Un enigma que se niega a sí mismo

Nueva adaptación de la novela «El misterio de Hanging Rock», la serie que hoy llega a Cosmo se empeña en dar respuesta a preguntas que no la necesitan.

La actriz Natalie Dormer da vida a Mrs. Appleyard
La actriz Natalie Dormer da vida a Mrs. Appleyard

Nueva adaptación de la novela «El misterio de Hanging Rock», la serie que hoy llega a Cosmo se empeña en dar respuesta a preguntas que no la necesitan.

Lo que hace de «Picnic en Hanging Rock» (1975) una obra maestra es, en buena medida, su impenetrabilidad. Relato sobre tres muchachas de un internado que en 1900 desaparecen junto a una de sus maestras en una excursión al enclave del título –un laberinto de gigantes obeliscos de piedra y escarpados intersticios en el bosque australiano, considerado como sagrado por los aborígenes–, es un misterio cuyas potenciales respuestas permanecen a expensas de nuestra interpretación, ocultas por una atmósfera embriagadora e inquietante de pasión, represión y liberación sexuales.

Peter Weir, director de la cinta, necesitó poco menos de dos horas para adaptar la novela original de Joan Lindsay, que apenas sumaba 212 páginas. Hablamos, pues, de dimensiones definitivamente modestas si se comparan con las cinco horas largas –repartidas en seis episodios– que suma la miniserie que esta noche estrena Cosmo, y que en su esfuerzo por ofrecer mucho más acaba aportando bastante menos.

Contada por Weir, la historia transcurría literalmente detrás de velos blancos. El director australiano convertía a los espectadores en «voyeurs», haciéndonos contemplar a las chicas y asomándonos a sus juegos privados pero al mismo tiempo impidiéndonos conocerlas. Es una película meramente sugerida, como un tobillo desnudo que se entrevé bajo una larga falda, y eso hace que la experiencia de verla sea especialmente extraña, y seductora, y perturbadora, y surreal. Ahora, «El misterio de Hanging Rock» ha preferido levantarse las enaguas hasta las rodillas.

Y eso es así a varios niveles. De entrada, poco rastro queda de la elegancia etérea y titilante de la primera adaptación; la segunda es terror gótico lleno de colores estridentes y brillos y contrastes elevados al cuadrado. Una falta similar de recato se evidencia en el empeño de la serie por demostrar en todo momento qué rara y turbadora es, lo que acaba jugando en su contra: cuando algo realmente impactante o aterrador sucede en ella, apenas tiene efecto dramático: es solo otro momento extraño rodeado de muchos momentos extraños.

Asimismo, intenta llenar los huecos narrativos –los antecedentes de los personajes, sus motivaciones psicológicas– deliberadamente abiertos por la novela y la película que la inspiran. Curiosamente, cuantas más pistas –muchas falsas– se nos dan acerca de las chicas desaparecidas, menos nos implicamos en su historia. El retrato que se nos hace de ellas es a la vez demasiado incompleto como para dotarlas de carne y de hueso y demasiado detallado como para rodearlas de incógnitas.

Producto «MeToo»

Por lo que respecta al resto de personajes, la serie pasa un considerable metraje desarrollándolos a pesar de que la mayoría no parecen merecer tantas atenciones. La excepción en ese sentido es la directora del internado, Mrs. Appleyard, a la que Natalie Dormer («Juego de Tronos») convierte en una presencia enigmática, amenazante y a ratos feroz. Pero la juventud de la actriz hace que uno de los subtextos más poderosos del relato original, el choque entre una feminidad menopáusica y otra floreciente, se pierda por completo.

El problema de la nueva serie es que quiere ser varias cosas y acaba no logrando ser ninguna; pretende presentarnos un mundo onírico e inescrutable y a la vez proveernos de un misterio que resolver. ¿Fueron las chicas víctimas de la violencia masculina, o por el contrario desaparecieron para liberarse de los abusos sistémicos de los hombres? Dicho de otro modo: en su empeño por consonar con el «zeitgest» y funcionar como producto del «MeToo», «El misterio de Hanging Rock» niega a sus protagonistas esa condición enigmática que les fue asignada al nacer y que les da su razón misma de ser.

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