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De los polvos del PSOE en 1988 a estos lodos

Tiempo de lectura 4 min.

26 de julio de 2017. 00:59h

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Finales de julio de 1988, en las charcas, ranas con cantimplora y, con el lógico rigor canicular, elecciones presidenciales en la Federación Española de Fútbol. Como cada cuatro años. Había que suceder a José Luis Roca. En capilla, tres aspirantes de tres puntos cardinales: Manuel Meler, barcelonés, presidente del Espanyol desde 1970 a 1982; Eduardo Herrera, cabeza rectora de la Federación Andaluza desde 1986, y Ángel María Villar, de la Vizcaína. Fuerzas más o menos igualadas, aunque en la carrera destacaba el exfutbolista bilbaíno. Javier Gómez Navarro presidía el Consejo Superior de Deportes; Rafael Cortés Elvira era el director general. Desde el CSD, el PSOE presionaba al candidato andaluz para que formara coalición con el catalán. ¿Un pacto por un presentimiento o sólo eran ganas de enredar?

«Chulen» Villar, hombre religioso, más conservador que progresista, más a la derecha que a la izquierda, aunque fundador y vicepresidente de AFE (sindicato de futbolistas), no parecía en aquella época el embrión del enemigo irreductible de futuros secretarios de Estado para el Deporte. Imaginar unas relaciones tan corrosivas en el paisaje cotidiano del siglo XXI, esa enfermiza confrontación de la Federación con Jaime Lissavetzky (PSOE) y Miguel Cardenal (PP), hubiese sido un desatino. Como todo lo que sobrevino a continuación, producto de esos polvos del 88 que trajeron estos barros en 2017.

Herrera no aceptó el pacto ni que le mangonearan y la víspera de las elecciones comió con Gómez Navarro. Ignoraba que Meler retiraría su candidatura antes de las votaciones; el presidente del CSD, supuestamente al tanto de la capitulación, le felicitaba. En teoría, los votos del catalán serían para Eduardo..., que sólo añadió unos treinta a los que ya tenía y Villar, en cambio, más de un centenar porque los emitidos por correo quedaron anulados: 216-182 fue el resultado. El presidente andaluz se sintió engañado y cuando, un año después, volvió a encontrarse con el secretario de Estado, éste le pidió perdón –«estaba mediatizado por Cortés Elvira»– y le sugirió que encabezara una moción de censura contra el presidente de la Española, con tan sólo meses en el cargo.

Veintinueve años después, Villar espera en un calabozo de Soto del Real a que el juez Santiago Pedraz, de la Audiencia Nacional, le juzgue, como a Juan Padrón y a Gorka, su vástago. El abogado de Villar es Sánchez Junco; el de Padrón, Mestre, el mismo de Ignacio González, compañeros de patio, y el de Gorka, el hijo de Luis Rodríguez Ramos, a su vez letrado de la RFEF. ¿Casualidades? ¿Caprichos del destino? Con «Chulen» en el talego, sus adversarios de siempre y los más recientes le ponen título a lo sucedido: «Historia de una muerte anunciada», porque lo veían venir, aunque en 2010, cuando Javier Tebas fue elegido presidente de LaLiga, éste retiró la denuncia que interpuso contra Villar a instancias del Gobierno. «Vamos a llevarnos bien», era el mantra, que encerraba cierta similitud con la frase de Gómez Navarro cuando ganó Villar las primeras elecciones: «Las peleas barriobajeras ya se han acabado en el fútbol». Premonitorio...

Quién iba a imaginar este panorama, aunque son muchos los que proclaman que lo que ha terminado por suceder era «un secreto a voces». Otra frase manida para un asunto que a primera vista engañaba. Los no desengañados pensaban que el villano era Juan Padrón, y casi nadie que el origen del mal está en el PSOE. Por causalidad.

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