Usted tiene cara de llamarse Pedro

Un estudio confirma que nuestro nombre modifica nuestro aspecto

Un estudio confirma que nuestro nombre modifica nuestro aspecto

Les confesaré que yo no debo de tener cara de llamarme Jorge. Curiosamente, cuando alguien confunde mi nombre casi en el noventa por ciento de los casos me llama Óscar. Así que he llegado a la conclusión de que debo de tener cara de llamarme Óscar. Creo que incluso mi madre dudó entre los dos nombre antes de bautizarme. Cosas del destino. Entre Óscar y Jorge hay ciertas similitudes fonéticas que pueden justificar el entuerto: en ambas manda la letra «o» tónica, ambas tiene erres sonoras, ambas son bisílabas. Ya hemos hallado la razón científica de mi caso. Pero ¿y el del resto de la humanidad? ¿Realmente vamos por la vida con cara de tener nuestro nombre? Un curioso, polémico y reciente estudio psicológico ha querido dar respuesta a esta pregunta. Y el resultado, publicado ayer en «Journal of Personality and Social Psychology», es de lo más sorprendente: los humanos tenemos cierta tendencia a adivinar el nombre de una persona mirándola a la cara.

El estudio ha sido realizado por científicos de la Universidad Hebrea de Jerusalén y ha puesto en juego a cientos de voluntarios reclutados en Israel y en Francia. En cada uno de los experimentos, los sujetos de investigación tenían que ver diferentes fotografías de personas desconocidas. Luego, se les daba una lista de nombres y debían elegir qué nombre correspondía a cada uno de los fotografiados. Como cómputo global, los participantes acertaron entre un 25 y un 40% de los apelativos, mucho más de lo esperado por mero azar, que se encontraría entre un 15 y un 25%. El acierto fue igual independientemente de la raza, la edad, la lengua o cualquier otra condición psicosocial.

Los datos han sido tan sorprendentes que han obligado a los investigadores a buscar alguna explicación a este sesgo positivo (al hecho de que, consistentemente, tendamos a acertar más de lo que dictarían las simples normas de la estadística). Puede que existan ciertos estereotipos culturales asociados a los nombres que vamos heredando de generación en generación. De hecho, en uno de los experimentos se pidió a los estudiantes de Francia o de Israel que trataran de unir rostros y nombres del país contrario. Los franceses fueron muy hábiles a la hora de identificar nombres y ciudadanos de su país, y los israelíes hicieron lo propio con sus compatriotas.

¿Dónde está, entonces, el origen de esta tendencia? Los creadores de esta investigación no pueden, de momento, más que especular al respecto. Proponen que existen ciertos rasgos en la literatura, el cine o la cultura popular que se repiten más en unos nombres que en otros. Una especie de ecosistema inconográfico unido a la nomenclatura. El ejemplo más extremo es el de los grandes personajes de la Historia y la impronta que han dejado. Si imaginamos el rostro de alguien llamado Jesús es posible que nos venga a la mente la imagen idealizada de Jesucristo. Si imaginamos a un Adolf, quizá le pongamos un pequeño bigote. Estos son casos límite, pero puede haber docenas de atributos inconscientes que hemos grabado en nuestra cultura para ciertos nombres. Lo curioso es que es posible que nosotros mismos terminemos adaptando nuestra fisonomía, corte de pelo, ropaje, etc... a lo que creemos que corresponde a nuestro nombre.

Es sabido que en ocasiones tendemos a comportarnos del modo que se supone que dictan los estereotipos (según nuestra raza, nuestro trabajo, nuestro barrio...). Ése es el origen de las tribus urbanas y las modas. ¿Ocurre lo mismo con el nombre? En experimentos antiguos se demostró, por ejemplo, que la gente tiende a pensar que un hombre llamado Bob tiene la cara más redonda que uno llamado Tim. Si se confirma esta teoría, todos los bautizados como Tim se sentirán más cómodos si se ven enjutos que los llamados Bob e inconscientemente modularán su apariencia. Dado que podemos controlar algunas variables, como el corte de pelo, el uso de gafas o lentillas, el modo en que nos abotonamos la ropa, el maquillaje... para producir ciertos efectos, es probable que el nombre, de manera sutil, esté influyendo en el modo en el que nos mostramos ante el mundo.