José Bretón, la serenidad del malo

Tras el crimen de la mujer que ha matado a sus hijos en Godella, recordamos a José Bretón, uno de los parricidas más crueles que recuerda la sociedad española.

Tras el crimen de la mujer que ha matado a sus hijos en Godella, recordamos a José Bretón, uno de los parricidas más crueles que recuerda la sociedad española.

¿Qué puede llevar a alguien a matar a sus hijos? La cuestión resulta complicada de abordar desde el plano emocional, pero los motivos pueden ser diversos. La semana pasada conocimos uno de los parricidios más sorprendentes en Godella (Valencia). En el caso de María Gombau, la mujer que asesinó a sus hijos a golpes, podría haber actuado enajenada, fruto de una enfermedad mental aún por evaluar y del consumo de estupefacientes alucinógenos.

Sin embargo, al psiquiatra forense Alfredo Carcedo le resulta sorprendente «la intercacción entre los padres». «Hay alguien psicótico pero ¿y el otro? Es extraño que tengan un trastorno mental a la vez». Eso, que haya sido trasladada a una prisión y el hecho de que enterrara a los niños –«demuestra una conducta organizada»–, le obligan a dudar del diagnóstico. «Aunque tuviera un trastorno mental, también tiene sus razones, por ejemplo, que ha escuchado una orden de hacer algo». El forense asegura que existen procedimientos para detectar la simulación de estas respuestas ya que casi todos los asesinos suelen tratar de hacer pasar por enfermos pero la realidad es que la mayoría son, simplemente, malos.

Existe un estigma con las personas que padecen enfermedades mentales en este sentido cuando los datos que manejan en prisiones son determinantes: la mayoría de las personas que cometen infanticidios no son enfermos y actúan por diversos motivos, como el hecho de que sientas tu vida limitada (podría ser el caso de Rosario Porto) o la venganza hacia tu ex mujer, como José Bretón.

Quizás sea el cordobés el parricida que más sobrecogió a España, por la frialdad de esa mirada que asustaba. Alguien que, a día de hoy, sigue imperturbable y que no necesita ni pastilla para dormir, según fuentes de Instituciones Penitenciarias. Después de más de siete años en prisión, Bretón sigue manteniendo su peculiar comportamiento. Dicen que fue cuando estuvo destinado en una misión en la guerra de Bosnia, allá por el 94, cuando tuvo una mala experiencia y se quedó algo «tocado». La etapa militar de José Bretón Gómez (Córdoba, 1973), que ejerció como cabo de Infantería en la base cordobesa de Cerro Murciano, no duró mucho más y, tras su salida del Ejército, conoció a una joven estudiante de Veterinaria, Ruth Ortiz. Se casaron en 2002 y poco después trajeron al mundo a sus dos hijos, que decidieron llamar como ellos. Nueve años más tarde, Ruth quiso separarse y empezó entonces el peor calvario de su vida.

La venganza que diseñó Bretón ya es conocida por todos y se hizo pública en el momento que simuló haber perdido a sus hijos en el parque Cruz Conde de Córdoba a las 18:40 horas. A pesar de su llamada al teléfono de emergencias 112 aquel 8 de octubre alertando de que había perdido de vista a sus niños de seis y dos años, los menores ya estaba muertos. Los había quemado él mismo en la finca familiar de Las Quemadillas. Así quedo acreditado durante el juicio celebrado en la Audiencia Provincial de Córdoba por el que fue condenado a 40 años de prisión por dos delitos de asesinato y simulación de secuestro y fue ratificado por el Supremo en julio de 2014. A diferencia de la parricida de Godella, a Bretón nunca se le detectó ninguna enfermedad mental.

De hecho, llama la atención que nunca haya estado bajo tratamiento farmacológico, «ni siquiera para dormir», algo que tienen pautado la mayoría de los internos sin ninguna patología. No obstante, fuentes penitenciarias destacan su «cambiante estado de ánimo». El padre de Ruth y José es obsesivo con la limpieza y antes de tocar cualquier objeto, lo limpia antes con papel higiénico. «Gastaba tres rollos diarios», sostienen las mismas fuentes, si bien reconocen que el preso ha ido moderando este rasgo. También se ponía tapones para los oídos porque se quejaba de los ruidos de otros presos al masticar. Bretón habría dejado atrás también ese pensamiento recurrente de creer que le iban a envenenar y sólo comía artículos comprados en el economato central, como fiambre envasado al vacío o latas. Ahora ya come del racionado como el resto de presos y sólo compra Coca-cola. El trato con los funcionarios es educado pero distante y no ha hecho ninguna relación personal con otros internos. «Apenas habla con nadie, no empatiza», aseguran. Convive con otros seis presos en la enfermería del penal, que cuenta con 10 celdas individuales. La dirección del centro optó por destinarlo aquí para limitar sus movimientos y tenerlos bajo un mayor control pero Bretón está considerado un preso «no conflictivo», que disfruta del segundo grado y que no tiene sanciones graves por parte de la Junta de Tratamiento. Sólo le constan cuatro partes que ya están cancelados.

