Objetivo Mongolia: Bagtyyar

Cinco amigos que se hacen llamar «Chavalería Ligera» forman un equipo de aventureros que comenzaron el 17 de julio el mayor reto de sus vidas recorriendo gran parte del mundo a lomos de «Merche», la furgoneta que conducirán desde Madrid hasta Ulán Bator

Los cinco amigos embarcados en este curioso viaje
Los cinco amigos embarcados en este curioso viaje

-Diesel, please – dice Rafa -. Full deposit. El gasolinero turcomano sonríe alegremente. Mil arrugas de bondad se marcan alrededor de sus ojos cuando asiente. Saca la manguera, acercándola lentamente a nuestra Merche.

-¿Diésel? – pregunto desconfiado.

-Da, da – contesta el gasolinero.

-¿Diesel, sure? – vuelve a preguntar Gari.

-Da.

Sigue sonriendo. No todos los días aparecen en su gasolinera cinco españoles conduciendo una furgoneta desde Madrid. Yo voy a pagar y el resto del equipo deambula por los alrededores, Pacho duerme en el maletero. El proceso de repostar no se diferencia a ningún otro que hayamos vivido, si excluimos la cordillera de Kopet Dag elevándose como una gigantesca muralla parda separándonos de Irán y cada recoveco que alcanzamos a mirar, tan diferente a cualquier otro lugar. Las casas son todas blancas con tejados de un verde chillón, las puertas hermosamente grabadas con flores y formas de colores, y los pocos viandantes pasan por delante mirándonos sin ocultar su curiosidad. El pueblo está casi vacío, hace mucho calor.

El amable gasolinero cierra la tapa, palmea orgulloso a la Merche y nos observa partir. Me toca conducir a mí. Pongo Pastillas de freno a tope, me motivo y meto segunda, luego tercera. Trescientos metros después, la Merche jadea, borbotea, traquetea y se para. Muerte clínica, destino final: el gasolinero turcomano la ha envenenado y en vez de diésel ha puesto gasolina. Entonces alcanzamos la cumbre de esta semana, la más complicada en nuestro viaje.

Retrocedamos hasta el viernes pasado, cuando salimos de casa del general Alexander, muy contentos y dispuestos a coger el ferry que nos llevaría al otro lado del Caspio. Entramos en el puerto y cruzamos la línea del no retorno, porque una vez dentro no podíamos salir más que en una dirección: hacia el este, planeando sobre las aguas. Pero no cogimos el ferry ese día, tampoco al siguiente; tuvimos que esperar dos interminables días en el parking del puerto de Bakú, durmiendo en la Merche, sucios y agotados, hasta embarcar definitivamente.

La primera noche en el aparcamiento del puerto pasó rápido. Haciendo piña con egipcios, austriacos y holandeses, bebiendo a escondidas una botella de whisky que Álex logró colar pese a las prohibiciones de la policía portuaria, aguantamos hasta horas de madrugada con la moral alta. Intercambiamos historias del camino, preguntamos los unos a los otros sobre nuestros hogares y pasábamos la botella de morro a morro para calentar los ánimos. El segundo día en puerto, comiendo esa carne seca con arroz seco que servía un pequeño puesto, hubo roces y rencillas en el equipo. Teníamos calor, el agua nos sabía al plástico de las botellas. A nuestra espalda se definía el desierto y atados a él, bombas de varilla drenando más y más petróleo, hasta que la tierra no pueda vomitar más. El sol subió y parecía que nunca más fuese a bajar. ¡Ya estábamos en el puerto y habíamos llegado tan lejos con la vieja Merche...! Estábamos en el puerto esperando un barco que nunca sabíamos cuándo iba a llegar. ¡Tan cerca el Caspio y próximo Turkmenistán! Casi podíamos acariciarlo con las yemas de los dedos, únicamente nos detenía el entrecejo fruncido de los guardias prohibiéndonos avanzar.

En ocasiones se pasaba la voz de que había billetes en venta y un nuevo barco había arribado a puerto. Nos lanzábamos a las taquillas como bestias, olvidando nuestra reciente amistad, tropezando con las chanclas y pugnando por hacernos entender con los vendedores, que apenas hablaban ruso y dos palabras de inglés. Contestaban indolentes que no quedaban huecos en el barco, o que los billetes costarían ahora doscientos dólares más, o simplemente informaban de que ya no habría barcos hasta mañana. Entonces volvíamos todos al asfalto en triste peregrinaje, cabizbajos, buscando una brizna de sombra a la que poder aferrarnos.

