Risoterapia: rescatando al niño interior

A través de la risa y sus beneficios terapéuticos, esta técnica mejora el estado de ánimo de las personas y las ayuda a verse reflejados en su niño interior, a menudo, aletargado.

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18 de junio de 2015. 08:08h

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29/7/2014

“Todas las personas mayores fueron al principio niños. (Aunque pocos lo recuerdan)”. Esta frase del célebre El Principito bien podría grabarse en la entrada de los centros de risoterapia, una disciplina que receta la risa como panacea frente a cualquier mal.

Que el humor es bueno para nuestra salud física y mental porque previene el estrés, nos proporciona sentimientos de alegría y nos ayuda a encarar los problemas con mayor entereza es vox populi. Ahora bien, el problema, como en muchas otras cosas en la vida, surge cuando se trata de aplicar la teoría. La risoterapia propugna que, en este caso, no debería ser tan difícil porque más que aprender, se trata de recordar.

“La risoterapia es como un gimnasio de la alegría, en el que hay que ejercitarse para potenciar esa emoción”, lo dice el terapeuta gestáltico y director de la escuela que lleva su nombre, Enrique Aguilar. En las sesiones, casi siempre grupales, el maestro se sirve del juego, la danza u otras técnicas de expresión corporal, como medio para liberar al adulto y recordarle que gran parte de los sufrimientos que experimenta no son consecuencia directa de problemas reales, sino de su forma de hacerles frente.

“Jugar no es convertirse en niños, sino rescatar las cualidades del niño jugando como adulto”, matiza Aguilar. La idea es que, de un modo desenfadado, casi imperceptible para el ‘alumno-paciente’, a través del juego se puede conectar con la emoción real. “Le ayudamos a expresar porque esa es la vía para realizarse, para hacerse real”, reflexiona Aguilar y añade: “La risoterapia ayudar a poner fuera lo que hay dentro”. Porque como el libro de El Principito, no es para niños, sino sobre niños.

Reconciliarnos con el niño interior

Si echamos la vista atrás o agachamos la cabeza en busca de los más pequeños, veremos que para los niños la risa es una forma de comunicación. “El primer contacto de vinculación con la madre es a través de la risa. Cuando el bebé reconoce a la mamá, ríe”, explica Aguilar.

Numerosos estudios avalan la tesis de que según crecemos sonreímos cada vez menos. Aguilar explica que con el paso de los años el niño interior, nuestra génesis, va quedando empañado hasta el extremo de que apenas podemos vernos reflejados en él. Por eso, uno de los objetivos de los procesos de risoterapia es “recupera muchas de las cosas que nos definían cuando niños”.

Durante las sesiones, se trabajan fundamentalmente tres aspectos:

1. Volver a disfrutar. Mientras que el niño goza de hacer actividades por el gozo mismo de hacerlas, el adulto se vuelve productivista y aspira a la recompensa. “Me atrevería a decir que es como una epidemia”, observa el terapeuta y señala que movernos por interés nos genera “estrés, ansiedad, insatisfacción y un vacío insaciable que nos empuja a una actividad loca”. Jugando se aprende a actuar como un niño y disfrutar el acto en sí.

2. (Re)aprender a expresar. El adulto incorpora en su mente ideas de conveniencia que van coartando sus movimientos hasta el extremo de hacerlo sentir maniatado. “Siempre vamos pensando ‘no me conviene decir o hacer esto’ por el bien del exterior, así que reprimimos cosas, ya sean actos de enfado o de cariño”, argumenta Aguilar.

Toda esa represión se traduce en nudos, contracturas, dolores de cabeza, bruxismo u otras dolencias físicas derivadas de la tensión. “Ayudar al hombre a expresarse es ayudarlo a que se sienta liberado”, apunta el director de la escuela.

3. Equilibrio armónico. Como adultos, pensamos una cosa, sentimos otra y hacemos otra. Aguilar se sirve de un ejemplo muy sencillo para explicarlo: “Decimos que a la gente hay que ponerle límites, pero no se los ponemos y cuando los pasan sentimos rabia”. Esta disonancia provoca mucho desasosiego: “Cuando el niño juega se siete en sintonía, va a una; cuando ponemos al adulto a jugar logramos eso, vamos al momento”.

La risa como antídoto del miedo

“Tiene una explicación bioquímica”, advierte Aguilar. El miedo, como la risa, provocan cambios en el organismo que han sido estudiados científicamente. El primero genera tensión y provoca que las glándulas suprarrenales generen adrenalinas como mecanismo para que el cuerpo se prepara para correr o luchar. En definitiva, para defenderse.

La reacción que provoca la risa en nuestro cuerpo es antagónica a la del miedo. Segrega endorfinas que relajan todo el cuerpo. “Por eso buscamos la risa, pero la risa profunda”, defiende el director de la Escuela de Risoterapia Enrique Aguilar. Y la define: “Es una risa que no está desencadenada por nada externo, sino que podemos provocarla nosotros mismos, pero sobre todo es una risa sana, detrás de la cual hay alegría real y no mala leche como en la risa irónica”.

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