Día 1 de restricciones: ¿Dónde están los límites?

En Carabanchel, los bares sin clientes, los comercios se vacían y la Policía Municipal ejerce de guía turística para ver dónde están los límites de las zonas confinadas

Imagen del restaurante Gabri en Carabanchel
Imagen del restaurante Gabri en CarabanchelAlberto R. RoldánLa Razón

Turbulencia de emociones. Así fue el primer día de restricciones en una de las zonas, Vistalegre, que ayer no hizo honor a su nombre por el gesto, entre despistado, desconfiado y triste de sus vecinos. Con la mascarilla pertinente y con la mirada como puerta franca a lo que sentían, al confinamiento de no poder salir del barrio se unía la impotencia física y también la impresión de que existía una valla psicológica que ni siquiera sabían dónde estaba. De ahí el azoramiento de muchos, sobre todo de las personas mayores. La única salida, más o menos factible, era el Metro, como si fuese un túnel que se había escarbado sin este fin pero que sí ofrecía una salida, aunque los testimonios eran contradictorios. Un hombre de mediana edad dice que había ido y venido de Manuel Becerra sin que ni la Policía ni los vigilantes de seguridad le hubiesen puesto ni un pero. A los pocos segundos, una mujer afirma que sí: que le habían pedido el salvoconducto correspondiente.

Un jubilado, con la oreja puesta, esperaba que estos periodistas fuésemos su oráculo para saber hasta dónde debía andar y echar dos pasos más atrás porque se salía de lo permitido.

Los comercios, que ya estaban de capa caída, temen que lo próximo sea despedida y cierre. Juanjo, el encargado de la Ferretería Enol, es optimista pero si el viernes pasado las personas se arracimaban en la entrada y cogían un número, como en el mercado, ayer la afluencia era menor. Este establecimiento es una referencia en Madrid. Los que vivimos por aquí ya estamos habituados a la doble fila delante del local y, tras la pandemia, a sortear a sus clientes. El paisaje no era el mismo ayer. «No ha cambiado mucho, la gente sigue entrando y se toma más en serio las medidas. Es posible que hoy haya bajado porque nos han llamado personas de otras zonas de Madrid para preguntarnos si puede venir y les hemos dicho que solo los profesionales, los particulares, no», comenta. Ya está barruntando alternativas para los que no se puedan acercar. «Intentaremos hacer repartos con nuestra furgoneta», comenta.

El dueño del bar y del restaurante Gabri no puede ser más tajante. Su mascarilla no tiene filtro, pero la expresión de sus ojos sí: una cosa es estar cabreado; otra, muy cabreado y la siguiente es como está él, para la que el diccionario aún no ha inventado una palabra que encaje. Abrió a las ocho de la mañana, para los desayunos y a la una de la tarde: «Solo he servido tres cafés». Este local, especializado en comida rumana y búlgara, ha visto en cuestión de horas como su clientela, principalmente de estos países, además de los viandantes del barrio, ha desertado. No por voluntad propia sino porque viven en otros barrios en los que no hay restricciones a pesar de que les han vetado esta zona. «No sé lo que vamos a hacer. Esperaremos dos o tres días y si esto sigue así, cerramos quince», comenta.

Unas calles tan populosas como Oca y Laguna –hace unos meses había que pasar por ella como si se fuese un jugador de rugby americano, medio codazo va y viene–está desconocida: como mucho cuatro o cinco personas en tramos de cincuenta y cien metros. Alguien pensaría que es un privilegio, los comerciantes no. Una frutería en la que había que hacer cola antes de entrar ayer era un páramo con naranjas, limones, fresas, peras y verduras en busca de un hogar. «Ahora es más complicado que con la pandemia. Durante los primeros días la tienda estaba llena, aunque ahora son más resabiados. Están más irascibles e incluso se riñen entre ellos porque alguno no lleva guantes y toca la fruta. Hoy la bajada de facturación será del 70 por ciento, por la tarde no va a venir nadie. Éramos siete personas, ahora somos cinco e incluso sobran tres», explica el encargado.

La presencia policial por ahora hacen más labor de guías turísticos que de fuerzas del orden. Los ciudadanos se acercan para saber en qué calles se pueden mover y las que están proscritas, donde empieza y termina el destierro. Continuará...