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Colau, la surfera del «procés»

Consiguió gobernar con 11 concejales y ha logrado mantenerse a flote sin poner en peligro sus aspiraciones presentes y futuras: la alcaldía y la Generalitat. La Justicia no la inhabilitará porque no cede locales, apoyará la consulta a la que niega un valor de referéndum y no pedirá el voto ni a favor ni en contra.

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Toni Bolaño. 

Tiempo de lectura 4 min.

17 de septiembre de 2017. 14:53h

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Ante las extravagancias de la campaña del referéndum ilegal que estamos viviendo no sería extraño ver a Carles Puigdemont, guitarra en mano, en la Plaza de Sant Jaume frente al Ayuntamiento de Barcelona cantar los versos de Antonio Machado «Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio; contigo porque me matas y sin ti, porque me muero», en dedicatoria exclusiva a la alcaldesa de la ciudad. Ada Colau Ballano –Barcelona 1974– que se ha convertido en el icono del amor-odio del independentismo.

Colau se ha erigido en la «surfera» del procés. Ha conseguido la cuadratura del círculo y «fer la puta y la ramoneta», es decir, un doble juego perfecto. No cederá locales para la celebración del referéndum, a la vez que mirará hacía otro lado cuando la Generalitat abra los de su propiedad en la ciudad para que ella pueda llamar a la participación. Tres éxitos en uno: la justicia no la podrá empapelar porque no realiza ninguna ilegalidad, apoyará la movilización y la participación en una consulta a la que le niega el valor de referéndum, y no pedirá el voto ni a favor ni en contra de la independencia.

El oleaje amenazaba con llevársela por delante y ha logrado mantenerse a flote sin poner en peligro sus aspiraciones presentes –mantener la alcaldía– y las de futuro, que no son otras que un escenario electoral en Cataluña, sin olvidar su oscuro objeto de deseo: las legislativas. No consta que Ada Colau sea una deportista irredenta y menos surfera, pero Alana Blanchard, Laura Enever o Anastasia Ashley, las auténticas reinas del surf, se hubieran sonrojado ante las habilidades de la activista-alcaldesa. Ni tan siquiera las celebrities Cameron Diaz, Elle Macpherson o Kate Hudson, adictas a este deporte, han llegado alguna vez a equipararse con la técnica de doña Ada Colau.

Es una activista en esencia. Ella cuenta que empezó su trayectoria en las protestas contra la Guerra del Golfo y luego su currículum la llevó a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, pero malas lenguas apuntan que la joven Ada se afilió a las juventudes del Centro Democrático y Socia cuando era dirigido por Teresa Sandoval, que acabó de concejal con Pasqual Maragall en el Ayuntamiento de Barcelona. Esta etapa ha caído en el silencio de la alcaldesa y su equipo y contrastar esta información es un imposible porque el CDS no existe y la afiliación de una joven inquieta pasó más que desapercibida. Los que esto cuentan lo dicen sin pelos en la lengua «lo suyo era ser activista, la ideología es lo de menos».

Sus habilidades las dejó claras al inicio de la legislatura al gobernar una ciudad con 11 de los 41 concejales. Superó los envites de la oposición y pactó, o hizo el abrazo del oso, a su actual socio de gobierno, el PSC. Dejó el disfraz de «supervivienda» con el que reventaba los actos de los ahora socios de Iniciativa per Cataluña, y adoptó un cierto pragmatismo dirigiendo con mano de hierro y guante de seda su grupo municipal –a diferencia de Manuela Carmena en Madrid– en el que conviven varias sensibilidades, nunca siempre remando en la misma dirección.

Colau comparte el poder en familia. Su marido, el economista Adrià Alemany, es el tótem de Barcelona en Comú, antes, y ahora de Catalunya en Comú. Aunque el protagonismo lo comparte con su número dos en el Ayuntamiento, Gerardo Pisarelo, y con Xavier Domènech, el líder de los morados, la sala de máquinas es propiedad en exclusiva de Alemany, «el ojo que todo lo ve y la mano que mece la cuna», en palabras de un ex colaborador de Colau, víctima de las maniobras orquestales en la oscuridad de Alemany.

Su enemigo público número 1 es Joan Coscubiela, el portavoz de Catalunya Sí que es Pot, la coalición que en teoría apadrinó Colau en las últimas elecciones y que dejó tirada porque no asumían sus planteamientos y, sobre todo, porque no pudo imponer a su gente. Su animadversión es manifiesta y mútua. Ahora con su último movimiento Colau mantiene viva su ambigüedad ante el procés y así poder pescar en caladeros de ERC, del PSC y de Ciudadanos. Aunque las encuestas no le auguran grandes éxitos en unas autonómicas nadie piensa que Colau sea forzada a abandonar el Saló de Cent. De hecho, la alcaldesa a pesar de tener un pacto con el PSC ha iniciado un cortejo con Oriol Junqueras, pensando en la estabilidad del Ayuntamiento y explorando la posibilidad de un gobierno de izquierdas en la Generalitat de Cataluña. A ambos les une una cosa: dar la estocada definitiva a Carles Puigdemont y a su PDeCAT. Quizás para Junqueras el objetivo es el día 1 de octubre, pero Colau lo tiene claro. Quiere aprovechar las olas, surfeándolas con paciencia y decisión de activista profesional, porque su día empieza el día 2.

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