Fin de la ESO con sobresaliente

Tras serle diagnosticada una leucemia en el mes de abril, Iván decidió que no quería perder el curso en el último trimestre.

Después de someterse a un trasplante de médula espera volver a casa para disfrutar del verano y comenzar el bachillerato
Después de someterse a un trasplante de médula espera volver a casa para disfrutar del verano y comenzar el bachillerato

Tras serle diagnosticada una leucemia en el mes de abril, Iván decidió que no quería perder el curso en el último trimestre.

Iván tiene 16 años, acaba de terminar cuarto de la ESO y quiere hacer un bachillerato tecnológico. Es un buen estudiante y en todas las asignaturas ha sacado de nueve para arriba. Sin embargo, su fin de curso ha sido muy distinto al de la mayoría de los estudiantes españoles de su edad que esta semana han dicho adiós a las aulas hasta septiembre. El último trimestre del curso lo ha pasado ingresado en el Hospital Niño Jesús, sin poder salir de su habitación y librando una batalla que jamás habría imaginado.

Hace dos meses y medio le diagnosticaron leucemia. Volvía de un fin de semana de diversión junto a sus amigos cuando notó que le habían salido varios moratones por todo el cuerpo y que se encontraba cansado. En un primer momento, el médico creyó que se trataba de una faringitis, pero la sensación de malestar general persistía, los moratones aumentaron de tamaño y unos pequeños puntos rojos, petequias, le salieron en las piernas. En una segunda visita al hospital, la analítica que le realizaron apuntaba a un diagnóstico mucho menos halagüeño. «Nos informaron de que teníamos que ir a Oncología del Niño Jesús, pero que, por el momento, no nos podían decir nada más. Fui detrás del médico para preguntarle si mi hijo tenía leucemia. Me dijo que sospechaba que sí», explica Manoli, su madre.

Los peores temores se hicieron realidad. En el Niño Jesús los médicos le dijeron a Iván que tenía una enfermedad en la sangre, un cáncer que se llamaba leucemia. «Imagina cómo es escuchar que le están diciendo algo así a tu hijo», cuenta Manoli, que por un momento abandona su sonrisa perenne y su entereza y deja asomar unas lágrimas. «En ese momento Iván hizo dos preguntas: si se iba a morir y si iba a pasarse toda la vida en un hospital. Los médicos le dijeron que ni lo uno ni lo otro. Que no se iba a morir porque le iban a curar, pero sí que iba a tener que estar una temporada ingresado. A partir de ahí, se armó de valor y siguió hacia adelante. Es impresionantemente fuerte, un campeón. Ha asumido que para curarse tiene que estar aquí y dejar que pase el tiempo que sea necesario».

Tras el ingreso en el hospital a mediados de abril, le preocupaba perder el ritmo del curso y tener que repetir. Y se esforzó para que eso no sucediera. «Creí que iba a ser más difícil. Al principio me costó acostumbrarme. Aquí tengo dos profesoras, una de letras y otra de ciencias. Sólo estábamos nosotros dos durante la clase y los primeros días me sentía un poco observado, pero, al final, te das cuenta de que aprendes mucho más rápido», asegura Iván. Todavía no sabe a qué le gustaría dedicarse en un futuro. Su madre cree que acabará haciendo algún tipo de ingeniería u otra carrera de ciencias. «Estudio todas las asignaturas, pero prefiero las que son más de razonar que de estudiar. Se me dan muy bien la Física y la Química», explica. En el hospital ha hecho los mismos exámenes que sus compañeros. El colegio los envía al Niño Jesús y una vez realizados, vuelven al centro para que los profesores los corrijan.«He sacado mejores notas que nunca, todo han sido sobresalientes. Supongo que me he centrado más. Ya que estás aquí, qué le vas a hacer. Tienes que llevarlo bien».

El optimismo también es un sendero ineludible para los profesores del colegio del Hospital Niño Jesús. Más de 1.600 alumnos pasan cada año por sus aulas. Tienen unas tres horas de clase al día, según la situación en la que se encuentren. La relación es muy cercana y entre los docentes y los niños y jóvenes se crea un vínculo muy especial. «Hay que ser fuerte porque hay momentos que no son como a nosotros nos gustaría. Aquí tenemos días de todos los colores: alegres, grises y, a veces, también alguno negro. Lo importante es que seamos un apoyo para las familias, estamos aquí para ayudar. La mayor felicidad está en ser capaz de olvidarte de ti para dar algo a los demás», asegura Charo del Rey, su directora.

Para Iván la idea de felicidad ha cambiado mucho durante estos meses. Hace poco más de una semana se sometió a un trasplante de médula. Su hermano pequeño ha sido su donante, una verdadera suerte, ya que «el porcentaje de compatibilidad de un hermano está en torno al 25%. En el caso de Iván, su hermano es compatible idéntico. Llegar al trasplante era nuestro objetivo, ahora confiamos en que todo vaya bien», asegura su madre. A sus 16 años, sus prioridades pasan por los afectos, por lo esencial. «Me he dado cuenta de que hay muchas cosas que antes no valoraba. Sobre todo pienso en disfrutar con mi familia y con mis amigos. Te dicen que la leucemia se puede curar y lo que yo quiero es sentir, cuando salga de aquí, que no he perdido el tiempo».