Gipsy Team: Pelear para no pelear

Es el nombre del gimnasio de Cuenca que ha convertido el boxeo en una manera de sacar a los chavales de la calle y darles unas metas que conseguir. Lo ha fundado Carlos Fernández, un gitano de biografía dura que vigila a sus pupilos, se molesta en que estudien, que se interesen por una meta y se preocupen por encontrar trabajo.

Miembros del club de boxeo
Miembros del club de boxeo

Es el nombre del gimnasio de Cuenca que ha convertido el boxeo en una manera de sacar a los chavales de la calle y darles unas metas que conseguir. Lo ha fundado Carlos Fernández, un gitano de biografía dura que vigila a sus pupilos, se molesta en que estudien, que se interesen por una meta y se preocupen por encontrar trabajo.

Cristian, 27 años, brazos gruesos y más pesado que alto. Un toro. Golpea el saco como si el corazón le latiera en los nudillos. «El boxeo me ha dado la vida. En vez de pensar en cosas malas, me obliga a venir al gimnasio, a pensar en que tengo que entrenar, que tengo que estar aquí». Damián, 22 años, hijo de inmigrantes, rapero en ocasiones. Uno de esos muchachos que guantea para que la rabia no se le vuelva colesterol en la sangre. «Soy temporero. Voy a lo que salga. Tengo que llevar dinero a casa. Hace poco nos emplearon, pero después se marcharon sin pagarnos. Ocurre a veces en este negocio». El chaval bufa, mueve la cabeza. ¿Resignación? ¿Ira? ¿Coraje? Ruben, 22 primaveras, barba de hipster, brazos tatuados. Un tipo con más calle encima que los adoquines de las aceras.

–Esto es un búho, un símbolo de la sabiduría.

–¿Y éste?

–Un elefante. Representa la memoria, porque él nunca olvida.

–¿Y ése?

–Bueno, es que me gusta...

Los tres sombrean callados, los tres golpean el aire intentando noquear fantasmas y los tres, cada uno distintos, cada uno con su propio Austerlitz mordiéndoles las entrañas, forman parte de los púgiles del club «Gipsy Team», el gimnasio donde entrena Carlos Fernández Jiménez, un gitano de piel blanca, corazón franco y una voluntad forjada a hierro en la contrariedad. Nació dos veces: la primera, cuando su madre lo alumbró; la segunda, cuando los doctores le desenrrollaron el cordón umbilical que se le había enredado en el cuello. Vino a este mundo sin llorar, pero sufriendo. Otros en su lugar vivirían poseídos por el resentimiento, agusanados por la polilla del rencor, suspirando por un desquite que les haga Justicia. Pero él es más fuerte que el odio, más duro que un demonio. «A los cuatro años me metieron en un centro de menores, a los 18 en un reformatorio, por robar, por la mala vida, por las drogas –habla sin tapujos, evocando el relato de su biografía con la tranquilidad del que recuerda un cuento de la infancia–. Quería ser boxeador, quería pelear. Jamás he podido competir porque tenía que dedicarme a sobrevivir. Pero era mi ilusión. Cuando me decidí a prepararme para cumplir mi sueño, se me pudrieron las tripas. Tal cual. Me tuvieron que operar». Carlos enseña un costurón de piel plegada que le cruza el pecho. Una cicatriz de carne que habla más del dolor que le roe el alma que de los sufrimientos del postoperatorio.

–Ya no puedo subir a un ring, pero otros sí...

Carlos ha convertido su deseo en la esperanza para una treintena de muchachos. Todos esos que matan los días tirados en el «parque», palabra que aquí tiene mucho más significado del que figura en los diccionarios, viendo pasar las nubes, fumando porros y sin hacer nada.

Ahora él es el sístole y la diástole de sus vidas, quien escucha sus problemas, quien les da consejos, quien les entrena, quien les ha sacado del hacer nada y estar tumbados en el césped. «Unos pagan sus cuotas. Otros no pueden por su situación económica, pero les dejo venir al “gym”. A cambio, me tienen que demostrar que hacen algo: que se han puesto a trabajar, que han retomado los estudios, que se están esforzando. Les obligo a que me traigan las notas de las evaluaciones. Para muchos, esto es tan importante, que no les importa hincar los codos en el pupitre. Gracias al gimnasio, algunos, incluso, han conseguido un empleo. Otros, han descubierto una profesión que les motiva».

Juan Tovar. Quince peleas, chándal rojo y sonrisa despreocupada. Mueve los brazos delante de él con rapidez, acuchillando el aire con sus guantes. Es la promesa del «Gipsy Team». El que todos admiran.

Adrián lo observa de refilón, fijándose en sus movimientos. Adrián entrena sin camiseta. Él no es como los demás. Él ha nacido en una buena familia. Pero eso no es aval de nada. «Lo pasé mal y hablaba muy mal a mi propia familia. A toda. Entonces Carlos empezó a recogerme. Me gustaba el boxeo y mi padre me dijo: si quieres ir ahí, a cambio, estudias. Ahora soy técnico de Medio Ambiente. Me llaman los findes para currar. El boxeo me ha dado autoestima, no me paso el día fumando. Incluso me acerco a las chicas que me gustan... antes no me atrevía (risas). Estar aquí me ha dado disciplina y tranquilidad a mi familia. Me ha ayudado».

