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Patria

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13 de julio de 2017. 23:12h

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A Miguel Ángel Blanco, como a todas las demás víctimas del terrorismo nacionalista, lo mataron por ser español. Las hubo del PSOE, del PP, del Ejército, de la Guardia Civil... Lo fundamental era que eran españoles. Se trataba de romper lo que nos une, que es nuestra condición de españoles. Por eso resulta tan complicado el homenaje y el recuerdo a los veinte (veinte...) años del crimen: porque el recuerdo y el homenaje ponen en primer plano la cuestión nacional, algo que en nuestro país una parte de la opinión, en el nacionalismo y en la izquierda, vive –por decirlo suavemente– de forma problemática.

La cuestión no resuelta de si somos o no españoles, de si somos capaces de aceptarlo de una vez para pasar a otra cosa, complica la superación de los estragos del terror. La cuestión central es, como siempre, la del perdón. Ocurre que los verdugos no quieren ser perdonados. Al contrario, los verdugos se consideran ellos mismos víctimas: víctimas de una opresión que las convierte en mártires –testigos– de la patria vasca. Quieren ser exaltados como tales. Y lo son.

Las víctimas, por su parte, no tienen a quién perdonar, como no sea de una forma que, en términos políticos, equivale al olvido. Los verdugos no manifiestan arrepentimiento alguno y como no llegamos a un acuerdo sobre la articulación política de España –la cuestión nacional–, la sangre derramada sigue viva, sin nada que la aplaque y que construya algo, aunque sea el principio de un recuerdo compartido, sobre ella.

El desastroso cierre del terrorismo nacionalista propiciado por Rodríguez Zapatero ha conducido a esta situación. La patria vasca, que parece pujante, se levanta sobre una fosa putrefacta de recuerdos –he empezado a escribir restos– imposibles de enterrar porque la mentira que esa patria eleva al rango de relato fundacional la reabre sin tregua. Y la española, que se había asentado de nuevo sobre la reconciliación y el perdón después de la Guerra Civil, porque eso fue lo que consagró e hizo posible la Transición y la Monarquía parlamentaria, se resquebraja ante el clamor, que no cesará con el tiempo, de las víctimas insepultas. Después de sufrir como los españoles han sufrido en el siglo pasado la dentellada venenosa del nacionalismo, seguimos en las mismas. Y la izquierda, siempre fascinada por el nacionalismo.

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