Cuando Sevilla ardía en nombre de Dios

La escritora Eva Díaz Pérez reedita quince años después «Memoria de cenizas», su primera novela, donde narra el brote protestante surgido en el siglo XVI en la ciudad

La escritora Eva Díaz Pérez en la sevillana plaza de San Francisco, donde se leían las condenas de la Inquisición a los herejesManuel Lamprea

El fuego crepitando y convirtiendo en cenizas carne, piel, huesos. Ese era el castigo ejemplarizante con el que la Santa Inquisición quería exterminar a los disidentes de la doctrina oficial de la Iglesia, quemados vivos en lugares públicos. Una práctica macabra que Sevilla encabezó en España con la celebración del primer auto de fe en 1.481. El Castillo de San Jorge –en la orilla de Triana, al otro lado de la ciudad– albergó procesos, condenas y torturas. En aquella cárcel, convertida hoy en mercado de abastos y en centro de interpretación de la Inquisición, comenzaba el calvario de quienes eran acusados, con o sin pruebas, de poner en peligro la supremacía de la Iglesia católica.

La existencia de un foco protestante en la muy religiosa Sevilla del siglo XVI llamó la atención de la escritora y periodista Eva Díaz Pérez, que acabó convirtiendo al monje jerónimo Casiodoro de Reina en protagonista de su primera novela, «Memoria de cenizas», publicada en 2005. La editorial sevillana El Paseo ha recuperado quince años después esa fascinante historia sobre la huida del clérigo que tradujo la conocida «Biblia del Oso», la primera versión en español de los «sacros libros del Nuevo y Viejo Testamento», como figura en su cubierta.

El brote insurgente germinó en el Monasterio de San Isidoro del Campo, ubicado en el vecino municipio de Santiponce. Ahí quiso Díaz Pérez celebrar el jueves pasado la segunda puesta de largo de su obra, con prólogo del académico Félix de Azúa para la ocasión, pero las fronteras levantadas por la covid impiden salir de la ciudad. La autora escogió entonces el castillo donde los prisioneros pasaban sus últimas horas antes de pasearlos en procesión la noche previa a su final.

La ribera del Guadalquivir bajo el puente de Triana sigue siendo hoy un espacio abstraído del avance del tiempo y es fácil convencerse de que esos mismos adoquines los pisaron personajes ilustres como Ponce de León, antes de ser quemado vivo en 1.559. Pero la semilla de la reforma eclesiástica no había arraigado solo en aquellos monjes, porque hasta el canónigo magistral de la catedral y otros cargos de la Iglesia se interesaron fervientemente por aquello que promulgaban Lutero y Erasmo. Díaz Pérez, entonces periodista y hoy directora del Centro Andaluz de las Letras (CAL), se topó con ese episodio histórico «sorprendente» mientras realizaba un reportaje sobre el monasterio jerónimo. El descubrimiento, lejos de pasar como una anécdota, motivó el inicio de su carrera formal como escritora, aunque sus destellos literarios llenaban las páginas de su periódico desde hace años.

Con Casiodoro de Reina afincado en Frankfurt, tras su huida de Sevilla con su familia para evitar la hoguera –como tuvieron que hacer otros compañeros– comienza una novela documentada exhaustivamente y donde la ficción «es mínima. No es un ensayo, pero creía que debía conocerse la historia cien por cien como había ocurrido», según desvela la autora. Desde su exilio en una Europa reformista donde no encontró la protección esperada, el monje continuó su trabajo de traducción de los libros sagrados al español –una tarea que le ocupó doce años–provocando la ira de una Iglesia que lo había prohibido expresamente en el Concilio de Trento. Díaz Pérez iguala por su calidad la escritura de la «Biblia del Oso» a obras como el Lazarillo de Tormes y recuerda la ardua labor para encontrar documentación sobre ese momento histórico. «La historiografía estaba limitada a libros extranjeros, España estaba reducida a una nota a pie de página», mantiene. A pesar de ello, su obra recoge con precisión la atmósfera tétrica y el temor que debieron sentir los perseguidos. Reconoce que ella misma no ha vuelto a pasear con tranquilidad por los lugares donde la narración sitúa hechos terribles. Entre el elenco de personajes reales, destaca a un joven arriero, Luisillo Hernández, contrabandista de libros prohibidos que llegaban desde toda Europa a la capital andaluza, o a Francisco de Zafra, representante eclesiástico y miembro encubierto de la iglesia reformista, cuya efigie fue quemada públicamente en septiembre de 1.559 y de quien se cree que escapó de las mazmorras de San Jorge.

Con minuciosa rigurosidad Díaz Pérez recrea la represión de la época, el miedo flotando en el aire, la crueldad infinita de los inquisidores, mientras deja aflorar la cotidianeidad de la ciudad bulliciosa que era Sevilla, inmersa en su edad dorada, a la que describe como «engalanada, fastuosa y desquiciada», que encontraba en las ceremonias públicas de muerte un motivo de celebración.

La autora relata cómo era el proceso previo a la quema, cuando «una procesión salía desde el Castillo de San Jorge hasta la plaza de San Francisco (sede ahora del Ayuntamiento), encabezada por su cruz verde y un cortejo con representantes de la Inquisición llevando antorchas». El condenado iba ataviado con «un capote con su sambenito, donde estaba dibujada la sentencia» –de ahí viene el dicho popular–. En otros casos, portaban un baúl con los restos de los presos que habían fallecido antes de poder aplicarle su castigo. «Los enterraban y luego sacaban los huesos para que no quedara sin condena», detalla. De esas prácticas con los supuestos herejes procede también la expresión «tirar de la manta» porque los «capotillos» se colgaban de las iglesias con los nombres de los condenados inscritos. «De esa manera, en la época de la limpieza de sangre, podían saber si eran cristianos viejos o nuevos», descolgando la tela y comprobando así si tenían algún antepasado quemado por la Iglesia.

«Memoria de cenizas» es un compendio de historia y de curiosidades, pero es la escritora quien mejor la define en el epílogo del libro: «Esta es la historia de una ciudad que ha criado por igual manera a espíritus críticos y lúcidos que a reaccionarios intolerantes llenos de medianías». Y lo sigue haciendo.