Cecilia: el milagro del Ecce Homo

Seis años después de la polémica restauración de la obra de Elías García, y tras sufrir un ictus, «la abuela de Borja» y su hijo sobreviven en la residencia gracias a los beneficios de la obra.

Celia Giménez, de 87 años  posa ante el Ecce Homo en el Santuario de la Misericordia de Borja. Foto: Luis Díaz
Celia Giménez, de 87 años posa ante el Ecce Homo en el Santuario de la Misericordia de Borja. Foto: Luis Díaz

Seis años después de la polémica restauración de la obra de Elías García, y tras sufrir un ictus, «la abuela de Borja» y su hijo sobreviven en la residencia gracias a los beneficios de la obra.

«Tienes razón, niña, se me ve triste y sin luz, dame una manita de titanlux...», dice el tema que el cantautor Ángel Petisme compuso en honor a la restauración de Cecilia Giménez. Un fenómeno acontecido en agosto de 2012 en un pueblecito aragonés, viralizado gracias a internet y que se ha exprimido por completo. Ha inspirado documentales, tesis doctorales, caramelos –«sí, una empresa japonesa decidió sacar unos al mercado con la cara restaurada del pobrecito del Ecce Homo», cuenta Cecilia– y hasta una ópera en tono de humor compuesta por el director americano Andrew Flack, que se ha estrenado recientemente en Arizona (Estados Unidos) y que se espera que llegue a Zaragoza el año que viene.

«Es un milagro, es un milagro», repite, incrédula, la mujer que lo ha hecho posible. Han pasado ya seis años de aquello y todavía no consigue explicarse por qué tuvo tanta repercusión. «Yo llevaba reparando aquel Cristo desde hacía más de 20 años porque el Santuario de la Misericordia estaba muy dejado, las humedades desconcharon parte de la imagen y nunca pasó nada». Hasta que una filtración de agua acabó por borrar el rostro del Ecce Homo. Entonces se desató la tormenta.

Cecilia, con su buena intención, prosiguió con la rehabilitación pictórica, esta vez más a fondo, y como «me salió un viaje a la Sierra de Albarracín lo dejé a medias», explica. «Si me hubieran dejado acabar....», dice apesadumbrada.

Después de tanto tiempo es incapaz de reírse de aquello. «Siempre me ha causado mucho respeto, el pobre Ecce Homo ha sufrido muchas burlas, que si se parecía al hijo de Isabel Pantoja... en fin, esas cosicas», dice con un hilo de voz . «Al principio me lo tomé muy mal, no porque se rieran de mí, sino del Cristo, era como una ofensa a Dios. Yo soy muy religiosa, mucho, y llega un momento en el que te hacen mucho daño».

Lo cuenta en el patio de la residencia Sancti Spiritu ubicada al inicio del pueblo, Borja, donde vive con su hijo. Hace dos años un ictus le paralizó la parte derecha del cuerpo y desde entonces está obligada a desplazarse en silla de ruedas. «Más quisiera yo poder andar para ocuparme de mi hijico...». Como ha hecho siempre. Porque José Antonio nació hace casi 60 años con una parálisis cerebral que le ha hecho depender siempre de su madre. Hasta que ella perdió también la movilidad.

Dice que echa de menos conducir su furgoneta, que utilizó hasta hace poco, cuando el ictus le obligó a abandonarla. Tras el fallecimiento de su marido decidió ponerse al volante, «la necesidad obliga». «¿Qué íbamos a hacer, quedarnos todo el día en casa? Pues no». Así que Cecilia se puso el mundo por montera y se fue a la autoescuela. Se aprendió el camino para subir con José Antonio al Santuario de la Misericordia, y al cementerio, para llevar flores a la tumba su esposo y de su otro hijo. A Jesusín, como le llama su madre. Saca del bolso la cartera para enseñar la foto que tiene guardada de él vestido de primera comunión. «¡Qué guapo es!», exclama orgullosa.

Jesús, su hijo menor, murió con 20 años de una enfermedad muscular neurodegenerativa, que le diagnosticaron al poco de cumplir los cuatro. Fue entonces cuando decidieron traspasar el restaurante que regentaba su marido y comprarse una casa en el Santuario donde está pintado el ya famoso Ecce Homo. Una ermita algo decadente, con vistas al Moncayo y del que se han hecho numerosas postales gracias a la obra restaurada con las manos de Cecilia.

Aunque ella nunca quiso ser la responsable de aquello. Pese a la vida tan dura que ha llevado «he sido feliz». Por eso extraña que el fenómeno mediático de su desastre fuera lo que le llevara a una depresión por la que requirió, incluso, tratamiento psiquiátrico. Su familia fue su tabla de salvación. Sus dos hermanas, su cuñado y su sobrina actuaron de paragüas para resguardar a Cecilia del poder de internet, de las garras afiladas de la Prensa, de las burlas y de la familia del pintor original del Ecce Homo, Elías García, que al principio no se tomó tan bien los retoques artísticos de su vecina.

Sus allegados reconocen que «no supimos gestionar el boom mediático». «Llamaba a su casa gente venida de todo el mundo desde bien temprano, para conocerla y hacerse fotos con ella, ¡hasta Alejando Amenábar vino a visitarla!», explica su sobrina Marisa. Y Cecilia abría las puertas, y se hacía fotos y aguantaba todo. Nunca se enfadó con nadie. No se enriqueció con el negoció que se montó a su costa y que el pueblo de Borja le agradece, porque consiguió ubicarlo en el mapa del mundo lo que conllevó un tirón turístico sin precedentes en la región que sin duda fue maná para el pueblo.

En 2013, firmó un convenio de colaboración con la fundación Sancti Spiritu –que gestiona la residencia de ancianos del pueblo– para que la rentabilidad que se estaba generando con el fenómeno del Ecce Hommo fuese a parar a este centro de mayores. «Ella sólo ha luchado por el merchandising, se queda el 41% para cubrir las necesidades de su hijo. El otro 59% y el coste de la entrada al santuario –unos dos euros– va a parar íntegro a la fundación», aclara Marisa.

«Cuando veo que la gente me quiere ya estoy feliz, me basta, me conformo con ello», repite Cecilia al oír hablar de los repartos. Se emociona al recordar la carta de una mujer «que me decía que vivía en Andalucía y que, aunque era muy humilde, me dejaba su casa para resguardarme de la gente durante los meses más duros». Y «otra que envió un cura alemán firmada por 400 feligreses apoyándome».

Cuando le proponemos a Cecilia subir al Santuario para tomarle algunas fotos se le ilumina la cara. Allí ha pasado los momentos más felices de su vida. En este lugar tan especial se casó, y además hicieron sus hijos la comunión. También allí se compró una casa con jardín para disfrutar con ellos. «Es un milagro», le espeta al Ecce Hommo mientras posa ante el fotógrafo. «Todo lo que te he cuidado yo a lo largo de los años me lo has querido devolver en forma de cariño de miles de personas que han viajado a Borja sólo para verme».