El púlpito y la poca ropa

¿Qué diría el ministro religioso o el líder ecologista al empleado que fue despedido porque la mayoría de sus feligreses siguieron su recomendación de reducir su presupuesto de gasto para vestuario?

Pocos están libres de la obligación de revisar periódicamente su formación profesional. Es lo que ocurre en un mundo sujeto no sólo a cambios rápidos sino también disruptivos tanto en lo profesional como en lo cotidiano. La letanía de “tener que reinventarse” es el lugar común que acompaña a todo el que ha perdido un empleo o cerrado su negocio. No hay nada nuevo. Los cocheros de Madrid se quejaban amargamente a comienzos del siglo XX por la irrupción de los tranvías primero, el metro y los coches de combustión, después. Con todo hay “oficios” que sorprenden por su refractariedad a mejorar su formación.

Por ejemplo, podemos leer algo tan sugerente como que “comprar es siempre un acto moral” o que “es bueno que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico”. Las afirmaciones no son mías sino de Benedicto XVI en su Encíclica “Caritas in veritate”.

Efectivamente, desde antes del paréntesis de la II Guerra Mundial, la economía occidental en sentido amplio (no sólo geográfico) ha basculado sobre cuatro ejes: la uniformalización de los gustos de consumo -el “american way of life”-, el modelo de producción de masas -fordismo y “prêt a porter”-, el consumo de masas sobre la idea de que “consumir es gozar” y el acceso cada vez más masivo al crédito barato. El siglo XX y lo que llevamos de XXI han ido añadiendo la globalización a lomos de la aplicación de las nuevas tecnologías de la comunicación al transporte y a las transacciones económicas, especialmente financieras. También se ha intensificado la robotización y, más recientemente, la aplicación de la inteligencia artificial. La economía es hoy mucho más sofisticada de la que conocieron los cocheros de Madrid de comienzos del siglo pasado, pero no son pocos los que se resisten a intentar entender algunas de sus claves despachando cuestiones complejas con juicios superficiales.

Cuesta trabajo imaginar a un ministro religioso hacer afirmaciones superficiales sobre cuestiones bioéticas. En caso de duda, posiblemente guarde un prudente silencio o recomiende la opinión de alguien más versado. Tampoco se atrevería a hacer afirmaciones superficiales sobre el cambio en el perfil de sus feligreses entre los que ahora conviven matrimonios, personas divorciadas o familias monoparentales. Salvo excepciones, tratará a todos con interés y respeto huyendo de soluciones no reflexionadas.

Con la economía, en cambio, no ocurre nada de eso abundando opiniones tajantes sobre la moralidad de empresarios, entidades financieras o consumidores muy consumidores. Además, no duelen prendas en acompañar los juicios sobre la moralidad de estas conductas con un “y yo no entiendo nada de economía”. Sorprende esto en una nación como España en la que entre sus mayores contribuciones al conocimiento se encuentran las obras de la Escuela de Salamanca donde la mayoría de sus miembros se afanaban en escribir tratados para ayudar a los sacerdotes en sus labores de confesión. Ellos sí respondieron ante la realidad de una economía más compleja con “manuales” que ayudaban a la hora de hacer recomendaciones morales sobre lo que estaba bien y lo que no con arreglo a la moral cristiana.

Pero volvamos a la afirmación de que “comprar es siempre un acto moral” y llevémosla al terreno tan transitado de la protección del planeta. La industria de la moda y, especialmente de la denominada moda rápida o “Fast fashion” aporta anualmente a la economía mundial 1,3 billones de dólares americanos; el 1,5% del total. Emplea a unos 300 millones de personas y emite 1,2 millones de toneladas de gases de efecto invernadero, una cantidad superior a las emisiones conjuntas de los vuelos y viajes marítimos internacionales. Claramente es una industria contaminante. Añadamos que desde el año 2000 el número de veces que una misma prenda se usa ha disminuido un 36 por ciento. No pocas prendas de nuestro ropero jamás se estrenarán. Parece que este tipo de compras no resisten el algodón de la moralidad y, con rigor, podrían afearse desde un púlpito, el “power point” de una sesión de catequesis o una reunión de ecologistas.

Dejemos entonces de comprar la ropa que no nos pondremos y estiremos más la que ya compramos. ¿Es moral forzar el desempleo de quienes ahora venden, transportan o fabrican menos ropa? En otros términos, ¿qué diría el ministro religioso o el líder ecologista al empleado que fue despedido porque la mayoría de sus feligreses siguieron su recomendación de reducir su presupuesto de gasto en ropa?

No pretendo justificar el consumo innecesario como único bálsamo contra el paro. En absoluto. Desde que aceptamos que sólo consumiendo éramos felices, la angustia se hizo un hueco más grande en nuestras vidas y un agujero más grande en nuestros bolsillos. Lo que digo es que hay que ser coherente con lo que se recomienda y luego, afrontar con las consecuencias como quien sabe que después de poner el funcionamiento el tranvía, las familias de los cocheros probablemente pasen hambre.

El libro de Enrique Lluch, “Doctrina social de la Iglesia y economía. Una introducción”, es una buena herramienta para ayudarnos en el discernimiento sobre este tipo de cuestiones. Permítanme que lo recomiende.