Toros

Toreo inmortal en memoria de Víctor Barrio

Descomunal faena de Talavante y magia pura de Morante en el homenaje al torero fallecido en Teruel

Los diestros José Mari Manzanares, Julián López "El Juli", Morante de la Puebla, Alejandro Talavante, José Tomás, y Juan José Padilla, abandonan la plaza juntos tras el festejo taurino de homenaje a Víctor Barrio celebrado esta tarde en Valladolid.
Los diestros José Mari Manzanares, Julián López "El Juli", Morante de la Puebla, Alejandro Talavante, José Tomás, y Juan José Padilla, abandonan la plaza juntos tras el festejo taurino de homenaje a Víctor Barrio celebrado esta tarde en Valladolid.

Descomunal faena de Talavante y magia pura de Morante en el homenaje al torero fallecido en Teruel

Valladolid. Corrida benéfica homenaje a Víctor Barrio. Se lidiaron toros por este orden, Juan Pedro Domecq, Joaquín Núñez, Zalduendo, Domingo Hernández, Victoriano del Río y de Joaquín Núñez, muy desiguales de presentación. El 1, noble y manejable; el 2º, noble y con las revoluciones justas; el 3º, noble y embiste al paso; el 4º, bravo y extraordinario, premiado con la vuelta al ruedo; el 5º, violento e incierto; y el 6º, de buen juego y premiado con la vuelta al ruedo. Lleno de no hay billetes.

Juan José Padilla, de grana y oro, estocada caída y trasera (oreja).

José Tomás, de grana y oro, estocada trasera y desprendida, descabello (oreja).

Morante de la Puebla, de negro y oro, estocada corta (dos orejas).

Julián López «El Juli», de azul y azabache, estocada punto trasera y desprendida (dos orejas).

José María Manzanares, de negro y azabache, estocada corta (saludos)

Alejandro Talavante, de verde hoja y oro, estocada (dos orejas y rabo)

