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Los hombres de rojo

Ninguna denuncia por acoso en el arranque de San Fermín. Los varones han tomado «nota»: claro que hay intercambio de miradas y besos «furtivos». «Lo normal», dicen tanto ellos como ellas.

Ninguna denuncia por acoso en el arranque de San Fermín. Los varones han tomado «nota»: claro que hay intercambio de miradas y besos «furtivos». «Lo normal», dicen tanto ellos como ellas.

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«Es una pena. Llevo viniendo 29 años, los mismos que tengo, y siento que desde que saltó el escándalo de La Manada hay menos gente». Son las palabras de uno de esos sanfermineros que lo llevan en la sangre, uno de los que cuando era bebé ya salía a las calles con body blanco y pañuelo atado al cuello. Sin embargo, a los que venimos de fuera nos parece que en el casco antiguo no cabe un alfiler. Nadie duda de que el paso de esos cinco jóvenes sevillanos por las empedradas calles de Pamplona ha marcado un antes y un después en la rutina de las fiestas más internacionales de España. Los de fuera miran los Sanfermines con ojos distintos, más críticos, pero los locales no van a dejar de intentar cambiar las cosas. Los pamplonicas siguen empeñados en dejar atrás esa página negra, y eso pasa también por normalizar las relaciones entre hombres y mujeres. La cosa no va por mal camino, porque no se puede negar que estos días está fluyendo el amor en la capital navarra. La concentración de gente hace que los roces sean inevitables, pero es algo que existe y existirá y no causa ningún enfrentamiento.

Ellas no se cierran a pasarlo bien y a conocer gente nueva, pero también marcan las distancias. Tampoco se puede negar que hay intercambios furtivos de miradas. Ellos, de rojo, miran a los grupos de chicas, sin disimular, pero también ellas no pierden oportunidad de establecer un inocuo contacto visual.

No son ni una ni dos las pintadas y pancartas en los muros y balcones, en las que se puede leer un lema pintado en letras violetas y con el símbolo feminista que no puede ser más claro: «Acosar no es ligar». Ellos están tomando buena cuenta de ello y parece que no les está yendo mal: nuevas actitudes para nuevos tiempos. En Pamplona las parejas –tanto las nuevas como las consolidadas– pasean de la mano, se roban besos furtivos en las esquinas e incluso se refugian en rincones apartados de miradas indiscretas. «El ambiente es igual de bueno que siempre, tanto para nosotros como para ellas», admite un joven que organizó un viaje exprés para celebrar el fin de la soltería de uno de sus amigos: «¿Descansar? No sabemos que es eso. Tenemos dos días y vamos a aprovecharlos al máximo». Es su primera vez en los Sanfermines.

Y es que decirlo de otra manera sería mentir: lo que impera es el buen rollo. Parte de culpa la tienen esos grupos que se han ido de fiesta preboda, unas cuadrillas que se juntan unas con otras y que no renuncian a ridiculizar juntos a los futuros novios y novias. A ellos los visten de toreros y a ellas de vaquillas, la pareja perfecta para pasar un buen rato entre risas. No se conocen, pero todos se abrazan y caminan pegados en busca del siguiente bar. Dicen que es buen ambiente, nadie habla de acoso. «Los extremos no son buenos, no hay que pasarse ni por un lado ni por el otro», sostiene una joven.

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Porque todos saben distinguir entre lo que está a uno y otro lado de la línea que marca el respeto. No es fácil seguir la cuenta si el objetivo es saber cuántos son los varones que han decidido lucir un pin de un puño colorado en su inmaculada camiseta para que los locales y foráneos vean que en la capital navarra nadie tolera las agresiones sexuales. Sutil, pero el mensaje está lanzado. Ayer asomaron más pañuelos violetas que el día del chupinazo, aunque fue un gesto que se reservó a las mujeres. En la muñeca a modo de pulsera, como si de un cinturón se tratase o encima de otro pañuelo rojo. Feministas, sí. Pero sin perder la tradición.

Los locales respetan mucho esa tradición que encabeza el recorrido delante de los toros. Los astados siguen siendo un símbolo de la ciudad, y poder correr el primer encierro es un rito de paso para muchos. «Vengo desde Guipúzcoa, mañana cumplo 18 años y lo voy a celebrar aquí. No puedo decir nada malo de la fiesta, es inmejorable», afirma otro.

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Los que parecen no enterarse mucho de qué va la cosa con los «guiris». Aunque es difícil empaparse de la cultura local cuando están tirados por los suelos a las 12 de la mañana. Los pamplonicas no dejan de reivindicar que esa no es su fiesta. San Fermín nunca ha sido propia de los excesos de ingleses, alemanes, franceses o italianos. «Todos ven la imagen de la tía en tetas manoseada por todos y piensan que es la habitual. Pero no, son ellos», subrayan. Los navarros disfrutan pero también cuentan las horas que le quedan al fin de semana; el día 8 empieza la fiesta en la que ellos son los únicos protagonistas.