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Santos para una Iglesia «extrovertida»

Francisco canoniza en una ceremonia multitudinaria a Pablo VI y Óscar Romero, a quienes presenta como modelos para «mirar a lo lejos y curar a los pobres»

El Papa Francisco, ayer, en El Vaticano, durante la ceremonia de canonización
El Papa Francisco, ayer, en El Vaticano, durante la ceremonia de canonización

Francisco canoniza en una ceremonia multitudinaria a Pablo VI y Óscar Romero, a quienes presenta como modelos para «mirar a lo lejos y curar a los pobres»

La imagen de Óscar Arnulfo Romero volvió a desfilar por el Vaticano. Es cierto que el tiempo acompañaba, que el tópico de que el octubre romano trae un epílogo del verano no falló. Pero habían pasado cerca de tres horas desde que el Papa Francisco había declarado santos al sacerdote salvadoreño, Pablo VI y otros cinco beatos, cuando todavía una riada de personas peregrinaban por la Vía de la Conciliación ensalzando banderas de El Salvador, camisetas con los colores nacionales y, sobre todo, pancartas con la imagen icónica de Romero. Hay fotografías que se convierten en símbolos y la del arzobispo de San Salvador, con una medio sonrisa bondadosa no mucho antes de que ejecutaran su asesinato, es una de ellas. En algunas estampitas se podía leer «Santo de las Américas» o «Santo de los pobres». Para ellos, Romero ya había subido a los altares. Pero desde ayer, oficialmente, el mártir comparte lugar en el Vaticano junto con un Papa al que veneró y con quien coincidió en una atención especial por los desfavorecidos.

Francisco no sólo quiso celebrar el mismo día la canonización de Pablo VI y Romero, sino que con su homilía se encargó de entrar en comunión absoluta con ellos. Bergoglio presidió la misa con el cíngulo –un cordón de borlas que se ata a la cintura– que llevaba Romero cuando fue asesinado, así como con el cáliz, el palio y la cruz pastoral de Pablo VI. Durante su discurso, el Papa argentino escogió un pasaje de su exhortación apostólica «Evangelii gaudium» para resumir las enseñanzas de ambos, a quienes considera modelos: «Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor, dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo».

Su misa estuvo centrada en la prioridad por los pobres – «donde el dinero se pone en el centro, no hay lugar para Dios y tampoco para el hombre»-, y especialmente en la posición que debe tomar la Iglesia al respecto. «¿Somos una Iglesia que sólo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar?», se preguntó Francisco. E insistió: «Preguntémonos de qué lado estamos». El Papa reconoce que Pablo VI es uno de los pontífices que le han servido de mayor inspiración. Y no podía dejar de citarlo en el día de su canonización. «Pablo VI escribió que es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto», pronunció Bergoglio. Dejó claro que su predecesor fue fiel a sus palabras y que «también hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad».

El todavía cardenal Giovanni Battista Montini fue el responsable de cerrar el Concilio Vaticano II, que inauguró en 1962 Juan XXIII y que no pudo concluir al morir un año después. Cuenta, sin embargo, monseñor Guido Mazzotta, relator de la causa de Pablo VI, que cuando fueron a avisar a Montini –entonces arzobispo de Milán– que se había convocado un concilio, su respuesta fue de preocupación. Él, que había siempre había apostado por la renovación que más tarde trajo el histórico evento, se mostraba angustiado por un posible cisma. No sólo no ocurrió, sino que el destino quiso que fuera él quien lo rubricara, dejando un poso de cambio que hoy recoge Francisco. Fue también Pablo VI quien instauró una Iglesia más plural, como demostró con la primera convocatoria del Sínodo de los Obispos, el marco en el que ayer se celebró su canonización. A Montini lo bautizaron además como «el cardenal de los trabajadores» y más tarde como «el Papa del diálogo», por su empeño en ensanchar relaciones más allá del mundo cristiano.

Las canonizaciones de Pablo VI y Romero confirman la senda del magisterio por el que camina el Papa. Pero también la de Francesco Spinelli, Vincenzo Romano, Maria Caterina Kasper, Nunzio Sulprizio y Nazaria Ignacia March, los otros cinco beatos canonizados, que también entregaron su vida dedicándose a los pobres y a la juventud.