Era el día, la hora, el minuto, el instante, aquella ansiada brisa que no llegaba ante el sopor de este verano que no abandona, aquel segundo en el que todos estaban y ninguno queríamos estar. Era, fue, el momento de la memoria atroz, el homenaje al torero caído. Herido y deshecho ya en el mismo momento en el que "Lorenzo"le metió el pitón para partirle el corazón a Víctor Barrio. Un corazón torero de 29 años que quedó sobre la arena de Teruel aquella demoledora tarde del 9 de julio, tormento para la desmemoria. Llegó la hora del tributo. Interminables las colas para entrar a la plaza, colapsados los aledaños y Valladolid. Repleto el coso y ¿cuántos se hubieran llenado? Se reunían las figuras y al calor de ellas, la afición. Sensaciones contradictorias. Un querer y no querer. Melancolía. Los vacíos irreparables. La soledad. La familia. Raquel, su mujer, en una contrabarrera, justo encima de la Infanta Elena, que acudió con su hija, y arropada por la hermana del torero y los padres, cuánto sufrimiento junto. Y qué manera de soportarlo, como ya lo demostrara Esther, la madre, aquella mañana en la que enterró a su hijo. Pocas sacan esa fuerza, esa frialdad y ese amor profundo e íntegro al toro. A Raquel fueron a parar los primeros brindis de la tarde. El de Padilla y José Tomás. Morante, que actuó en tercer lugar, se tomó su tiempo, de espaldas al reloj, a las normas, a los tiempos ajenos, acondicionó el ruedo para él, regándolo, a su gusto, a placer. Esta vez dirigiéndolo y no manguera en mano como hace años en Alicante. Mereció la pena la espera, aunque todavía no lo sabíamos. Morante, en apenas esos diez minutos que dura una faena, profanó el dolor para envolvernos de nuevo en la magia de la tauromaquia, en entregarnos el sentido para volver a volver. Lo logró desde que se abrió de capa durmiéndose a la verónica, como sus tiempos, en La Puebla los segundos pasan de otra manera queda claro. Seguro. Será la marisma. Y esas muñecas de oro para mecer al toro, arrebatarse de él con una plasticidad honda, asimétrica, un engranaje nada casual pero infinito. A la verónica, la chicuelina y un quite que vino después mientras el toro se rajaba. Aguantó en la muleta, tanta nobleza para embestir al paso. Y al paso cosió José Antonio Morante un faenón. Soberbio en los estatuarios y cuando se decidió a torear a derechas, tan encajado que daba la sensación de que pesa un quintal, es otra historia. Mezcla la profundidad, la chispa y la pureza. Tiene magia Morante y tantos toreros en uno que verle es salpicar la historia y fundirla en el presente. Colosal el final de fiesta, a pies juntos y al natural. Bonita fue hasta la muerte del Zalduendo con una estocada corta en lo alto. De camino al centro del ruedo y fulminante. Cómplices uno y otro, privilegiados todos. El momentazo. Un antes y un después. El Juli brindó a mujer, padres y hermana por el dolor de la pérdida, y se las vio después con el toro de la tarde de Domingo Hernández, premiado con la vuelta al ruedo y para llevárselo a casa. Dos metros regalaba el animal en cada arrancada, entrega, repetición, bravura en definitiva que mantuvo de principio a fin. Una locura. Un sinfín. El toro. Un canto a la nobleza y la entrega. Una explosión logró el madrileño con el quite por lopecinas y los dos trofeos después en una faena compactada, pero sin llegar a la altura del animal. Hubo momentos buenos con otros más livianos y entre una cosa y la otra, y de donde veníamos, estuvo bien pero no colosal. El quinto de Victoriano del Río nos descendió a los infiernos. Lo difícil que es quedarse en el sitio cuando el toro pasa por allí o por ninguna parte. Una incógnita difícil de desvelar. Lo supo Manzanares, que le tocó el peor toro de la tarde, pero no volvió la cara. Lo defendió. Y quiso. En el día D. En el día de Víctor Barrio. A la tremenda comenzó Alejandro Talavante su faena al sexto. De rodillas, de lejos y con una arrucina de infarto. Hizo lo que le vino en gana con un alarde de valor al alcance de muy pocos, pero lo que sólo poseen unos poquísimos privilegiados es la capacidad de dar un natural de rodillas que quedará en la memoria colectiva, y directo al honor de Víctor donde quiera que esté, por los siglos de los siglos, amén. Qué barbaridad. Tres tauromaquias y media condensadas en un solo muletazo. El planeta en un natural. Fue un fogonazo que nos igualó a todos ante la inmensidad de lo que estábamos contemplando. Y ese arrebato ya no nos abandonó jamás. Relajado, pleno y relajado anduvo con la diestra, toro bueno, entregado y repetidor, se explayó al natural, todo ritmo en las muñecas, el toreo a la cadera, fácil lo difícil, improvisación, el ¡ay! y la profundidad dándose la mano a cada instante y un final de rodillas demoledor. La fuerza del toreo en estado puro. El toreo inmortal había sido el mejor homenaje a la memoria de Barrio. Y ahí estaba. Sin medida. Impresionados. Lejos nos quedaba la faena de Padilla al toro más astifino del encierro, noble y aseada la labor. O la de José Tomás a un segundo que tuvo nobleza pero escasas revoluciones. La pureza y la verdad presidieron la faena de principio a fin. Y la tarde. Ahí había muerto un torero. Y los compañeros habían venido a homenajearlo, con las cicatrices de las heridas y huérfanos con la pérdida. A pesar de los triunfos, no salieron a hombros. Todos a la vez, deshicieron el camino hacia el patio de cuadrillas, la ovación atronadora y la emoción de la que te deja tambaleando por horas. Estas cosas no pasan de ruedo para fuera. Para volver a volver. Y que nos llamen locos.