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Rigola, en las cloacas

El director llega a La Abadía con «El policía de las ratas», su nueva incursión en el universo de Roberto Bolaño después de «2666»

Joan Carreras (izda.) y Andreu Benito, los dos únicos actores de «El policía de las ratas», en una escena del montaje
Joan Carreras (izda.) y Andreu Benito, los dos únicos actores de «El policía de las ratas», en una escena del montaje

El director llega a La Abadía con «El policía de las ratas», su nueva incursión en el universo de Roberto Bolaño después de «2666».

Como un Philip Marlowe o un Wallander cualquiera, Pepe el Tira comienza a meter sus narices poco a poco en un asunto feo. Claro que hay una diferencia sustancial: aquellos eran investigadores humanos y Pepe el Tira es.... una rata. Aunque, acaso, las diferencias no sean tantas. Al final de «Infiltrados», Martin Scorsese hacía recorrer a una rata por la barandilla del protagonista, en una poderosa metáfora sobre la corrupción social y política de América, pero el director italoamericano no fue ni mucho menos el primero en valerse del poder simbólico de un animal que fue considerado sucio y estuvo asociado a la brujería y al demonio durante siglos. Hace algunos años, el escritor chileno Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona 2003) tocó de refilón el género negro en «El policía de las ratas», un cuento publicado en el libro «El gaucho insufrible», que le sirvió para reflexionar sobre la diferencia, la autenticidad y el arte. Bolaño bebió a su vez de un relato anterior de Kafka, «Josefina la cantora», que tomó tan sólo como inspiración para sus personajes, aunque le dio la vuelta por completo al estilo y los hechos. Mantuvo, eso sí, el alma y la genial invención kafkiana: un relato narrado por ratas en un mundo de alcantarillas. El pasado verano, Álex Rigola estrenó en la Biennale de Venecia, de cuyo apartado teatral es director hasta 2015, «El policía de las ratas», adaptación del cuento de Bolaño, autor al que ya llevó al teatro en «2666». «Cada vez estamos más en el mismo grupo –responde con ironía Rigola sobre quién está mejor, el hombre o los roedores de las cloacas–. Pero, dentro del relato de Bolaño, hay ratas y ratas: surgen las excepciones, para bien y para mal». El montaje, un thriller, según subraya su director, llega ahora a La Abadía con Andreu Benito y Joan Carreras en escena. «Toda la obra de Bolaño es particular. Esto parte de un relato de Kafka, en el que toma presencia el género de la fábula, ese separarnos de la realidad para poder observar mejor a las personas, humanizando a los animales, en este caso a una ratas. Pero Bolaño acaba superando a su mentor: su cuento está muy por encima del de Kafka», asegura Rigola por teléfono a LA RAZÓN. Ríe el director cuando se le responde que esa opinión, viniendo de un gran admirador de Bolaño, no es muy objetiva. «Soy ''bolañista'', sí. No sé si voy a opinar de una forma contraria. Hay una cosa particular en él: la riqueza de su lenguaje, de sus palabras. Tiene mucho que ver con cómo ha mantenido Suramérica la lengua española». Y añade: «Hay algo que se puede ver en muchas de las obras de Bolaño: él, que siempre había sido un ''outsider'', reclama un espacio dentro del mundo de la literatura, del arte, de la cultura. En el momento en que vivimos, eso fue lo que me hizo decidirme por este texto. Está bien luchar por lo popular, lo amable, lo que le gusta a todo el mundo, pero tiene que haber un espacio para lo diferente, lo singular, aquellos que a lo mejor no gustan a todos pero que, por estar cerca del precipicio, son quienes visualizan nuevos paisajes. Eso Bolaño lo pensaba de la literatura. Mi idea es abrirlo al mundo de la cultura».

Respeto absoluto

Es paradójico que el que hoy, ya fallecido, es un autor celebrado como uno de los grandes del siglo XX no viviera para verse entronizado en el Parnaso de la novela contemporánea. Ni para ver su obra hecha teatro. «No sé qué opinaría de estas adaptaciones, pero puedo decir que hay un respeto absoluto», asegura Rigola, quien reconoce que accedió al universo Bolaño a partir de la lectura de «2666», y de ahí para atrás. «Después de una cosa tan magna como «2666», por su dimensión, éste era un espectáculo que se hacía inmenso, pero la forma de narración debía ser muy corta». Por eso, explica, «nos planteamos la palabra a través de los actores: dos intérpretes muy buenos y acostumbrados a trabajar con textos de Bolaño. Ha sido muy sencillo recuperar con ellos uno nuevo. Lo importante es la narración que nos propone. Queremos mantenernos en eso con una presencia mínima de espacio escénico». Un linóleo de danza de color blanco compone prácticamente la escenografía, firmada por Max Glaenzel, colaborador habitual de Rigola. Eso, y algún guiño al «enfant» juguetón que siempre ha sido Rigola, con una rata enorme y sangrienta para representar a Elisa, la víctima. «Nos gustaba esta idea de visualizarla, pero unas gotas de sangre y el cuerpo de la rata es lo único que tenemos presentes como objetos representativos».

Cuenta el director que el relato esconde «una crítica a nuestra sociedad, a hacia dónde van las tendencias. Hay un teatro en el que predomina el grito y en el que salen muchas energías. Entiendo que exista. Pero parece que desde lo público no hay dinero en las arcas para todo lo que no sea estrictamente necesario, entendiendo como tal sólo el pan para justificar que el trabajador vaya al día siguiente a su lugar de empleo. El mundo cultural, educativo y sanitario vive un retroceso: lo que no es imprescindible es un lujo. Ahí, el que es diferente no es aceptado». Y habla en cierta medida por experiencia propia: «En este momento, soy un ''outsider'' total. No me veo muy representado en ningún colectivo».