Descongélate y anda

Año 2084. Un hombre resucita tras ser criogenizado 60 años antes. Es el argumento de «Proyecto Lázaro» y, por el momento, la vuelta a la vida es sólo cosa de películas. Pero ¿hasta cuándo?

«Proyecto Lázaro» narra la historia de Marc, un hombre al que sólo le quedaba un año de vida y que decide congelar su cuerpo
«Proyecto Lázaro» narra la historia de Marc, un hombre al que sólo le quedaba un año de vida y que decide congelar su cuerpo

Año 2084. Un hombre resucita tras ser criogenizado 60 años antes. Es el argumento de «Proyecto Lázaro» y, por el momento, la vuelta a la vida es sólo cosa de películas. Pero ¿hasta cuándo?

Antes del estreno de la película de Mateo Gil «Proyecto Lázaro», la última vez que habíamos oído hablar de la criogenización fue en la vida real, demasiado real. Cuando salió a la luz el caso de J.S, una niña británica de 14 años, fallecida a causa de un cáncer, tras haber obtenido los permisos legales para convertirse en la persona más joven que ha sido congelada después de morir. La chica, consciente de que le quedaban pocos meses de vida, escribió al juez Peter Jackson una carta desesperada. «Tengo sólo 14 años y no quiero morir, pero sé que voy a morir... Pienso que ser criogenizada me da una oportunidad para despertar cuando se encuentre una cura para mi enfermedad, aunque haya que esperar cientos de años. No quiero ser enterrada. Quiero vivir más tiempo y tener esa oportunidad. Es mi deseo». El juez se lo concedió. El cuerpo de J.S yace ahora en un tanque de nitrógeno líquido en el Cryonics Institute de Clinton Township, Michigan (EE UU), conservado a 196 grados bajo cero e identificado con el nombre de «Paciente 143». Junto al suyo, docenas de cadáveres descansan congelados en contenedores blancos con cierres metálicos tan asépticamente limpios que brillan como fases de cohetes espaciales en ignición. Todo tan parecido a las películas de ciencia ficción. Tan similar a la desasosegante última novela de Don DeLillo, «ZeroK» ¡Pero tan cierto!

Sabemos cómo murieron todos. Conocemos las razones que les condujeron a solicitar ser congelados después de fallecer. Sabemos el proceso que siguieron sus cuerpos desde que se decretaron los decesos: la primera estabilización, las perfusiones intravenosas de líquidos anticongelantes para evitar la formación de hielo en los órganos vitales, el traslado desde sus lugares de origen a las instalaciones de Michigan, la introducción en los tanques controlados térmicamente por ordenador, el enfriamiento progresivo durante 24 horas hasta alcanzar los 196 grados bajo cero, el sellado definitivo del criostato (como si fuera una lápida aséptica y tecnológica), las facturas de 120 dólares al año que les llegarán a las familias mientras quieran seguir siendo miembros del Cryonics Institute, lo que les da derecho a congelar a uno de sus seres queridos a un precio para socios de 35.000 dólares. Sabemos todo eso. Pero desconocemos absolutamente si alguno de esos hombres y mujeres que murieron con la esperanza de la descongelación podrá volver a la vida. Más bien al contrario: la ciencia, hoy por hoy, tiene por cierto que no lo harán jamás.

La naturaleza, sin embargo, nos ha dado más de una muestra de que es posible criogenizar animales y «resucitarlos»: insectos, anfibios, gusanos... Algunos nemátodos, después de ser congelados y descongelados, han podido incluso retener ciertas funciones vitales básicas, como la capacidad de recordar olores a los que se habían expuesto antes de la congelación. En una impactante investigación publicada en la revista «Rejuvenation Research» en 2015, Natasha Vita-More (una excéntrica investigadora empeñada en conseguir la inmortalidad a base de implantarse prótesis biológicas y consumir docenas de drogas antiaging) mostró que los mecanismos que ponen en marcha la capacidad de reconocer olores en gusanos de la especie C. elegans se mantienen intactos aunque el animal haya sido congelado. ¿Quiere eso decir que cierta memoria se conserva tras la criogenización? ¿Que los cadáveres confinados en tanques de nitrógeno líquido, si algún día regresan al mundo cálido de los vivos, recordarán lo que han sido? Imposible saberlo. Por si acaso, el padre de J.S., que padece cáncer, se plantea acompañar a su hija en el criostato helado: «Aunque despierte dentro de 200 años y se acuerde de todo, quién estará allí conocido para compartir con ella su nueva vida».

