Nueva York quiere «empadronar» a sus ballenas

Varias organizaciones se han unido para monitorizar especies como la ballena franca del Atlántico Norte (sólo hay 400 ejemplares en la zona), para concienciar a los vecinos sobre la necesidad de reducir el impacto de la actividad del puerto

Varias organizaciones se han unido para monitorizar especies como la ballena franca del Atlántico Norte (sólo hay 400 ejemplares en la zona), para concienciar a los vecinos sobre la necesidad de reducir el impacto de la actividad del puerto

Las ballenas siempre han estado unidas a la fortuna de la ciudad de Nueva York; aunque la caza a pequeña escala se inició en el siglo XVII, el verdadero desarrollo de los centros urbanos de esa parte de la costa este americana está íntimamente relacionada con la gran industria ballenera de finales del siglo XIX, un poco antes de que el petróleo diera un respiro a estos gigantes del mar. Aun así, hasta la prohibición de la caza en 1986 especies como la ballena franca del Atlántico Norte sufrieron una enorme pérdida de ejemplares. Aunque años después se han recuperado algo, «en el mundo sólo existen unos 400 ejemplares, todos en Estados Unidos», explica Alfredo López, de la Coordinadora para el Estudio de los Mamíferos Marinos. Una historia, la de los vecinos cetáceos, que parece que los ciudadanos de Nueva York han olvidado y que un proyecto tecnológico conservacionista pretende hacer recordar para crear conciencia.

Recientemente, la Sociedad de Conservación de la vida salvaje (WSC), el Acuario de Nueva York y la Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI) han decidido estudiarlas a fondo con el fin de comprender cómo les afecta la actividad de sus vecinos humanos en el puerto de la ciudad. «Vamos a ser capaces de caracterizar los ruidos de todas las especies que atraviesen la ensenada de Nueva York y esperamos que gracias a los resultados, se estimule el que los barcos instalen alguna tecnología que les haga generar menos ruido en esta zona. Existen normativas para que los buques circulen más despacio cerca de los puertos pero el cumplimiento de estas normas es escaso. A través de esta tecnología y de la publicación de los datos en internet esperamos ayudar tanto a los científicos como a los ciudadanos y los legisladores a tomar conciencia del problema que la actividad humana representa para estos animales y a elaborar planes que ayuden a minimizar el impacto que el aprovechamiento del mar tiene sobre ellas. Por otra parte, la boya de alta tecnología que usamos nos ayudará también a entender cuando hay ballenas circulando para que los barcos puedan reducir su velocidad», explica Mark Baumgartner, investigador del departamento de Biología del WHOI y responsable del proyecto.

La ensenada de Nueva York es la zona de mar que da entrada al puerto de la ciudad por lo que «el área registra una tremenda actividad mercantil, lo que supone un peligro real de colisión y una fuente de ruido para los cetáceos. Por aquí pasan hasta siete especies, desde las ballenas azules, a las jorobadas, los rorcuales comunes, los cachalotes o las ballenas francas del Atlántico Norte. Todas ellas son especies amenazadas, aunque la que está en peor situación es la franca, de la que solo quedan unos 400 individuos. Estos viajan desde Florida hasta Massachussets cada año. También el rorcual, el segundo mayor animal sobre la tierra, está en mala situación: se calcula que sólo 1.500 individuos atraviesan la costa este de Estados Unidos», explica Baumgartner.

Lo que acaban de hacer es instalar una boya un tanto particular que estará en el agua durante un año, periodo tras el cual se recuperará y pondrá a punto para una nueva inmersión de otros doce meses. «El proyecto tiene una duración de dos años, aunque esperamos continuar en el futuro», especifica el investigador. La boya, que está situada a un 35 km al sur de la isla del Fuego, mide 1,22 metros de diámetro y lleva un instrumento de monitorización del sonido unido a la parte inferior, es decir, al punto de amarre, situado a 38 metros de profundidad. Dicho instrumento graba y procesa los datos que recibe en tiempo real. «Hemos instalado un sistema de detección de baja frecuencia que ya se ha probado en diferentes plataformas, desde boyas a submarinos y otros vehículos», explica el investigador. El detector recoge la información, la reconoce, graba y envía sus conclusiones a la parte superior de la boya, que a su vez se conecta vía satélite con los ordenadores centrales situados ya en tierra. «Hay muchos proyectos que graban el sonido de las ballenas, pero el nuestro es uno de los dos que lo hace en tiempo real. De esta forma, tenemos a disposición la información relativa a la detección escasas horas después de que las ballenas hayan pasado por la zona, mientras que los programas de registro estándar no cuentan con los datos hasta semanas o meses después del paso de los cetáceos. Nuestro sistema sirve para esclarecer si el sonido proviene de diferentes especies y ha sido ya instalado, a principios de esta año, en las costas de Maine y Massachussets. Tenemos poca información sobre el impacto de los barcos en las ballenas en tránsito por Nueva York, al contrario de lo que pasa en Boston, donde desde 2008 se lleva a cabo una estudio similar de monitorización acústica», recuerda Baumgartner. López coincide en señalar la novedad tecnológica: «Su sistema evita que haya que salir al mar a recoger los datos y hacer otro tipo de operaciones periódicamente».

Submarino

A la boya se sumará a finales de verano un equipo de avistamiento submarino que cuenta con el apoyo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). Se trata de un vehículo llamado Wave Glider y fabricado por Liquid Robotics para acceder a zonas del mar a las que sería muy costoso llegar y operar con otro tipo de embarcación. La barca autónoma se recarga gracias al movimiento de las olas y la energía solar y al igual que la boya es capaz de enviar los datos vía satélite según los recoge. Esta embarcación, parecida a las tablas de surf, es una innovación que ha despertado el interés del Pentágono como posible sistema autónomo de vigilancia del mar, porque si en tierra todo se ve y queda registrado, en el mar igual también es interesante, piensan, poder ver qué sucede en la superficie del océano cuando, por ejemplo, un avión se estrella.

Además, recoge datos tanto de superficie como del fondo marino y está pensado para que se instalen a bordo hasta 50 tipos diferentes de sensores. Carga una batería de 4,5 kWh y al igual que la boya, hará sus datos públicos en tiempo real. «El uso de estas tecnologías nos va a permitir dibujar un cuadro más preciso sobre cómo las ballenas usan el medio marino y cómo protegerlas, ya que se van a obtener datos de lugares de los que a día de hoy se tiene poca información, explican miembros de la WSC.