Turismo de altos vuelos

Ya se están probando las tecnologías que la aviación comercial utilizará la próxima década

Ya se están probando las tecnologías que la aviación comercial utilizará la próxima década

Empresas privadas, organismos internacionales como la NASA y las universidades más importantes del mundo están trabajando para resolver los obstáculos más importantes de los aviones comerciales. Se busca mayor velocidad, menor contaminación y mejorar la experiencia de los pasajeros.

De acuerdo con estadísticas del World Watch Institute, la aviación comercial es responsable del 2% de las emisiones de gases de efecto invernadero, un 25% de ellas se producen durante el despegue. Si tenemos en cuenta que casi el 50% de los vuelos dentro de la Unión Europea cubren menos de 500 kilómetros, el dato resulta alarmante y la tecnología apunta a reducir estas emisiones.

El proyecto Gabriel, de la Unión Europea, plantea una respuesta a este problema: pistas de despegue y aterrizaje magnéticas. Básicamente, se trata de una plataforma/catapulta que opera con levitación magnética y lanza al aeroplano en el ángulo deseado .

La lanzadera funciona con energía eléctrica que puede alimentarse con fuentes renovables. Esto reduciría una cuarta parte de las emisiones nocivas de los aviones, tanto de gases contaminantes como de ruidos. Al mismo tiempo evitaría que los aviones lleven tren de aterrizaje, lo que podría disminuir su peso hasta un 5%. La plataforma propuesta por el proyecto Gabriel, que se desprende de la lanzadera para llevar al avión a la manga, ya ha sido testada con éxito.

Claro que esto sólo ataca el problema del gasto durante el despegue, pero qué sucede durante el vuelo. Quizás nos podría salir «gratis» en términos energéticos. Al menos si se hace realidad el D8 Double Bubble o Doble Burbuja. Todo comenzó cuando la NASA le pidió al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) que diseñara un avión y el D8 fue la respuesta.

Visualmente parece un patinete con alas muy finas, pero gracias a su diseño permitiría reducir en un 70% el consumo de combustible. También, gracias a su interior de doble casco, facilitaría un embarque y desembarque mucho más rápido, así como una reducción notoria del ruido de los motores en la cabina.

En su interior contaría con pantallas flexibles que convertirían las paredes en monitores interactivos donde proyectar el exterior, por ejemplo. Los tejidos de los asientos estarían hechos de fibras conductoras que permitirían regular la temperatura individualmente y hasta convertirse en un sistema de sonido.

La velocidad lo es todo

La rapidez del vuelo es a la industria aeronáutica lo que la duración de la batería a los teléfonos móviles: una de las mayores preocupaciones. Por ello no es extraño que haya nacido el proyecto Antipode. Concebido por el ingeniero Charles Bombardier para la compañía australiana Imaginactive, se trata de un avión que es un poco más veloz que el Concorde. Si un avión convencional cubre la distancia entre Nueva York y Londres en unas 7 u 8 horas y el Concorde lo hacía en menos de 4, el Antipode lo hará en apenas 11 minutos. Seguramente tardaremos más en retirar el equipaje. El truco es que, más que un avión, se trata de un cohete; justamente eso es lo que tiene como motores y es lo que le permite alcanzar velocidades que rozan los 20.000 kilómetros por hora. Sólo hay unos pequeños problemas que solventar hasta poder viajar en él. El primero es reducir las altas temperaturas que alcanzan las alas debido a la fricción.

Pero la velocidad no tiene por qué implicar rapidez, de hecho, podemos hablar de «lentitud» como una nueva herramienta del turismo. ¿Qué ocurriría si parte de la experiencia de volar fuera poder observar en detalle el paisaje mientras se disfruta de las comodidades de una nave enorme por la que se puede caminar sin necesidad de que sea en línea recta?

Eso es lo que pensaron los creadores del Airlander, la aeronave más grande del mundo. Se trata de una burbuja de más de 100 metros de largo cuyo combustible es en un 60% helio. No precisa pista de aterrizaje, ya que toma tierra igual que un helicóptero y «flota» a unos 200 km/h y se puede mantener el aire hasta dos semanas sin necesidad de recargar. Sería como un crucero, sólo que en el aire.

Justamente lo opuesto que ofrece el FlyShip. Este vehículo, diseñado por ingenieros alemanes, puede albergar a unos cien pasajeros en su interior y, como su nombre indica, es una combinación de barco y avión. En las primeras etapas de navegación y hasta que alcanza los 200 km/h, el FlyShip se comporta como un barco, pero en ese momento despliega sus alas, literalmente, y alza vuelo, no muy alto, pero sí uno que facilita observar el paisaje, rozar los 300 km/h y reducir la contaminación. Mientras otras naves similares precisan de más de 3.000 litros de combustible por hora, el FlyShip se arregla con una décima parte.

Como una parada de Fórmula-1

Muchos vuelos se demoran durante horas por problemas mecánicos que precisan de piezas muy específicas que solo tienen en talleres centrales. Esto genera demoras de varias horas, a veces días. Pues eso se acabó. La empresa Atos ha desarrollado el proyecto europeo I+D RepAir, que permite fabricar objetos con tecnologías de impresión en 3D a partir de un modelo digital. Así, bastaría enviar un archivo por correo electrónico, imprimir la pieza y en poco tiempo se resuelve el problema. El proyecto, en el que participan Boeing y Lufthansa, reduce costes de almacenamiento, de mantenimiento y de producción.