Garrido salva, al filo, la tarde de los toros con estrella

El extremeño corta una sola oreja a una buena corrida de El Pilar en Sevilla

El diestro José Garrido saluda durante la décima corrida de abono celebrada hoy en la plaza de toros de la Maestranza de Sevilla.
El diestro José Garrido saluda durante la décima corrida de abono celebrada hoy en la plaza de toros de la Maestranza de Sevilla.

El extremeño corta una sola oreja a una buena corrida de El Pilar en Sevilla

Real Maestranza de Sevilla. Décima de abono. Toros de El Pilar, correctos de presentación. El 1º, de buen juego, repetidor y franco; el 2º, bravo y bueno; el 3º, bueno; el 4º, sobrero, noble y punto soso; el 5º, sobrero, mansito, repetidor y bueno; y el 6º, exigente y derrotón pero repetidor. Menos de media entrada. Juan Bautista, de carmín y azabache, media, dos descabellos (silencio); pinchazo, estocada corta (silencio). López Simón, de berenjena y oro, pinchazo, estocada corta (silencio); media estocada, descabello (silencio). José Garrido, de hueso y oro, estocada desprendida y trasera, aviso (vuelta al ruedo); estocada (oreja).

Era, fue, la tarde del impasse. La de la feria. Miércoles de farolillos. Menos de media entrada en los tendidos. Seis toros seis de El Pilar. Gloria bendita. O no. Se acabarían convirtiendo en ocho. “Sospechor” llegaba el tercero. Casi para llegar al ecuador del espectáculo. De haberlo. Espectáculo hubo, fue. Desde el principio. Desde que “Potrero” pisó el ruedo, toro altón, marca de la casa, vareado y justo por delante, largo de cuello y con buen uso del mismo. Fue buen toro. Repetidor, franco, noble, buen aperitivo para empezar una tarde. Y eso que le tuvimos que esperar. Con las fuerzas justas, contenidas, en entredicho, sacó el toro la casta, el fondo, para aguantar la faena y hacernos olvidar cómo había comenzado aquello. Lo que viene siendo bravura. Sin estructura, con rapidez y a tirones fue la faena de Juan Bautista, su matador, que no acabó de despegar. La labor al cuarto, sobrero también de la ganadería de El Pilar resultó tan políticamente correcta que no escuchamos un olé ni en modo susurro. Nobleza, punto sosería y calidad a raudales tuvo el toro; corrección la faena, malditas cuentas cuando hablamos del arte de torear. Olvídense de emociones.

Alberto López Simón pechó con “Mirabajo” y cumplió la norma del nombre. Amén. Noble, franco y repetidor el toro. Pero bravo, rebosaba la faena, quería un tranco más de donde le dejaban ir. Apretó en el caballo y en la muleta con fijeza y transmisión. La voluntad de Simón encontró tope en la falta de temple y armonía en los embroques hasta pasar con discreción. Mansito pero repetidor fue el quinto, también sobrero, ligero el palco con el pañuelo verde. Silencio escuchó López Simón tras el trasteo tan animoso como insípido. Larga se hacía la tarde ya. Y tediosa.

Con “Sospechor” nos ilusionamos, también, porque metió la cara, repitió y galopaba detrás de los vuelos de la muleta queriendo ir un metro más allá de donde acababa el muletazo. Bravura. A José Garrido se le pidió una oreja después de darle muerte de una estocada al primer encuentro, trasera y punto desprendida. Fue reunida la labor y con una tanda de naturales, muy con los vuelos y llevando al toro por debajo de la pala del pitón en la que se abrieron las puertas del cielo. Sólo faltaba una luz de neón para alumbrar el camino. Después regresó a la diestra, dejó buenos momentos, ninguno tan rotundo. Quiso rajarse el sexto, que tuvo peor clase desde los albores. Protestón de mitad del muletazo para adelante, con sus desafíos, pero con codicia en al muleta, era el de El Pilar para zafarse y lo hizo Garrido. Su garra salvó, al filo, al límite, una tarde tan infinita como ausente. No era el día para los toros con estrella. Y los hubo. De El Pilar. Ahí quedan todas las señas.