El conquistador de la Isla del Diablo

Charles Péan fue el hombre elegido por el gobierno galo para acabar con la «guillotina lenta», un penal infrahumano en la Guayana.

Barracones en el tristemente célebre penal de la Guayana francesa
Barracones en el tristemente célebre penal de la Guayana francesa

Charles Péan fue el hombre elegido por el gobierno galo para acabar con la «guillotina lenta», un penal infrahumano en la Guayana.

Todo el mundo ha oído hablar alguna vez de Papillón («Mariposa», en francés), el superviviente del infierno de la Isla del Diablo que vivió de milagro para contarlo en dos libros, uno de los cuales inspiró una famosa película.

Pero casi nadie conoce todavía hoy la existencia de otro héroe que acabó con la terrible pesadilla real en que se convirtió el célebre penal de la Guayana francesa. Rindamos por eso ahora merecido homenaje a Charles Péan, el hombre elegido por el Gobierno galo para liquidar la «guillotina lenta» que terminó con las ilusiones y esperanzas de 60.000 infelices desde su fundación en 1852. No en vano, cuando el príncipe Napoleón fundó la colonia, uno de sus ministros le preguntó: «¿Quién va a guardar a los penados?». A lo que el regio interpelado repuso sin miramientos: «Otros forajidos peores que ellos».

El comandante Charles Péan pertenecía al Ejército de la Salvación y se convertiría con el tiempo en un auténtico redentor de vidas humanas. Concluida ya la Primera Guerra Mundial, nuestro protagonista grabó a hierro y fuego en su memoria el lema del Ejército: «Un hombre puede estar caído, pero jamás está vencido». Y lo predicó con el ejemplo hasta el final. El joven estudiante Péan obtuvo el grado de doctor en Teología y ofreció su vida al Ejército de la Salvación. Mientras trabajaba en el barrio parisiense de Montmartre, tuvo noticia por la prensa de los horrores que asolaban a los presos del penal de la Guayana. Años después, se decidió a publicar un libro titulado en inglés The conquest of Devil’s Island donde relataba, con todo lujo de detalles, su descenso al averno. La primera vez que pisó aquella maldita isla permaneció tres meses interminables en ella inspeccionando los claustrofóbicos campamentos de trabajos forzados en medio de la selva, donde se hacinaban centenares de reclusos hambrientos y desnudos. Las tierras pantanosas estaban infestadas de mosquitos y culebras, y la fiebre y la disentería segaban las vidas más temprano que tarde.

Atmósfera nauseabunda

Charles Péan pasó noches enteras en las estrechas secciones de las barracas que daban cobijo, como a bestias salvajes, a unos ochenta convictos que apenas podían moverse o respirar en aquella atmósfera nauseabunda. Visitó también las barracas disciplinarias donde los presos se convertían en caricaturas de sí mismos tras meses de incomunicación. Y comprobó, en suma, que del millar largo de reclusos que Francia enviaba cada año a la isla, menos del 10 por ciento lograba sobrevivir cinco años.

El oficial del Ejército de la Salvación clamó así poco después enfurecido ante el gobernador de la colonia por el hecho de que Francia, en pleno siglo XX, tuviese más de cuatrocientos individuos empleados en un servicio penitenciario cuyo único resultado era la completa degradación física y moral de 6.000 seres humanos.

El gobernador intentó desanimarle con la cruda realidad: la Isla del Diablo era un infierno en miniatura que ningún hombre podía conquistar. Pero Charles Peán jamás se dio por vencido. Regresó a Francia y tuvo que guardar cama durante dieciocho meses por una fiebre tropical. Una vez repuesto, inició su particular cruzada contra el inhumano penal: escribió artículos, recorrió toda Francia para denunciarlo, visitó sin descanso los despachos oficiales y mantuvo vivo el problema de la Isla del Diablo en la conciencia de los políticos.

En 1933 regresó a la Guayana francesa, donde fundó una granja para cultivar legumbres y criar ganado destinado a los reclusos. Estableció talleres de carpintería para fabricar muebles en los refugios y objetos tallados para la exportación. Por si fuera poco, buscó ayuda para talar la selva virgen con el propósito de hacer una plantación de plátanos que proporcionaba trabajo a los hombres y beneficios a los refugios. Por fin, en 1938 el presidente de la República francesa, Albert Lebrun, firmó un decreto prohibiendo la imposición de sentencias en la Isla del Diablo y disponiendo que la pena de trabajos forzados se cumpliese en las penitenciarías normales. Los penados confinados ya en la Guayana continuarían allí hasta cumplir sus condenas, pero podrían marcharse después. El estallido de la Segunda Guerra Mundial interrumpió la labor de Peán. Detenido en Francia por los invasores alemanes, no supo entonces que el Gobierno exiliado de De Gaulle ejecutó la mayor parte de sus ideas.

Finalmente, a principios de 1946 se dictó la orden oficial para la liquidación de la colonia. Peán fue nombrado liquidador. El documento que hacía mención de sus merecimientos terminaba así: «Tiene alma de apóstol».