Misericordia, ¿entendido?

La Razón
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Mañanas de catequesis. El Papa peregrina por Cracovia y los alrededores mientras los peregrinos, que ya han hecho sus kilómetros en lo cultural, se ponen a la escucha. Cada mañana, decenas de parroquias de la ciudad se abren para que obispos de todas las lenguas reflexionen ante los jóvenes sobre el lema del encuentro: «Bienaventurados los misericordiosos». Una App en el móvil indica cuáles son las catequesis en español más cercanas. Localizada la iglesia, uno se pone en camino.

Pero como ocurre en ocasiones con el Tom-Tom, aquello también tiene su margen de error. Pero no por desajustes en el espacio. Sino en el idioma. Atravieso el umbral de una iglesia al norte de la ciudad y aquello tiene poco de castellano. Acento galo. Alguien que me acompaña me traduce. Quien está en el ambón reitera una y otra vez las mismas palabras: perdón, esperanza, reconciliación, no al odio, no a la venganza.

Los jóvenes no son ajenos a la atrocidad de Normandía. Sus pastores, menos. Hablar de la misericordia desde lo potencial no tiene sentido. Toca aterrizarlo. En el mártir de hoy. En el yihadismo que amedrenta.

Son conscientes de que en el templo se puede sembrar la semilla de la desconfianza y de la sospecha, o la de esa cultura del encuentro con la que Francisco busca empapar la vida de la Iglesia. Nada de enfrentamiento de religiones. En Cracovia no se busca alimentar esa guerra aunque los militares hayan tomado calles y plazas tras la detención del iraquí con explosivos en Lodtz. De nuevo ese alguien reflexiona a mi oído. «Ahora nos la jugamos. Justo ahora. Atentados como éste nos dejan a la intemperie, con una sensación de vulnerabilidad enorme. Un tipo entra en una iglesia y te degüella. Pero que no busquen guerras, que no las van a encontrar». Al menos en la JMJ. Poco después escucho que el Papa utiliza casi las mismas palabras en el vuelo desde Roma, con esa claridad y firmeza que no dejan lugar a dudas. «Aquí hay una guerra, pero no de religiones. ¿Capito?». Capito. O lo que es lo mismo, frente a esto no cabe el muro ni el estereotipo. Lo rompió el padre Hamel, cuando hace unos meses cedió terrenos de su parroquia para que su hermano musulmán construyera una mezquita. Estoy convencido de que hoy, desde otro lugar, rubricaría de nuevo ese acuerdo. Porque sólo cabe el perdón, aunque cueste y parezca signo de debilidad frente al que lleva en su mano el arma.

A menudo sale de carril enumerar las obras de misericordia y encalomárselas al otro. Pero vivirla cuando uno se la juega, cuando llega una situación límite, es la prueba del algodón. La del perdón. La de la entrega. La del futuro que representan los que estos días escuchan esas catequesis. ¿Capito?