El castillo de naipes de Basterra se derrumba en 30 segundos

"Somos inocentes, todo va a salir bien, pronto volveremos a casa", le decía Alfonso Basterra a una Rosario Porto hundida en los calabozos tras su detención. El juez ordenó que se les grabara, aunque las conversaciones no se hayan escuchado en el juicio. En esas conversaciones, Porto le pregunta a Basterra, ¿te dio tiempo a eso?, a lo que él respondió "no". Este breve intercambio de palabras define lo que ha ocurrido en la sala durante el mes que ha durado el juicio. En los calabozos, Alfonso llevaba las riendas. Fuera también. El crimen fue planificado, pero fue el periodista el encargado de comprar el Orfidal en la farmacia y de sedar a la niña los fines de semana que se quedaba en su casa. El día del crimen, suministraron al menos 27 fármacos a Asunta durante la comida. Después, madre e hija salieron de la casa. Él dijo que se quedó en casa leyendo.

Sin pruebas contundentes, todo el peso del crimen caía sobre Porto. Fue ella la que estuvo en el piso de Teo con la niña antes de que desapareciera. Las cámaras de seguridad, la alarma de la casa y su teléfono móvil la sitúan allí. Alfonso Basterra dijo que no salió de casa y su teléfono estuvo apagado.

Sin embargo, repartieron mal las cartas. Intentaron hacer su juego pero perdieron, a pesar de que Basterra llevaba las mejores cartas.

Él compró los fármacos, la niña fue sedada en su casa y a pesar de que afirmó no haber salido de casa, una testigo lo sitúa con la niña en la calle poco después de las seis de la tarde. Además, Rosario necesitó la ayuda de alguien para trasladar el cuerpo hasta la pista forestal. La niña fue asfixiada cuando no podía defenderse, probablemente con unos pañuelos encontrados en una papelera de la casa de Teo. La misma papelera en la que había unas cuerdas idénticas en composición a las encontradas junto al cadáver. El cuerpo sin vida de la niña había que bajarlo hasta el coche de Rosario y colocarlo tal y como fue encontrado poco después de la una de la madrugada.

El plan era casi perfecto: No había restos de tierra en el vehículo, no había móvil ni arma del crimen. Las coartadas eran más o menos creíbles, pero los investigadores supieron desenmascarar la verdad, aunque no lograron ninguna pista definitiva. Sólo una gran cantidad de indicios que, como ha quedado demostrado, sirven también para condenar.

Alfonso tuvo miedo y quiso borrar todas las pistas. Hizo desaparecer su ordenador, que milagrosamente volvió «solo» a su apartamento. Curiosamente, no tenía huellas, sólo se encontró una en el disco duro, del que fueron borrados cientos de miles de archivos, algunos de contenido sexual que lograron ser recuperados.

Cuando arrancó el juicio, Alfonso dio muestras de su soberbia, de su altivez y se encaró en varias ocasiones con el juez. Su abogada sabía que debía hablar lo justo y necesario y permanecer en un segundo plano, que todos los focos fueran para Rosario Porto y su abogado, que atendía a los medios de comunicación prácticamente todos los días.

Alfonso y su abogada esperaban agazapados a que el foco no se desviara. Rosario tenía Orfidal en su vestido. Una cámara de vigilancia rompió su coartada porque lo pasó por donde dijo que lo hizo al volver de la casa de Teo. Su teléfono la sitúa en la casa de Teo y fue una cámara de seguridad reveló que Asunta iba con ella en el coche. Todo parecía predispuesto a que Rosario asumiera la responsabilidad y que el jurado dudara de la implicación de Basterra.

Nada de esto ocurrió. El jurado al completo, sin fisuras, considera que todos los hechos están probados y que ambos son culpables del asesinato de la niña. Además, indicó en su decisión que fue un hecho pactado, que probablemente iba en la parte de atrás del coche cuando Asunta y Rosario Porto fueron a Teo, y que mató a su hija con ayuda de su mujer cuando la menor no podía defenderse. En apenas unos segundos, menos de 30, derribaron el castillo de naipes que Basterra había tardado meses en levantar e impidieron que el periodista cumpliera la promesa que le hizo a Rosario de volver a casa. Eso sí, ha salido todo bien. El jurado ha condenado a los responsables del crimen de una niña de 13 años, inquieta, con grandes aptitudes y ganas de hacer grandes cosas.