Lecciones de teatro de adolescentes con síndrome de Down

Edu, Ana, Paula, María, Alba y Álvaro acuden cada martes y jueves al salón de actos del Colegio Santa María de la Hispanidad. Puntuales. A las tres de la tarde se agolpan en la puerta. Esta sala se ha convertido en el lugar de ensayo de su “teatro con hormonas”. Así se llama la compañía que ha creado la obra teatral que representan junto a alumnos de otro colegio vecino, el María Corredentora. Un centro de educación especial al que acuden niños con Síndrome de Down. Una actividad con la que son pioneros. “Con este proyecto nos hemos dado cuenta de que se consigue crear una inclusión real. Nosotros somos los ordinarios porque ellos son extraordinarios”, afirma Fernando Alegría, director del centro y promotor de la colaboración entre los dos colegios.

“El juego de los espejos”. Así se llama la obra que interpretan este grupo de adolescentes de entre 15 y 18 años. Cada uno tiene su papel, su rol fuera y dentro del escenario. “Cada personaje está escogido personalmente para cada uno de ellos, en función de su personalidad, de sus matices”, explica Rosa Méndez, directora de teatro del Santa María de la Hispanidad. Pablo, de 17 años, es uno de los más veteranos. Es el tercer año que participa en la actividad. “Es alucinante, pero cuando terminamos de ensayar, salimos de aquí cargados de felicidad porque no hay día que no surja alguna carcajada o anécdota”. Este estudiante de Segundo de Bachillerato reconoce que, “antes de participar en el proyecto, les veía diferentes, no inferiores”, explica, en referencia a los jóvenes del María Corredentora. Ahora son amigos. “Cuando me los encuentro por la calle, nos abrazamos, hablamos de nuestras cosas...”. Le interrumpe Enrique. Sin duda, el más parlanchín y extrovertido de los dos centros. “Hemos demostrado que somos capaces de hacerlo y muy bien”, dice contundente. Su personalidad recuerda rápidamente a algunos de los personajes de la película “Campeones”, un filme con el que Rosa también se siente muy identificada. “Cuando llegué aquí el primer día me sentía como el protagonista de la película y poco a poco me he dado cuenta de que nosotros aprendemos mucho más de ellos que ellos de nosotros”.

Ana, la pequeña del grupo, es scout, pero tiene muy claro por qué quiere seguir acudiendo a los ensayos. “Ellos viven mucho más la vida que nosotros. No se preocupan por cosas intrascendentes”, explica. A su lado, Marta, de 17 años, la mira con admiración. Ella interpreta a “una chica presumida”, explica con muchos gestos. Conoce muy bien su personaje. “Aquí he hecho muchos amigos”, añade. Gabriela, también de 17, reconoce que Carmen, su personaje, “tiene mal carácter”, pero, en el fondo “tiene muy buen corazón”. Así es como les ven sus compañeros que no dudan en proclamar al resto de adolescentes que se apunten a teatro. Así es como el grupo no ha dejado de crecer. “Elena me lió”, dice Alba, otra de las adolescentes del Santa María de la Hispanidad que representa a “la manipuladora de la obra”. Siempre hay alguna así en los grupos de amigos. Pero ella no lo sabe, los espejos de la casa donde dialogan los personajes, reflejan la verdadera alma de cada uno de ellos. Y eso es lo que consigue exponer esta obra, la persona que hay detrás de cada uno de estos adolescentes, “ordinarios o extraordinarios”.