El principio del fin

Transeúntes caminan por una vía del centro de Madrid durante el día de Año Nuevo
Transeúntes caminan por una vía del centro de Madrid durante el día de Año Nuevo FOTO: Jesús Hellín Europa Press

Cuando este artículo se publique ya será 2022. Habremos dejado atrás un año repleto de miserias, que nos ha tenido el corazón encogido durante sus trescientos sesenta y cinco días. Un año en el que la Covid ha ostentado el mayor de los protagonismos, pero donde los problemas aledaños también se han multiplicado. Despedimos el 21 con una Nochevieja repleta de prohibiciones, recomendaciones o límites y con el precio de la luz disparado, entre otros problemas acechantes, pero también con la esperanza de que, pese a los miles y miles de contagios de Ómicron dentro y fuera de las fronteras, este escenario perverso pudiera ser el principio del fin. Por desgracia, tomarse las uvas acompañadas de campanadas, o viceversa, no borra los problemas, pero sí renueva las fuerzas para afrontar lo que ha de venir y también la confianza en que todo será un poquito mejor. Yo lo creo por más que las estadísticas nos cerquen. Sobre todo porque nos hemos acostumbrado a hablar de cifras, de incidencias, de contagiados y hasta de muertos, sin relacionarlos como corresponde y parece que somos incapaces de darnos cuenta de que, por más que estemos en el epicentro de este virus que ha cambiado nuestro mundo, él mismo anda adaptándose para formar parte de él (no se irá), pero restándose su propia gravedad primera. No sé si llegaremos a solventar el asunto gracias a las vacunas, a la inmunidad de grupo o al descenso de carga infecciosa de gravedad de las nuevas variedades, pero estoy convencida de que este 22 nos traerá el final de esta guerra. Vendrán otras, es posible. Pero ésta la habremos ganado como siempre hemos hecho los seres humanos a lo largo de nuestra historia: con muchísimo esfuerzo. Feliz 2022.