Fue la tercera noche cuando encontramos un barco al que subir. Compramos los billetes por una cantidad escandalosa de dólares (gracias a nuestros patrocinadores), decidimos no darle demasiadas vueltas, recogimos las sillas y botellas de agua vacías, hicimos tres horas de cola y subimos al Bagtyyar.

Cuando viajas de verdad, en uno de esos viajes que no sabes dónde dormirás mañana, ni qué verán tus ojos hoy, ni quién te encontrarás, cada techo durante la noche se convierte en hogar. Cae el sol y sube la luna, entonces oteas como el carroñero hambriento un lugar donde reposar tu agotado cuerpo. A poder ser, debe contar con agua y comida. Olfateas, rastreas, haces todo lo posible por convertir ese suelo, sucio y carcomido por la sal, en un lugar donde poder soñar. Y ya asentado, a falta de decoración o velas de coco para corregir el mal olor, pones buena cara y te convences a ti mismo de que es realmente tu hogar. Puedes incluso alcanzar a disfrutarlo.

El suelo entre los asientos del Bagtyyar fue nuestro hogar durante tres noches más, dos de ellas anclados en alta mar. El tiempo real en cruzar el Caspio de lado a lado dura trece horas, pero son pocos los que tienen la suerte de cumplir estos tiempos. Las más hay un temporal, el capitán manda echar anclas y toca esperar. Nosotros pasamos siete horas esperando a zarpar, cuarenta y ocho anclados, trece navegando y cuatro más hasta desembarcar. No profundizaré en los detalles de esta espera, tan desesperantemente larga, porque para entonces nada importaba demasiado. Ya habíamos entendido que éste era nuestro precio a pagar para cruzar el ecuador del viaje, como si el tiempo se hubiese detenido, reajustándose a nosotros o reajustándonos a él, avisando de que lo más tortuoso en nuestro camino aún está por llegar.

Pasamos muchas horas en cubierta. Sin necesidad de hablar, observamos rugir la furia del mar, rodeados por plataformas petrolíferas y cargueros con el ancla también echada. El mundo estaba inmóvil, solo el mar significaba movimiento; el cielo estaba tintado por un gris claro, solo el mar tenía nubes de espuma. A falta de ninguna autoridad real en el barco (jamás vimos al capitán), el camarero del bar era la figura más poderosa: él elegía a quién servía de comer, cuánto y a qué precio. A mí, por ejemplo, me cobró unas patatas fritas por 15 manat a la una de la tarde y por 25 a las seis, simplemente porque estaba de peor humor.

Pasa un día y otro, luego otro, y finalmente alcanzamos a divisar el puerto de Turkmembashi. Se trata de un enorme conglomerado de edificios completamente blancos, recién hecho, que por la noche iluminan con nervios de luces para no dejari espacio a la imaginación. Semejante a las entradas de las ciudades antiguas, este monstruoso puerto es un aviso: una vez pongas tu primer pie en suelo turcomano, estarás en su poder. Teme, extranjero, a nuestro creciente poder. En este puerto tuvimos que esperar doce horas más a que la Merche consiguiera pasar los controles aduaneros (es una furgoneta bonachona y amable que hasta ahora solo había arrancado sonrisas en las demás fronteras). Doce horas en aquél edificio, sin recibir más que gritos de los guardias cuando intentábamos salir a tomar algo de aire. Y yo miraba a mi alrededor en aquél edificio blanco, tan brillante y lustroso por dentro, buscando un café o cualquier pedazo de comida para llevarme a la boca sin encontrarlo. Era una blanca cáscara de huevo completamente vacía. Entonces entendí el problema: tenían miedo, un miedo atroz. Miedo a lo desconocido, lo externo. Miedo del castigo si no seguían los pesados trámites burocráticos que su dueño les había impuesto. Miedo, en definitiva, de sí mismos. Turkmenistán es el cuarto país a la cola en derechos democráticos.

El resto es historia: conseguimos salir impunes del temeroso control, nos lanzamos al desierto y poco después, la Merche sufrió su primer envenenamiento. Tuvimos suerte por encontrar a Rustam (dedicaría párrafos enteros a él) y que la curara tras cinco horas operando, bendito hombre que nos ofreció su casa y comida esta noche pasada, antes de retomar el camino en dirección al legendario Pozo de Darvaza. Porque los turcomanos no son blancos ni lustrosos; son limpios, bondadosos, hacen honor a su legendaria fama de hospitalarios. Ellos son los que hacen de sus preciosos paisajes un lugar que merece visitarse. Hoy llegaremos al Pozo, si el tiempo osa permitírnoslo. Entonces, ya sí, esta noche cenaremos en el infierno.