«Fleabag»: No hay forma más elegante de decir adiós

En su temporada final, la serie creada por Phoebe Waller-Bridge se ha confirmado como una obra imprescindible

En su temporada final, la serie creada por Phoebe Waller-Bridge se ha confirmado como una obra imprescindible.

Es probable que usted ya conozca a «Fleabag». Que sepa de su habilidad para hacer humor negro mientras se ahoga en el dolor y la soledad, y torpedea su vida cediendo a sus impulsos más autodestructivos. Que conozca su hábito de romper la cuarta pared –de forma más frecuente y efectiva que nadie en la historia reciente de la televisión–, para compartir con nosotros sus pensamientos sobre asuntos como la familia, el feminismo y la sodomía. Si usted no conoce todo eso, debería. «Fleabag» es, en sus propias palabras, «una mujer codiciosa, pervertida, egoísta, apática, cínica, depravada y moralmente fallida». También es totalmente encantadora.

Y la segunda y última temporada de la serie que protagoniza es tan hilarante, tan profunda, tan llena de mala leche y a la vez de ternura y, en general, tan satisfactoria que resulta casi milagrosa. Después de todo, ni siquiera estaba previsto que existiera. «Fleabag» fue concebida por Phoebe Waller-Bridge –su guionista, directora, protagonista y autora total– como un relato de seis únicos episodios; y a lo largo de ellos la antiheroína titular se abrió en canal de forma tan completa, rompiendo todas y cada una de sus defensas emocionales, que era casi sádico esperar más de ella. Y pese a ello, decimos, en su segunda mitad la serie la da todo: lágrimas, violencia, escenas de sexo, chistes de pedos, diálogos llenos de ingenio, traumas, cobayas y hámsteres, flashbacks y personajes perfectamente modulados. Y, mientras lo hace, saca el máximo partido de cada escena y cada plano, a menudo para pasar del «slapstick» a la tragedia o de la tragedia al «slapstick» en apenas unos segundos.

Al final de la primera temporada, en efecto, «Fleabag» había tocado fondo. Acababa de quemar puentes con su padre, su hermana y su novio, y se había visto enfrentada a reflexionar sobre su propio papel en el suicidio de su mejor amiga. Ambientada poco más de un año después, la segunda sitúa al personaje en un lugar marginalmente mejor. Ya no se acuesta con todo lo que se menea, y su pequeña cafetería por fin tiene clientes. Por lo demás, eso sí, sigue empeñada en tomar una decisión equivocada tras otra.

La más importante de ellas, sin duda, es encapricharse de un sacerdote. Al principio simplemente parece darle morbo la idea de formar parte de un triángulo amoroso con el Todopoderoso, pero no tarda en comprender que lo que siente por aquel cura es algo serio; que ella, una mujer sexualmente voraz y alegremente nihilista, no puede dejar de pensar en un hombre testarudamente célibe y convencido de que Dios tiene un plan para todos nosotros. ¿Cómo no va a poner eso su mundo patas arriba? Y en paralelo Fleabag transita a través de una segunda historia de amor, la que comparte con su hermana Claire. Son dos mujeres tan distintas y a la vez tan unidas entre sí que la gama de registros emocionales que marcan su relación es inagotable.

A medida que la temporada y la serie avanzan hacia su resolución, en todo caso, las relaciones de Fleabag con otras personas demuestran ser secundarias respecto a su problemática relación consigo misma. Y en sus últimas escenas con nosotros la joven parece convencida de que, sí, que puede sobrevivir. Pero para conseguirlo necesita decirnos adiós para siempre. Porque su interacción con el espectador requiere drama y disfunción; y porque para que su vida sea más feliz y estable tiene que transcurrir de espaldas a nosotros.