunque muchos Papas habían amado al mundo, los hombres se sintieron amados por el Papa Juan y le correspondieron.

*Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana de Roma