«Vergüenza»: Qué asco de gente

«Vergüenza» acaba de estrenar su segunda temporada en Movistar +, compuesta por seis episodios y un especial navideño que verá la luz el 24 de diciembre.

«Vergüenza» acaba de estrenar su segunda temporada en Movistar +, compuesta por seis episodios y un especial navideño que verá la luz el 24 de diciembre.

La vergüenza de la que habla «Vergüenza» es de dos tipos. Por un lado, es la que le falta a su protagonista, Jesús (Javier Gutiérrez), un hombre mentiroso, egoísta, arrogante, envidioso, bocazas, pretencioso, manipulador, fanfarrón y caradura; el tipo de sujeto que siempre está convencido de tener la razón y por tanto se concede el lujo de decir lo más inapropiado en el peor momento posible y meter la pata aún más cuando trata de matizar sus palabras; un pollo que permanece en la más absoluta inopia sobre la pésima imagen que causa en los demás. Por otro lado, está el bochorno que su comportamiento y el de su mujer, Nuria (Malena Alerio), provocan tanto a familiares y amigos como a nosotros mientras los contemplamos. Estamos ante una serie diseñada para ser vista a menudo con la cara escondida detrás del cojín.

Sus creadores, recordemos, son Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero. Cavestany aporta el talento único para extraer comedia negra de las miserias humanas que ya demostró en largometrajes como «Gente de mala calidad» (2008) y «Gente en sitios» (2013); Fernández Armero, el costumbrismo verboso del que en su día dotó comedias como «Todo es mentira» (1994) o «Nada en la nevera» (1998). En el proceso dan muestras de puntería escenificando humillaciones y patetismo propios de Ricky Gervais o Larry David.

De forma casi inevitable, las segundas temporadas plantean una dificultad básica; es necesario mantener fidelidad a los personajes y los conflictos entre ellos planteados en episodios previos, pero al mismo tiempo hay que ofrecer algo nuevo. Para lograr ese equilibrio, «Vergüenza» introduce cambios importantes en la vida de Jesús y Nuria. Han pasado nueve meses, y Jesús ya no se dedica a hacer reportajes gráficos de bodas sino que aplica sus ínfulas artísticas a las fotos de platos combinados que hace para bares grasientos. Como ya se nos hizo saber al final de la primera temporada, además, ahora la pareja encima tiene dos hijos. Uno es adoptado, y negro, y padece de gigantismo. Lo tiene todo muy grande. En cualquier caso, los directores utilizan la llegada de los niños para explorar no tanto los placeres y dolores derivados de la paternidad como la relación que la pareja entabla con otros padres. Por un lado están Guillermo y Andrea, que son asquerosamente perfectos y constantemente hacen que Jesús y Nuria se pongan en ridículo mientras intentan estar a su altura; por otro están Ramón y Vanesa, que en realidad se manejan de forma igual de cutre que los protagonistas pero que al menos no tratan de aparentar lo que no son.

Nuevas tramas

La ampliación del elenco hace que en esta nueva tanda de episodios las responsabilidades cómicas se encuentren más repartidas. De hecho, algunos de sus momentos más embarazosos están protagonizados por Óscar (Vito Sanz), enfrascado en el rodaje de un remake de «El graduado». En esta entrega la serie da más importancia a la historia y menos al «gag», y en su búsqueda de nuestra risa nerviosa apuesta más por el enredo que por el sadismo. Lo que no cambia es la tendencia de Cavestany y Fernández Armero a adentrar puntualmente su retrato de Jesús en el terreno de la caricatura, que por momentos a punto está de impedir que la serie cumpla su demoledor objetivo: colocarnos al borde del abismo, haciendo que nos riamos de los defectos y meteduras de pata ajenos con el fin de convencernos a nosotros mismos de que, aunque somos un desastre, los demás lo son todavía más.