No reconoce los hechos

Sin embargo, quienes se cruzan con él a diario siguen sorprendiéndose de su personalidad. Le describen como alguien frío que a menudo muestra una media sonrisa y que es una persona que gesticula mucho al hablar. «No ejerce de líder, pero no pasa desapercibido para nadie porque todos saben quién es». En octubre de 2016 tuvo un intento de suicidio o una agresión por parte de otro interno. Se cortó con una cuchilla de afeitar en el cuello y tuvo que ser intervenido en el hospital de Ciudad Real. No ha vuelto a ocurrir ningún episodio parecido. Su día a día es siempre el mismo porque no participa en ningún taller como manualidades de cerámica o madera que se hacen en el centro.

No acude al gimnasio ni a la pequeña capilla los domingos como muchos internos, ni desempeña ninguna actividad extra modular. Tampoco asiste a la biblioteca. De hecho, comenzó a estudiar Derecho por la UNED pero habría abandonado la carrera, según las mismas fuentes. Sólo hace las tareas de limpieza obligatorias de las zonas a comunes de enfermería. Su rutina consiste en levantarse a las 7 de la mañana, a las 8 se hace el recuento de presos y van a desayunar. A las 9 ya está paseando siempre por el pequeño patio de la enfermería de tres por siete metros, o por el pasillo de la galería de acceso a celdas (de metro y medio de ancho por nueve de largo).

A las 13:30 horas come y a eso de las 19:00 empiezan las cenas. Bretón pasa las horas en la sala de televisión viendo los programas matinales. No tiene tele en su celda ni autorización para instalar una Play Station, que en otro centro sí tuvo autorizada. Desde los primeros meses de 2018 Bretón tiene derecho a solicitar permisos de salida al tener cumplida la cuarta parte de la condena, pero sus peticiones han sido denegadas con los preceptivos informen negativos del equipo técnico, basándose en la personalidad «anómala» del interno y porque sigue sin reconocer los hechos por los que fue condenado.

La experiencia de los técnicos de Instituciones Penitenciarias, teniendo en cuenta el perfil del sujeto, consideran «muy complicado» que vaya a disfrutar de beneficios penitenciarios ni acceder al tercer grado cuando tenga tres cuartas de la condena, en 2030. Por eso creen que Bretón pasará 25 años en prisión, el máximo de cumplimiento efectivo de la condena, que según el Código Penal no podría exceder el triple del tiempo por el que se le imponga la más grave de las penas por las que haya sido condenado.

Con Carcaño y Tony King

Desde su ingreso en prisión, el 22 de octubre de 2011 ha estado en régimen FIES (Fichero Interno de Especial Seguimiento), el mismo que se le aplica a personas que han cometido delitos de gran impacto social como terroristas o narcotraficantes. Primero ingresó en prisión preventiva en la cárcel de Alcolea, en Córdoba, pero enseguida fue trasladado a la cárcel alicantina de Villena, donde tampoco duró mucho y finalmente fue trasladado a la cárcel de Herrera de la Mancha en Ciudad Real, donde se encuentra a día de hoy y donde hay cursos específicos.

De hecho, el propio Bretón ha terminado recientemente un curso para agresores con la psicóloga de la prisión, según las mismas fuentes. «Lo hará para tener beneficios pero en su caso, como mucho, podría disfrutar de algún permiso cuando le quede menos de un año de condena».

Esto sería ya en 2036. La prisión de Herrera de la Mancha fue construida con el fin de concentrar al colectivo de presos etarras a principios de la década de los 80, en uno de los momentos de mayor tensión terrorista. Ahora es centro de depredadores sexuales y asesinos con gran repercusión mediática. En las 240 celdas residenciales y 20 complementarias, además de Bretón, hay otros internos mediáticos como Pedro Luis Gallego, «El violador del ascensor», que tras permanecer 22 años en prisión y salir en libertad, volvió a ser detenido en junio de 2017 por cuatro agresiones sexuales cerca del hospital La Paz de Madrid.

También están en Herrera Juan Manuel Valentín Tejero (asesino de la niña Olga Sangrador) y que también reincidió en 2016, Santiago del Valle (asesino de Mariluz Cortés), Antony Alexander King (Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof) o Miguel Carcaño, que sigue sin explicar qué hizo con el cuerpo sin vida de Marta del Castillo.