Ahora, Barcelona

Juntos. Solo nos queda caminar juntos. Extraer de nuestra alma como pueblo lo mejor de nosotros: la solidaridad, el sacrificio, el saber compartir dolor. Si somos capaces de aprender de los errores, Barcelona debe servir para unirnos. Al mismo tiempo nos solidarizamos con el dolor de tantas personas que ahora sufren el zarpazo del terror

La Razón
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Terminaba mi Tribuna de ayer haciendo referencia a Albert Camus que nos invitaba a caminar juntos, ni delante –«no sea cosa que no te siga»– ni detrás –«no sea cosa que no te guíe»–; «camina junto a mí». ¡Juntos! Hoy toda España –juntos– siente el dolor del atentado de Barcelona. Me sorprendió la noticia compartiendo sobremesa con el insigne arquitecto catalán Oriol Bohigas acompañado por su mujer Beth y de Ana Balletbó, antigua amiga con amplísima experiencia política y social; mujer de carácter, clara, directa, valiente, a la que he conocido en Georgia, en Gaza y anda últimamente inaugurando colegios en Siria. Menorca es lugar de encuentro veraniego de muchos catalanes, bien integrados con nuestra sociedad insular. Contactos enriquecedores. Reconozco claramente que me honro con la amistad de muchos de ellos.

Primera reacción: «Lo veíamos venir». El atentado cuyas consecuencias finales desconozco al escribir esta reflexión, ha herido el corazón central de la Barcelona turística: las Ramblas, el mercado de la Boquería, el cercano Liceo. Todo se conmociona, porque el terrorismo es lo que busca: aterrorizar. Porque es más el sentimiento de inseguridad e impotencia que el propio dolor producido, siendo este enorme. No bromea el Gobierno ni el Ministerio del Interior cuando dice que estamos en Alerta 4 sobre un tope de 5. Y a poco que estemos atentos a informaciones de fuera sabemos lo que pasa en Francia donde incluso han sacado a L´Armée a la calle. Tampoco descubro nada si digo que Cataluña alberga la mayor parte de focos de yihadismo de toda España. ¡Bien lo saben los servicios de inteligencia y las fuerzas de orden público! Como saben lo difícil que es prever estos actos criminales –que no necesitan ni explosivos ni armas sofisticadas– cuando proceden de unos fanáticos confundidos entre nuestra libertad la que disfrutamos todos conviviendo con numerosas y fluidísimas corrientes turísticas .

«Lo veíamos venir». Porque en las últimas semanas unos cafres insensatos han sembrado la semilla de la intransigencia, consentidos en muchos sentidos por una clase política claramente irresponsable, que las consideraba «cosas de estos chicos». Ahora vendrá el llanto y el crujir de dientes y los chicos dirán «yo no he sido». ¡Por supuesto hay responsables!

El turismo crea indiscutiblemente molestias muy especialmente a quienes no vivimos de él. Menorca deja de tener playas vírgenes desde comienzos de junio, y a los «indígenas» no se nos ocurre acercarnos a ellas. Pero más duele constatar un porcentaje alto de paro, que en cierto modo palía la actividad turística.

Pero entre el reconocer molestias, demandar de las administraciones medidas correctoras, buscar el necesario equilibrio y proteger bienes paisajísticos y el asaltar autobuses, pintar fachadas de hoteles, insultar públicamente, hay una distancia. Y cuidado con las soflamas porque las carga el diablo. Unos políticos que ya nos tienen acostumbrados a bravatas y amenazas, lanzan unas ideas en sedes parlamentarias o en las redes sociales sin saber en qué saco van a caer. No es la primera vez. Lean nuestra Historia.

O sí lo saben, querido lector. Saben que su caldo de cultivo es el caos, del que obtendrán réditos electorales. Si yo digo que me compensa no poder pisar una playa de mi Isla a cambio de que todo el mundo encuentre trabajo, para ellos no. Les va bien que haya paro, que haya indignación, inseguridad.

A cambio, pongo la mano en el fuego por la actuación hoy de los servicios de emergencia. No ha habido fronteras entre los diversos cuerpos de policía, las que en otros momentos alguien pretende levantar. Hoy una magnífica red hospitalaria dará una respuesta solidaria y eficaz.

Si en una condición se apoya el turismo –13% de nuestro PIB– es en la seguridad. Bien sabían los que atentaron en Túnez, en Egipto o en la Torre Eiffel que atacaban a la línea de flotación de su turismo. Los efectos en los dos países del norte de Africa han sido demoledores, porque además para ellos el turismo era canal de modernización, de intercambios culturales, en el fondo canal de democratización para ellos que iniciaban una primavera política. ¿Qué ha sido de ella?

Juntos. Solo nos queda caminar juntos. Extraer de nuestra alma como pueblo lo mejor de nosotros: la solidaridad, el sacrificio, el saber compartir dolor. Si somos capaces de aprender de los errores, Barcelona debe servir para unirnos. Al mismo tiempo nos solidarizamos con el dolor de tantas personas que ahora sufren el zarpazo del terror. ¡De tantas que viven en la incertidumbre de no saber, mientras escribo, donde están sus seres más queridos!