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Plagio y fraude, también entre científicos

José Baselga no es el primero en acabar señalado por incumplir alguno de los criterios de calidad que exige la investigación. En los últimos años han aumentado las retractaciones por el perfeccionamiento de técnicas de detección de trampas.

  • José Baselga
    José Baselga

Tiempo de lectura 5 min.

15 de septiembre de 2018. 00:18h

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Jorge Alcalde.  15/9/2018

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Una semana. Solo una semana pasó desde que «The New York Times» y la agencia de noticias «ProPublica» desvelasen que José Baselga, director médico del Sloan Kettering Center de Nueva York, ocultó pagos de empresas farmacéuticas hasta la dimisión de la eminencia oncológica. En la ciencia no se andan con chiquitas. El médico español, cuyo prestigio internacional como investigador estaba fuera de toda duda, reconoció su «error»: no hacer público que cobró millones de dólares de compañías dedicadas a la confección de medicamentos y biotecnología durante la realización de cerca del 60 por ciento de los artículos que publicó entre 2013 y 2017.

El «error», según sus propias explicaciones, se debió a un fallo en los protocolos de control de calidad de las publicaciones. Los medios americanos descubrieron que el médico mantenía lazos con empresas como Roche, lo que supone un conflicto de intereses que ha de ser advertido antes de publicar una investigación científica.

El protocolo de calidad de la información en ciencia es riguroso, exhaustivo y también complejo. Los investigadores que optan por publicar algún avance en revistas de prestigio están obligados a incluir una declaración que advierta de posibles lazos con empresas por financiación o conexión económica. No es extraño que un centro de investigación reciba apoyo financiero de una compañía interesada en mejorar la calidad de la ciencia de su sector. Mientras esa financiación no influya en los resultados del estudio, no debería ser una mala práctica aprovechar esos lazos. Pero toda la comunidad científica debe ser informada de ello.

La normativa contempla numerosas excepciones y afecta, en teoría, solo a las conexiones financieras que pudieran afectar al resultado de los estudios. Por ello, advertir de ellas queda dentro del limbo de la subjetividad.

Lo cierto es que la investigación científica pasa por ser uno de los campos más rigurosos, transparentes, abiertos al control público y libre de lacras como el plagio o el conflicto de intereses. El sistema de revisión por pares obliga a los científicos a ser especialmente escrupulosos con la calidad de sus tesis. En teoría, todo trabajo científico publicado en foros de prestigio es revisado por árbitros independientes y está sujeto al escrutinio de toda la comunidad. Un error, una inconsistencia, una falta de calidad o un plagio pueden ser detectados por cualquier experto. La información es compartida, pública y de libre acceso.

Pero, ¿es tan limpia la comunicación? El año pasado, la revista «Nature» publicó un alarmante informe sobre un fenómeno que normalmente se queda en los corrillos: las retractaciones científicas. Todo artículo puede ser corregido o desmentido después de publicado. Resulta una triste paradoja y, en ocasiones, un drama para los autores: el sistema más exigente y duro, el estándar de calidad más elevado, puede ser puesto en evidencia y obligar al autor o editor a retractarse. Y en lo que llevamos de siglo XXI el número de retractaciones en revistas científicas de impacto se ha cuadruplicado.

Los motivos son variados. Hay un 11% de casos de fabricación de datos; es decir, de falseamiento de las estadísticas o los resultados matemáticos para tratar de ajustarlos a la tesis. Un 17 por ciento es autoplagio –repetir ideas o resultados de otras investigaciones propias sin advertirlo–. Un 16 por ciento es plagio de otros autores –por cierto, el primer caso se detectó en 1970–. Estas tres categorías son fraudes científicos y crecen como la espuma. También aumentan los fallos no atribuibles a la mala fe, pero que desacreditan el trabajo. Aquí se incluyen errores de cálculo, ausencia de herramientas que permitan reproducir los datos o falta de explicación de los resultados.

¿Qué está pasando en la ciencia? ¿Es que los científicos se han vuelto más livianos, copiones o torpes? ¿Han bajado los estándares de calidad en el control de las publicaciones? La respuesta solo puede ser una de estas: o los autores cometen cada vez más errores o los errores son cada vez más fáciles de detectar.

Un dato que llama la atención es que el tiempo que pasa desde que una publicación sale a la luz y se detecta un error o un plagio se está reduciéndose. En 2002 se necesitaban 46 meses. Hoy se hace en menos de 23. Siguen siendo años en los que los resultados son aparentemente válidos y que serán la base de otros cientos de artículos. Lo curioso del caso es que las retractaciones se han disparado desde que existen herramientas informáticas para detectar errores y plagios.

Defraudar con los datos de un artículo científico es muy grave. Cada vez que se publica una investigación en una revista de impacto, el material sirve de base para futuras investigaciones. Miles de científicos lo utilizan y lo citan. Las revisiones lo incluyen en sus bases de datos. Puede que los médicos receten una terapia y los ingenieros decidan cómo abordar la construcción de un puente basados en los datos de ese artículo.

¿Y si años después se demuestra que fue plagio, contenía errores o los datos estuvieron influidos por el pago de un interesado? Esto puede condenar al autor al descrédito o a la dimisión, como le ha pasado al doctor Baselga. En los casos más dramáticos, el fraude es cuestión de vida o muerte. En enero de 2017, el osteólogo japonés Yoshimiro Sato se suicidó tras descubrirse que 33 de sus artículos (prestigiosas referencias para el estudio de la salud de los huesos) eran fraudulentos. Estas cosas se toman muy en serio en el mundo de la ciencia. A veces, demasiado.

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Marc Hauser es experto en Biología evolucionista y también responsable de haber coaccionado a sus alumnos para que falseasen los datos de sus estudios para que se ajustasen a su propia tesis.

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Jan Hendrik Schön es experto en nanotecnología. En una auditoría de Bell Labs se descubrió que este prometedor científico se había inventado gran parte de los resultados de sus estudios.

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Haruko Obokata es una científica japonesa que hace unos años vio cómo su carrera se venía abajo por manipular imágenes de su investigación sobre un nuevo método de obtención de células madre. También falseó resultados.

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