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El plan de contingencia

El presidente Trump busca la amistad del Sr. Putin, el acercamiento a Rusia. No le importa en cambio enfrentarse a China y fija como objetivo básico estratégico la neutralización del islamismo radical. Hacer compatible estos tres objetivos va a ser muy difícil

Tiempo de lectura 4 min.

17 de enero de 2017. 00:36h

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Ángel Tafalla 17/1/2017

Con relación a lo que se avecina con el presidente Trump quisiera compartir con Uds. una buena noticia y otra mala. Al menos tal como las veo yo. La buena: no va a hacer todo lo que ha salido por esa boca durante una de las más agrias campañas electorales norteamericanas de las que se tiene memoria. La mala: con que cumpla tan sólo la mitad de lo que ha anunciado, los europeos estamos bien fastidiados. Hay que confeccionar urgentemente un Plan de Contingencia.

Si tuviéramos que destacar la característica más acusada del Sr. Trump, ésta sería sin duda alguna la imprevisibilidad. Ni el más agudo adivino puede acertar con lo que va a hacer. Cómo se va a profetizar con éxito el futuro si este señor ha establecido objetivos políticamente incompatibles entre sí que además no tienen financiación posible sin aumentar la ya abultada deuda y entrar en recesión. Lo que está claro y a la vista de todos es el carácter volcánico del Sr. Trump, su alergia a la crítica y sus malos modos, rayanos en la grosería. Es curioso que numerosos comentaristas –a la vista de los grandes poderes intrínsecos a la Presidencia norteamericana– cifren sus esperanzas en que las instituciones de ese país moderen al impetuoso y temerario candidato. Es decir, confían en que el Sr. Trump haya mentido o no tenga criterios firmes y sus colaboradores le puedan cambiar sus creencias. Mal asunto este de centrar nuestras esperanzas en que estas nuevas «perlas» adornen un temperamento apasionado y volátil. La única institución norteamericana capaz de moderar al nuevo presidente sería –a mi juicio– el Partido Republicano, actualmente con mayoría en las dos Cámaras, compuestas por representantes históricamente independientes de la Casa Blanca consecuencia del sistema electoral imperante por aquellas tierras. Claro que si este enfrentamiento entre legislativo y ejecutivo se produjera –sobre materia grave– estaríamos a un paso del «impeachment» o procesamiento del presidente y el Partido Republicano debería resignarse a aceptar el inevitable desgaste electoral posterior. Mal tienen que ver pues la situación para llegar a este extremo. Por el bien de la democracia norteamericana y del orden mundial esperemos que este momento no llegue nunca.

Antes de que ocurran previsibles acontecimientos operativos serios, los militares solemos redactar Planes de Contingencia. El pensar acertadamente cuando surge inesperadamente una situación grave es extremadamente difícil. Sólo los muy buenos lo consiguen, y eso parcialmente. Suele dar mucho mejor resultado imaginar de antemano qué sucesos nos obligarían a actuar y preparar la respuesta con calma. Cuando surja un problema real, no será probablemente igual al 100% del imaginado, pero si la hipótesis de base está bien estudiada y formulada, nos ayudará enormemente a definir la reacción inicial en tiempo útil. Apliquemos algo de esto al Sr. Trump. Preveamos pues algo de lo imprevisible. Todo lo que sigue a continuación son por lo tanto suposiciones, deducciones; en una palabra, hipótesis en que basar nuestro Plan de Contingencia.

El presidente Trump busca la amistad del Sr. Putin, el acercamiento a Rusia. No le importa en cambio enfrentarse a China y fija como objetivo básico estratégico la neutralización del islamismo radical. Hacer compatibles estos tres objetivos va a ser muy difícil, especialmente al conceder un poder tremendo de maniobra al presidente Putin que posiblemente no sea esencialmente antiObama, sino más bien antinorteamericano; opuesto a la hegemonía americana y no marcado por sentimientos personales. Reducir el revanchismo ruso a una antipatía personal entre presidentes es quizás simplificar excesivamente el análisis. No está nada claro que ante esta situación Putin pueda resistir la tentación de jugar con EE UU y China persiguiendo una agenda hegemónica mundial. Vamos, de convertirse en árbitro supremo. Recordemos si no su actuación en Siria, y eso con un menor premio en juego.

Si Trump se concentra pues en este triángulo estratégico de acercarse a Rusia, contener a China y destruir al Daesh (y asociados), van a surgir recios tiempos para los europeos. No es solamente que no nos necesite o seamos irrelevantes, es que seríamos un obstáculo para su primer objetivo. Esto augurará temporal duro para la OTAN y la UE; de hecho, algunos pérfidos roedores están empezando a huir del buque comunitario que sufre alguna vía de agua. La incertidumbre de las próximas elecciones europeas –en un ambiente de escepticismo ante la globalización– pudiera hacer que el número de roedores populistas –tirando a ratas– que buscan la imaginada salvación en la huida del orden liberal colectivo imperante hasta el momento aumente. Este sálvese el que pueda, a la vez que el amigo americano mira con deleite hacia el oso del Este, presagia la tormenta perfecta para nosotros los europeos. No digo que vaya a pasar todo esto, sino simplemente que puede pasar. Por eso nuestro Gobierno debería hacer sus planes para reaccionar si algo parecido a lo descrito telegráficamente sucede, sin tratar de excusarse en instituciones supranacionales. Al fin y al cabo, si volvemos –forzadamente– al nacionalismo, nuestros representantes, a los que hemos votado los españoles, están en Madrid, no en Bruselas, Washington o Nueva York. Ni mucho menos viven en Moscú.

Hay pues que ponerse a redactar un Plan de Contingencia con urgencia por si al Sr. Trump le dejan hacer la mitad al menos de lo que ha dicho que va a hacer. Por cierto, ¿eran amenazas o sólo palabras las suyas? Una vez redactado este Plan, se guarda en la caja fuerte y se reza todos los meses para que no haya que sacarlo nunca.

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