Formentera ya no habla italiano

La isla sobrevive con un turismo nacional que no compensa el «despilfarro» extranjero. «Ya no se escucha el ‘‘buongiorno’’ que te despertaba cada día. Esto no es ni la sombra de lo que era», dice Luca

Quien visita cada verano Formentera, conoce bien ese dicho de que en tierra se habla italiano y, en el mar, castellano. Es decir, que la mayoría de los turistas que se hospedan en la isla Pitiusa proceden del país transalpino, mientras que quienes fondean en las calas turquesas son españoles alojados en Ibiza y que deciden ir a pasar el día a las aguas cristalinas de este paraíso natural. Tanto es así, que según cifras de Turismo, el 60% de los visitantes proceden del país vecino, influidos por futbolistas y «celebrities» italianas que eligen este destino para alimentar su repertorio de posados en las redes sociales.

Es más, la mayoría de los empleados y gran parte de los negocios tienen sello romano. Una realidad que ha puesto en jaque esta temporada marcada por la Covid, en la que hosteleros y propietarios de alojamientos turísticos se las ingenian para sobrevivir. Nos desplazamos hasta la isla para comprobar la nueva realidad. Aterrizamos en Cala Saona, uno de los lugares míticos de Formentera y donde ahora no hay rastro de esos grandes yates que cualquier mes de julio habrían poblado su bahía azul turquesa. Dos valencianas se hacen fotos en el cortado. Se asoman al borde y transmiten la alegría del recién llegado a la isla bonita del Mediterráneo. Nadie necesita una playa masificada para sentirse en un pequeño paraíso en Formentera, pero José Rivas, propietario del chiringuito que lleva el nombre de esta cala, se lamenta de la falta de extranjeros dispuestos a quemar dinero en verano.

El local tiene cierto ambiente, pero las cifras que cuenta son para llorar. Han perdido un 90% de la facturación. José aparta la mopa que hay que en el mostrador con cierto desdén cuando le pedimos que pose para una foto. A estas alturas le parece «imposible» salvar la temporada con un turismo nacional que incluso trae su comida de casa. «La gente viene con los bocatas y aquí no consume nadie», protesta.

«Prohibidas» las fotos

Las motos de alquiler, otro de los grandes negocios isleños, se amontonan en el parking del hotel unos metros más arriba. «Solo les funciona el negocio los fines de semana, el resto de los días alquilan muy poco. Lo mismo ocurre con los taxistas, me comentan que su faena está a niveles de mayo, algo insólito en mitad del verano. Otros años cubrían las 24 horas, ahora, a la una de la mañana ya recogen porque no hay clientela», nos cuenta una conocida persona relacionada con el turismo de la isla.

Nuestra siguiente parada es el mercado de artesanía de la Mola, una visita obligada de todo foráneo. Aquello es un baile de mascarillas y gel para acceder a un aforo demasiado limitado. 130 personas de las 700 que solían inundar este recinto al aire libre, lo que provoca colas en la calle principal de este municipio. Xavi Mayas, propietario del mercado, nos atiende unos minutos mientras aprieta el dispensador de alcohol para que sus clientes puedan lavarse las manos. Ya tiene asumido que ahora lo que toca es aceptar las normas y poder acabar la temporada lo mejor posible.

Natalie y Jazmine vienen de Mallorca a pasar unos días y, como todos aquí, asumen que las medidas son necesarias y saben que pueden ser incluso más estrictas si la gente no se compromete. Les preocupa el coronavirus, pero más la insensatez. La resignación se ha convertido en el sentimiento más extendido. Ellas son el ejemplo perfecto de la nueva normalidad de Formentera, turismo interbalear y, como mucho, peninsular, pero los extranjeros se pueden contar con los dedos de la mano. «Aunque estas semanas se ha animado un poco más, no tiene el color de otros años. Los hoteles están a medio gas, alguno de los más grandes todavía no ha abierto. Aquí vivimos de los extranjeros y en las terrazas solo se escuchan murmullos en castellano. Otros años amanecías con el ‘'buongiorno'' y te acostabas con la misma cantinela. Ahora nada de nada», relata Luca, que lleva trabajando en la isla varios años.

Sin embargo, a él le preocupa mucho más el tema de las medidas de prevención, ya que ha comprobado que en las últimas semanas no se cumplen los protocolos de manera estricta. «Un amigo vino a visitarme y me contó que no le hicieron el cuestionario sanitario ni la toma de temperatura al embarcar. Me da bastante miedo que pueda haber rebrotes por imprudencia», asevera.

También corre el rumor por la isla de que el mítico restaurante El Beso, uno de los enclaves más solicitados para las conocidas «sunset drinks», ha perdido su magia. Los propios responsables habrían corrido la voz para que los visitantes no suban muchas fotos a las redes sociales y así no perder la magia de antaño donde hordas de turistas festejaban la caída del sol mojito en mano.

Sin música ni alegría

Nos dirigimos ahora a otro de los puntos de éxito de Formentera, Illetes, esa lengua de arena con mar a ambos lados donde los barcos solían fondear mientras, desde tierra, centenares les observaban con sana envidia. Pocos vehículos se cruzan en el camino y poca alegría. Una joven se pone en pie en el asiento del copiloto de un Jeep, para sentir el aire en su pelo, o para animarse un poco. No es el mejor momento para rodar un anuncio de cerveza, sinceramente.

Después de recorrer el camino de arena entre dunas, nos recibe Francisco, responsable de restaurante Es Ministre. Sabe que este año no podrán contratar a una parte importante del personal que suelen tener en estas fechas. «No los necesitamos con solo un 40% de facturación. Un tercio menos de la plantilla bastará para atender a la clientela esta temporada», relata.

Ni rastro de italianos ni americanos, sus mejores clientes. Al pasar por el Pirata es inevitable recordar su langosta frita con patatas y pimientos. No hay nada de la música y ni la alegría cuando la barcas neumáticas iban y venían sin parar de los chiringuitos a los yates para dar servicio a los clientes. Hamacas vacías al sol y pequeños grupos de jóvenes dormidos en la arena de una de las playas más famosas de esta isla conforman un postal que recuerda a las tardes de septiembre, cuando el verano se despide de la playa con cierta nostalgia, pero aquí solo acaba de empezar.

Una vez en el puerto hacemos cola para coger el ferry de vuelta. La Guardia Civil vela porque nadie esté en la fila sin su mascarilla. A paso lento vamos avanzando y las nubes cubren el cielo creando una estampa en la que uno no sabe si huye o solo se deja llevar por esta extraña normalidad.