A pesar de las incertidumbres, proliferan los centros que ofrecen servicios de criogenización a precios desde los 30.000 a los 200.000 dólares por cadáver. Uno de ellos, el Instituto Europeo de Criopreservación, trabaja desde 2014 en Requena, Valencia, para convertirse en el primer centro de estas características en el Viejo Continente. Según Lluis Estrada García, neurofisiólogo de esta institución, «el procedimiento debe comenzar en cuanto el corazón se para. No deben pasar más de 10 minutos. Es necesario inyectar varias dosis de crioprotectores químicos que reemplazan a la sangre y al agua del cerebro. El proceso dura 6 horas».

Para muchos científicos, sin embargo, la práctica carece de sentido. Los daños en los tejidos que se producen con la crionización son irreversibles.

Hay que tener en cuenta que ninguna legislación del mundo permite congelar un cuerpo antes de certificada su muerte. La técnica no solo exige mantener los tejidos en condiciones de ser recuperados (algo que puede estar, tarde o temprano, a nuestro alcance), sino que requiere contar con la esperanza de que algún día la ciencia será capaz de revivir órganos que han dejado de funcionar plenamente.

Los defensores de la criopreservación centran sus anhelos en el avance vivido en los últimos años en las técnicas de fertilidad in vitro. Hoy se congelan y descongelan con regularidad óvulos y espermatozoides que son plenamente viables. ¿No podremos hacer lo mismo en el futuro con cerebros y corazones?

Las empresas que hoy ofrecen sus servicios criogénicos a más de 3.000 personas en el mundo parecen tenerlo claro. La tecnología está preparada para recibir a los cadáveres. El daño tisular puede evitarse modulando cuidadosamente las temperaturas a las que se somete el cuerpo y confiando en la acción de los anticongelantes que impiden la formación del temido hielo (rompería las estructuras químicas de las células y las deterioraría definitivamente). En realidad no se trata de «congelar» sino de «vitrificar». Se utilizan compuestos a base de azúcares y almidones que cambian la viscosidad de las membranas celulares para protegerlas. El cóctel incluye dimetil sulfido, etilenglicol, glicerol, propanediol... Sustancias que se introducen en las venas (una suerte de embalsamamiento del siglo XXI) y que inhiben la formación de cristales de hielo. Las reacciones bioquímicas propias de la descomposición cadavérica se detienen de golpe.

Pero ¿qué ocurrirá si un día hay que despertar a estas almas? El reto de devolver el riego sanguíneo a órganos que lo han perdido hace tiempo que está solventado por la cirugía de trasplantes. Además, el frío en sí puede ayudar a una mejor recuperación. De momento se ha avanzado en la recuperación de hígados, riñones e intestinos congelados y reimplantados en animales. Desde 1970 no se ha vuelto a intentar criopreservar y recuperar un cerebro.

Parece que el principal reto de la criogenización no es devolver a la vida un cuerpo humano congelado. Más pronto o más tarde, la ciencia dará con ello. La gran duda es si sabremos borrar las huellas de la enfermedad que lo mató. ¿Un paciente de alzhéimer congelado hoy regresará a la vida en el mismo estado en que murió? ¿El frío detendrá el progreso de su neurodegeneración del mismo modo que detiene la descomposición celular o la enfermedad seguirá silente su progreso convirtiendo al individuo en un ser 100 años más enfermo? En el mejor de los casos, la ciencia podrá avanzar lo suficiente como para despertar a J.S. dentro de siglos. Pero seguirá teniendo entonces un cáncer terminal. Eso, de momento, no hay modo de resolverlo. Aunque murió con la esperanza de que los vivos seríamos capaces de encontrar la solución.

Parar el tiempo con telómeros

Si la ciencia aún está lejos de lograr que la criogenización sea una alternativa viable a la enfermedad y la muerte, no lo está tanto de ralentizar sensiblemente los procesos de envejecimiento. Una de las áreas de investigación más prometedoras es el análisis telomérico. Los telómeros son estructuras de proteína de ADN que se encuentran en los extremos de los cromosomas. Su función es actuar como protectores de los cromosomas, como los herretes de los extremos de los cordones. En este caso, los telómeros reducen el riesgo de degradación cromosómica. Se sabe que la longitud de esas estructuras es clave para conocer el grado de envejecimiento de una célula y posibles enfermedades que se pueden padecer asociadas a ese envejecimiento: telómeros más largos suponen mayor longevidad o mayor resistencia a ciertas enfermedades. Algunas empresas, como la española LifeLength, ofrecen tests para medir la longitud telomérica que pueden utilizarse para el tratamiento personalizado y la prevención de enfermedades relacionadas con el envejecimiento. Así, un médico puede tomar medidas que alarguen la vida de sus pacientes.

Esperando a la vida 50 años después

James Bedford murió un 12 de enero de 1967. Tenía 73 años y un cáncer de riñón. Fue la primera persona en ser criogenizada. Se le inyectó dimetilsulfóxido, un compuesto que, dicen los expertos, probablemente dañó su cerebro más allá de toda posibilidad de reparación.