¿Cómo era ser un hacker en los 90? Así se reían de El Pentágono

En febrero de 1998, tuvo lugar el “el ataque más organizado jamás sufrido por El Pentágono”. Así lo calificó el entonces secretario de Defensa adjunto, John Hamre

Casi siempre, cuando se habla de hackers, la primera imagen que se viene a la cabeza es la del friki de turno que es alimenta a base de pizza y que, por supuesto, cuenta con una gafas de pasta tan grandes con el tamaño de los primeros ordenadores. Y no les falta razón. Algunos, además, añadirían que se trata de individuos sin apenas relaciones sociales y que normalmente visten de negro para engordar aún más ese aspecto de personaje alternativo. Para la mayoría, viven en una realidad paralelo y cuentan con cierto halo de misterio por el mero hecho de tratar con grandes cantidades de datos. El problema de todo esto es que, mire por donde se mire, estamos ante un cliché confeccionado a medida por Hollywood. Algo que, poco a poco, parece que va cambiando. El mejor ejemplo lo encontramos, precisamente, en uno de sus blockbusters: La red. La película de Sandra Bullock no sólo rompió con esta imagen desfasada y casposa, sino que también se adelantó 25 años a muchos de los problemas informáticos que hoy sufrimos.

Secretos de Estado

Sandra Bullock interpreta a Angela Bennet, una ingeniera que teletrabaja como analista de software para la empresa Cathedral Software. Tiene una vida solitaria, con pocos amigos y sin apenas contacto con el exterior, salvo con su madre, enferma de Alzheimer. Una noche, la joven recibe un disquete de un amigo como compensación por un favor que le hizo unos días antes. Al estudiarlo, descubre que se trata de un programa que le permite acceder a las bases de datos confidenciales de Estados Unidos, así como a información secreta de su Gobierno. Al poco tiempo, averigua que su identidad ha sido borrada y que en los ordenadores de la policía aparece como una criminal en busca y captura. Entonces, descubre que detrás de todo hay un grupo de hackers que, entre otras cosas, quiere matarla para tapar sus delitos.

De 1995 a 2020

Cuando el productor Irwin Winkler presentó la película en el festival de San Sebastián, contó que su objetivo con este filme era alertar del riesgo de las redes que usamos actualmente. “Existe un peligro real en el mundo digital porque la mayoría de las veces nosotros no lo podemos controlar. El ordenador es positivo para algunos aspectos, pero puede entrañar también grandes problemas”, indicó en 1995. En la cinta se refleja el individualismo al que tienden determinados usuarios y, por ello, consideró que si se puede extraer una moraleja de su historia es que no se puede perder el contacto humano. “Creo que las tecnologías nos ayudan mucho, pero la vida avanza tan deprisa que apenas tenemos tiempo de pensar”.

Problemas de hoy

La historia de Angela plantea algunas cuestiones que, incluso a día de hoy, se siguen discutiendo con bastante efervescencia. La principal es la facilidad con la que se pueden tergiversar los datos de cualquier persona con tan sólo unos cuantos clicks. Así como también, de forma secundaria, la dificultad para controlar la información y, sobre todo, que ésta sea rigurosa y fiable. Algo que, 25 años después, seguimos reflexionando casi sin tener una respuesta clara.

Objetivo: El Pentágono

En febrero de 1998, tuvo lugar el “el ataque más organizado jamás sufrido por El Pentágono”. Así lo calificó el entonces secretario de Defensa adjunto, John Hamre, que durante las dos últimas semanas había visto cómo criminales habían logrado penetrar en los ordenadores del edificio central de los cuerpos de seguridad del país. Los expertos no descartaron que, detrás de los hechos, se escondía una especie de juego entre amantes de la informática. “Hay piratas que disfrutan sólo con el hecho de romper las barreras que protegen las redes” señaló Harmre. Al margen de las consecuencias delictivas, el episodio sirvió para que los responsables militares acelerasen los trabajos de protección de sus archivos. Sin embargo, esto no era algo que les pillase desprevenidos. Desde el mismo año que se estrenó la cinta de Bullock, funcionarios estadounidenses se reúnen habitualmente para imaginar y diseñar situaciones de posible guerra cibernética y calibrar una reacción adecuada.

‘Brain’, el origen

Uno de los primeros códigos maliciosos de la historia fue Brain, un virus creado por dos hermanos paquistaníes en 1986 y cuyo propósito era castigar a los usuarios de ordenadores IBM que instalaban una copia falsa de un software desarrollado por ellos. No obstante, sus consecuencias eran leves y el programa incluía el contacto de sus autores para que los afectados pudieran contactarles y solicitar una cura. Éste fue solo el comienzo, pues después llegaron los algoritmos que borraban datos o inutilizaban sistemas. Lo que, en los 90, dio lugar a los primeros gusanos y troyanos. Y así hasta que, en 1995, tuvo lugar el primer boom: WM/Concept lideró los ataques cibernéticos durante varios años gracias a su capacidad para infectar documentos de Word, al alcance de la mayoría de los usuarios.

‘El Cóndor’

Kevin Mitnick fue uno de los pesos pesados del cibercrimen en la década de los 90. Este hacker estadounidense apodado El Cóndor se convirtió en “el criminal informático más buscado de la historia” por Estados Unidos. Entre sus proezas, por ejemplo, se encuentra haber accedido a las entrañas de compañías como Nokia y Motorola. Aunque la cosa no quedó ahí. Finalmente, fue arrestado y condenado a cinco años de cárcel tras un lento proceso judicial. Tras salir de prisión, se dedicó a escribir libros y a dar conferencias por todo el mundo. Además, trabaja como consultor para varias compañías, da charlas de ciberseguridad en foros académicos y dirige su propia empresa de consultoría de seguridad.