Sotos, vuelta al ruedo que sabe a repetición

El novillero mexicano Gerardo Rivera durante la lidia con el primero de los de su lote
El novillero mexicano Gerardo Rivera durante la lidia con el primero de los de su lote

Las Ventas (Madrid). Novillos de Antonio Ordóñez, Toros de la Plata (3º) y Martín Alonso (5º bis), bien presentados, destacó la nobleza del manso primero y la casta del sexto. Menos de un cuarto de entrada.

Mario Sotos, de marino y oro, estocada casi entera perpendicular (silencio); estocada contraria y perpendicular (vuelta al ruedo).

Gerardo Rivera, de turquesa y oro, estocada baja, aviso (silencio); estocada baja (vuelta al ruedo).

Ruiz Muñoz, de marino y oro, estocada atravesada (silencio); tres pinchazos, media atravesada, nueve descabellos (bronca).

Recitaba Rosalía, de Castro claro, que el calor estival no tardaba en "agostar"rosas y plantas. Y en esa estamos, agosto en vena, con su tortuoso sol que cuál hierro candente abrasa la nuca. Yunques forjados a menos temperatura. Así, en plena canícula, tres jóvenes novilleros buscaron también "agostar"en la primera plaza del mundo. Uno de ellos, el debutante Mario Sotos se hizo acreedor de que la empresa tenga su nombre en cuenta para el ciclo de encastes minoritarios de septiembre. Muy nuevo y con el lógico verdor del que torea poco -tan sólo un paseíllo en 2015-, el manchego suplió con ganas y buenos detalles su parco bagaje. Concepto con matices aprovechables como esa forma de ligar sin perder pasos, esa hierática economía de movimientos que tanto gusta en Madrid. Hubo buena composición y planta erguida, aunque le falta atacar más a las reses. Bajar más la mano y someter las embestidas humilladas. Ahí, la transmisión se multiplica. Se sucedieron las tandas en una faena de más a menos, sustentada en el pitón derecho, en la que lo despachó de estocada entera perpendicular y contraria. Afloraron los pañuelos, como esas rosas de la poetisa gallega, pero don Julio, ya saben, no se ablanda con presteza. Esta vez, con tino. La vuelta al ruedo pareció suficiente botín.

Previamente, había roto plaza un burraco amplio de sienes que manseó mucho en los primeros tercios. Abanto, salió suelto del peto en los dos puyazos y en banderillas apretó lo suyo. Más de un aprieto pasó Montoliú. Fruto de esa movilidad, aunque a su aire y sin atacarlo demasiado, en la muleta, tuvo nobleza y repetición. Sotos ligó las tandas en redondo a media altura y, de nuevo, sin perderle pasos, firme y acoplado, en un trasteo sin apreturas. Faltó, otra vez también, bajar la mano y someter más a un utrero que se dejó hacer. Certero con el acero, sus muchos partidarios en el tendido le pidieron el trofeo. Sin embargo, luego fue silenciado.

Otra vuelta al ruedo dio el mexicano Gerardo Rivera. Distinto porte. El de Apizaco, paisano del añorado Pana, estuvo bullidor y batallador desde que se abrió de capote. A portagayola en ambos, quitó por chicuelinas y saltilleras. El paseo al doble anillo llegó en el sobrero quinto, de Hermanos Martín Alonso. Iba y venía, pero sin gracia ni transmisión. Desaborio. Rivera tiró de recursos, como el inicio de hinojos o una jaleada arrucina, y se le vio más hecho que a sus compañeros, pero por el camino del efectismo siempre y aprovechando la inercia de las querencias. Por encima de su rival, el tendido le pidió la oreja. Excesiva recompensa que no atendió el presidente.

En chiqueros saludó también al zancudo y abierto de cuerna segundo. Salió con muchos pies y sin celo del caballo y en banderillas. Trató de parar su ímpetu con un inteligente comienzo por doblones, pero el animal cantó enseguida su poca clase. Manejable, se dejó, pero sin entregarse nunca y con una embestida nada clara. Descompuesto. Con oficio, el azteca dejó algún natural suelto de buen trazo. Poco más.

Si estuvo discreto en su debut en Madrid el pasado abril, ayer Ruiz Muñoz dejó una imagen todavía más pobre. Muy a contraestilo, el tercero y único utrero de Toros de la Plata -procedencia Torrestrella- le hizo pasar un mal trago al dinástico. Al contrario que sus hermanos, esperó y midió antes del viaje. Se acostó siempre por el derecho, muy metido por dentro, pareció algo más potable por el izquierdo. Ruiz Muñoz, desconfiado, pasó el trámite y tras varias probaturas por ambos pitones, sin cargar la suerte, tiró por la calle de en medio.

Ni eso en el encastado sexto. La casta desembocó en genio, toro de apuesta, de lanzar la moneda al aire, pero el sobrino nieto de Curro no está para este tipo de envites. Más bien... Para replantearse todo. Ni un pase le pegó. Dos probaturas, un desarme y a por la tizona. No sabía por dónde meterle mano al novillo. Desbordado como hacía mucho no se veía a nadie en este ruedo y con un adversario que tampoco es que fuera una alimaña. Presa del pánico. Atenazado hasta terminar con un sainete esperpéntico con la espada. Bronca gorda y muchas almohadillas. Oscuro tránsito hacia quién sabe dónde.