El Papa se moja

La Razón
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Son las cinco y media de la tarde. Llueve. Pero aquí no se mueve nadie. Es más, en el cuadrante C3 del parque de Blonia continúan entrando peregrinos. Y cientos de polacos se acumulan a las afueras. Para ver a Francisco. «Mira, va con el papmóvil al descubierto». Se moja. Como todos. Como uno más. «¡Qué pasa a nuestro lado!». Fina y Miriam salen a su encuentro. Carreras para hacerse con una mirada, una sonrisa o un gesto de Jorge Mario Bergoglio.

Cualquiera de ellos pagaría lo que fuera por mantener una conversación con él. Lo que no se imaginaban es que ese momento llegaría minutos después. Tras escuchar el Evangelio, una vez más Francisco parte de su texto escrito en Roma pero no puede evitar dejar a un lado los papeles y arrancarse a dialogar con los jóvenes. El Papa provoca, interpela. Cuestiona. Hasta ocho preguntas les lanzó. Ni retóricas ni al aire. Les exigió respuesta. Ellos no se lo espereaban, pero recibieron catequesis multitudinaria interactiva. ¿Sois capaces de soñar? ¿Jesucristo se puede vender? ¿Se puede comprar? Todos juntos conmigo: Jesucristo es un regalo del padre». Cuando veía que no contestaban con la suficiente convicción, les provocaba todavía más. «¿Las cosas se pueden cambiar? No lo oigoooo...».

Y es que Francisco se reveló ante los jóvenes como un provocador. No les pasó la mano por el lomo. Más bien lo contrario. «Lo siento si ofendo a alguien: Me duele encontrar a jóvenes que parecen jubilados antes de tiempo. O aquellos que han tirado la toalla o se han rendido cuando ni siquiera ha empezado el juego».

Antes de ponerme de camino a Blonia conversaba como Carlos José Tissera, obispo de Quilmes, diócesis periférica de Buenos Aires. A veces me pregunto si merece la pena todo este esfuerzo, el despliegue de medios, el cansancio de sacerdotes, religiosas y animadores. ¿Calará algo más de vuelta el 1 de agosto? «No lo dudes. Y esto no lo hemos inventado nosotros. Ya Jesús alternaba sus encuentros personales en lo cotidiano con unos y otros, con algunos eventos multitudinarios como el sermón de la montaña». Ningún evangelista cuenta si quienes le escuchaban allí sufrieron un temporal de agua.

Era lo de menos. Con tormenta o sin ella le siguieron. En busca de sus palabras. Ahora el Papa también se moja en Cracovia. Conversando con todos. Con cada uno. Provocándoles. Buscando respuestas, reacciones. Y los jóvenes se empapan. De su mensaje.