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«Better Things»: momentos estelares en temporada baja

Un entrañable autorretrato de la cómica Pamela Adlon, una mujer madura y divorciada que vive entregada a la educación de sus tres hijas.

Un entrañable autorretrato de la cómica Pamela Adlon, una mujer madura y divorciada que vive entregada a la educación de sus tres hijas.

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En la realidad, Pamela Adlon tiene tres hijas a su cargo, y vive separada del que fuera su marido, Felix O. Adlon, hijo del realizador Percy Adlon. En la ficción de «Better Things», la serie que escribe, produce y protagoniza bajo la piel de su alter ego, Sam Fox, la cómica también reside con sus tres hijas, alejada de su ex, que aparece, de vez en cuando, como un auténtico impresentable. Pero ese no es el único cruce entre realidad y ficción que ofrece esta comedia dramática pseudoautobiográfica: Adlon creó «Better Things» junto a Louis C.K., considerado como el rey de la comedia hasta que se le cayó la corona a causa de uno de los más sonados escándalos de la era MeToo: admitió que se había masturbado sucesivas veces ante sendas mujeres, que no le habían pedido tal regalo para la vista, y el penoso asunto salió a la luz justo después de emitirse la segunda temporada de «Better Things». Adlon, que había colaborado con él a lo largo de una década –primero en la serie «Lucky Louie», donde daba vida a su mujer, y luego en la aclamada «Louie», por la que fue cuatro veces nominada al Emmy–, decidió cortar por lo sano y seguir con «Better Things» en solitario.

Louis C.K. ha quedado como un exhibicionista impresentable, pero se le sigue recordando como uno de los mayores humoristas americanos. «Better Things», de hecho, siempre se vio como la hermana pequeña de «Louie». Era de esperar que la crítica afilara sus cuchillos, ansiosa por comprobar si la salida de C.K. de la serie de Adlon había torpedeado el nivel de calidad. La respuesta es que no. En absoluto.

Feminismo y escatología

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«Better Things» es una serie de cocción lenta que busca más la media sonrisa que la carcajada a través de un humor basado en la extraña combinación de feminismo y escatología. En su primera temporada, Sam (Adlon) se quejaba de que la menopausia no llegaba a tiempo para librarla de menstruaciones tan abundantes como dolorosas. Pero 32 capítulos después, acaba soplando las velas de su 50 cumpleaños con cierto abatimiento, como si se resignara a la llegada de ese momento en el que su vida no sirve para nada más que contemplar cómo crecen las niñas. Y, después de todo, eso no es poca cosa. Está sola. Y rodeada de problemas a los que no quiere poner nombre. No quiere admitir que su madre es un peligro, y no sabe muy bien cómo arreglárselas con los hombres, porque quizá les ha cogido manía. Pero siempre está ahí, con una paciencia de acero, y riéndose de su cuerpo menudo que ya no entra en la mitad de su vestuario.

Ordenada como una colección de momentos estelares, «Better things» hace bueno aquel tópico que tanto circuló tras la eclosión de la Edad de Oro de la ficción televisiva moderna, durante la pasada década, y que decía que el éxito de las series radica en su capacidad para brindarnos el espacio necesario para quedarnos a vivir con los personajes o, dicho de otra manera, el tiempo suficiente para aprender a quererlos. Y con «Better Things» Adlon logra precisamente eso, a través de momentos aparentemente nada extraordinarios pero que se quedan a vivir en nuestro interior, y hasta resultan epifánicos.

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