El libro

«Los autores no parecen tan importantes como los libros, algo rarísimo»

"El Quijote", obra cumbre de la literatura universal
"El Quijote", obra cumbre de la literatura universalComunidad de MadridLa Razón

En el mes del libro, hay que agradecer como nunca a los amigos invisibles que nos acompañan desde la biblioteca, la mesa de noche, la tablet. Durante el confinamiento, hemos vuelto a la lectura, los viajes mentales y otras fantasías literarias para calmar la soledad.

Mis libros (que no saben que yo existo) escribe Borges en uno de tantos poemas que dedica a estos objetos mágicos que ignoran nuestra presencia y existen más allá de nosotros en el tiempo.

El libro es un refugio, como cuenta Cortázar: Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo.

El 23 de abril se celebra el Día del Libro en honor a Miguel de Cervantes y a Shakespeare y cada año se elige una capital mundial del libro. Este ritual comienza en 2001 y la primera ciudad elegida fue Madrid. Este año es la ciudad de Tiflis, capital de Georgia. El año próximo, será Guadalajara, en México. También se entrega el Premio Cervantes en el Paraninfo de Alcalá de Henares. Por la pandemia, Joan Magarit no pudo recibirlo hasta diciembre del año pasado. Apenas a tiempo, porque Magarit muere dos meses después, en febrero de este año. Ahora le toca a Francisco Brines (digo ahora sin saber cuándo es ahora).

Y aquí aparecen los verdaderos protagonistas de la fecha: los autores.

El nombre completo de la celebración es: Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, pero la segunda parte del título se olvida. Quizás porque es muy largo y los títulos largos pierden palabras en el camino; quizás porque los autores no parecen tan importantes como los libros, algo rarísimo.

Un libro existe si alguien lo escribe. No lo trae la cigüeña ni nace de un repollo.

Los discursos de agradecimiento al Premio Cervantes son cartas líricas al Quijote y a nuestro querido idioma y los premiados escriben estas cartas para dejar constancia de una especie de inexistencia, la de autor.

Las palabras de José Emilio Pacheco son muy claras: «En la Roma de Augusto quedó establecido el mercado del libro. A cada uno de sus integrantes –proveedores de tablillas de cera, papiros, pergaminos; copistas, editores, libreros– le fue asignado un pago o un medio de obtener ganancias. El único excluido fue el autor sin el cual nada de lo demás existiría. Cervantes resultó la víctima ejemplar de este orden injusto. No hay en la literatura española una vida más llena de humillaciones y fracasos. Se dirá que gracias a esto hizo su obra maestra».

Rafael Alberti dice que Cervantes es el escritor «al que hay que amar más que a ninguno» y recuerda cómo pierde su mano izquierda en la batalla de Lepanto «llevando bajo la camisa, como coraza protectora, los poemas de Jorge Manrique que estaba leyendo»; Carlos Fuentes dice que Cervantes «es más moderno que la modernidad» porque inventa la realidad observada, la mirada de los otros sobre don Quijote y Sancho cuando saben que están siendo leídos.

Tres siglos después, se vuelve a inventar la pólvora: «The Truman Show», «Gran Hermano». Y nadie nombra a Cervantes.

Vuelvo entonces a Borges: mis libros (que no saben que yo existo) es más que un verso inocente en un poema de amor a los libros. Es un poeta entre paréntesis. Es el nombre (invisible) de la propiedad intelectual y los derechos de autor. Recordemos que el primer cuento que escribe Borges se llama «Pierre Menard, autor del Quijote», un homenaje a Cervantes, una burla a los copiones de todos los siglos y una defensa de los «invisibles» como Adriano del Valle.

La sabia María Zambrano es la que mejor entiende a Dulcinea, que es la Poesía, la Soberana y alta señora, la que carece de ausencia, la que siempre está. Y es la que mejor entiende a Cervantes, que no escribe una novela porque «El Quijote entra en el reino de la poesía. Es un poema. Poema siendo apurada novela, porque todo lo que es humana creación entra en la poesía cuando se logra».

El Caballero de la Triste Figura, que firma una de las más bellas cartas de amor de la literatura, es el autor del Quijote, el pobre Miguel de Cervantes alias Alonso Quijano, es la mano que mueve la pluma para que exista un pájaro, un libro. Es «el ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón».

Aprovecho este jueves de abril para abrazar a las personas que escriben y a los rituales necesarios para escribir como la flor amarilla sobre la mesa de García Márquez, el escritorio portátil de Jane Austin, la vela hasta que se apague de Isabel Allende, el laberinto mágico de Borges para convertir un sótano en jardín.