Francisco no quiere vivir «aislado»

MADRID- El padre Quique se quedó algo sorprendido. Un sobre sin remitente. «Me llamó la atención y la abrí de inmediato, dándome la grata sorpresa de que era la respuesta del Papa, a quien conocimos hace mucho. Yo le había escrito para comentarle sobre las fiestas patronales del barrio». Enrique Rodríguez, uno de los tres sacerdotes argentinos que recibieron la protección y cuidado por parte de Bergoglio en la dictadura militar, describe así cómo se topó en La Rioja con la misiva procedente de la Santa Sede. Ocurrió justo antes de celebrar misa en su parroquia, por lo que no dudó en leerla ante sus feligreses al final de la celebración. En la carta, fecha de el 15 de mayo, Francisco hace una valoración personal de estos dos meses al frente de la barca de Pedro, asegurando que procura «tener el mismo modo de ser y actuar» que al frente de la archidiócesis bonaerense. «Si a mi edad cambio, seguro que hago el ridículo», subraya Francisco, que se muestra tranquilo por no haber «perdido la paz frente a un hecho totalmente sorpresivo» como fue su elección: «Lo considero un don de Dios».

De la carta también se desprende su intención de quedarse a vivir de forma permanente en la residencia de Santa Marta. «No quise ir al Palacio Apostólico a vivir, voy sólo a trabajar y a las audiencias», explica justificando su decisión en su deseo de estar «a la vista de la gente», hacer una «vida normal», así como evitar quedarse «aislado». De esta manera, el Santo Padre no sólo puede concelebrar cada mañana la eucaristía con sacerdotes llegados desde diferentes puntos del planeta, sino celebrarla con los trabajadores del Vaticano y con personas ligadas de una u otra manera a la labor de la Iglesia. De la misma manera, compartir el comedor de Santa Marta le permite estar «como uno más», según palabras de quienes comparten mesa con él. «No es una postura impostada. Tuvo la misma actitud siendo cura y arzobispo», asegura el sacerdote.

Lo cierto es que Francisco ha insistido en las últimas semanas con gestos y palabras en su deseo de seguir en contacto con la calle. Véase el encuentro con los niños de una parroquia de la periferia romana el pasado fin de semana o un comentario que dejó caer durante la vigilia de Pentecostés el pasado 18 de mayo. «Cuando voy a confesar –ahora no puedo, porque salir a confesar... De aquí no se puede salir, pero éste es otro problema–, cuando yo iba a confesar en la diócesis precedente, venían algunos y siempre hacía esta pregunta: ''Pero ¿usted da limosna?''». Estas palabras que dirigió a sus colaboradores son reflejo de ese interés por no desconectarse de la calle.