Cerca de él, hay una chica, una de las dos que entrenan aquí. En el reverso de sus camisetas se lee: «Stop Bullying». A diferencia de sus compañeros, ellas van a la facultad. «Tendrías que ver cómo nos protegen, cómo nos ayudan a mejorar. Ese respeto que sienten por nosotras, por todas las mujeres, es impresionante. Es una de las cosas que Carlos les ha metido en la cabeza».

Carlos dirige el entrenamiento. Carrera. Comba. Flexiones. El ayuntamiento de Cuenca les ha cedido por fin un local para entrenar. Una sala, con vestuarios, en un complejo deportivo, junto a la pista de atletismo y la piscina para los nadadores profesionales. Antes, el gimnasio era agujero infame y las pesas que tenían las habían hecho con piezas sobrantes de los talleres mecánicos. Ahora todo es distinto: duchas, luz natural, máquinas para mejorar la musculatura. Eso sí, el ring lo han hecho ellos mismos tabla a tabla, pieza a pieza, visitando al carpintero, aprovechando las barras de hierro que encontraban para ajustar y tensar las cuerdas.

Juan Tovar, a un lado, flanqueado por varios compañeros, lanza los puños una y otra vez. Es como si quisiera partir el vacío, reducirlo a un montón de astillas.

Aquí el material de boxeo no pertenece a nadie. Se comparte: las vendas, las guantillas , los cascos. Todos ellos son como una hermandad, una «Band of Brothers», como escribió Shakespeare. «Mi hijo me dio la fortaleza para salir adelante –comenta Carlos–. Yo siempre se lo digo a ellos –apunta, señalando con el mentón a sus pupilos–: les inculco que deben sentir respeto por los demás. No importa quiénes sean. Y que deben querer a la mamá, porque ellas siempre están ahí y cuando se vayan...».

–¿Qué más les has enseñado?

–Algunos de ellos era unos piezas, así que a no pegarse por ahí. Ahora son los suficientemente adultos para saber que no tienen que demostrar nada a nadie pegándote. Ni a tus amigos ni a tus novias.

Carlos habla de Héctor, ayer un chaval retraído, hoy, un boxeador prometedor; Antes, un crío conflictivo, ahora, estudiante con metas. También menciona a Sergio, un chico de barrio, problemático, que apenas hablaba a los diez años. «Padeció de todo». Y la palabra «todo» resuena ahora con una especial significación. «Cuando le ibas a dar un abrazo, se encogía. Lo había pasado fatal. Ahora se ha sacado el carné de conducir y tiene un grupo de amigos. Para mí eso es más importante que si ganara una pelea», explica Carlos.

Rubén, el mismo de antes, luce la sonrisa de los que han pateado mucha acera. «Me he peleado mil veces en las calles. Me han denunciado. Creo que no era consciente del daño que haces con un solo puñetazo. Si quieres pegarte, vente a un gimnasio, pero ahí fuera... no, ahí, no. Hieres, haces daño y tú te buscas problemas. Yo me he arrepentido de pegar a la gente. Yo he aprendido a alejarme de eso. Ahora entreno, para ser boxeador, pero no para hacer daño. No quiero hacer daño. Y eso me sucede, porque me siento seguro, porque me tengo respeto». Cristian lo repite: cuando entras a boxear dejas los porros, te alejas de «mala vida»: «No eres mejor que nadie. Todas las personas son igual que tú. Aquí somos una familia. También chicas. Ellas son iguales que nosotros. Ellas me enseñan mucho y entrenan igual de duro». Damián lo confiesa sin tapujos: «Este deporte te mantiene lejos de la mierda», mientras escucha de fondo los pasos de Juan Tovar, la promesa de los «Gipsy Team».

Respeto al dolor propio y ajeno

Es un día especial en el club de los «Gipsy Team». Chema Rodríguez, entrenador nacional de boxeo y del gimnasio Ziro Sport de Villalba, ha venido a visitarles, a darles una clase magistral. «Esta iniciativa es increíble. Encontrarte con un entrenador que te cuide, como es Carlos, y un Ayuntamiento que cuide estos aspectos de la sociedad, es difícil. Todos conocemos sus beneficios: la integración de los chavales que tienen demasiado tiempo libre y no muy buenas rutinas de comportamiento, que no están en riesgo de exclusión, pero están en el filo. Otros muchachos están en un momento difícil por las circunstancias en su casa y que alguien les ayude a tener referencias es muy importante. En este grupo, ellos socializan, conviven, se ponen al ritmo de una disciplina que les ayuda. La costumbre de un trabajo y un método que les hace sentirse a gusto es esencial. Además, canalizan el exceso de hormonas». Chema corrige a uno de los «gipsies», al más pequeño de la familia. «Justo cuando no saben qué camino tomar, les das un aliciente, una meta para que se puedan superar a sí mismo», añade Chema. Luego concluye: «Aquí descargan la frustración, encuentran una referencia si no tienen un padre o un hermano mayor. Se sienten incluidos y aprenden lo que es el riesgo, lo que es un golpe. Aprenden a tener respeto al dolor, Al ajeno y al propio y se apartan de las peleas en la calle».