Salud

Fernando Sánchez-Dragó: ¿”Curvys”? No. Gordas (y gordos)

Fernando Sánchez-Dragó: ¿”Curvys”? No. Gordas (y gordos)

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Todo el mundo anda preocupadísimo por la irrefrenable tendencia a la obesidad que caracteriza al ser humano en la Era de Internet. Las calles se han convertido en una pasarela de rotundos panderos que se bambolean. Menudean, debido a ello, las dietas milagrosas y las que no lo son, pero las unas y las otras tienen algo en común: son falaces, en el peor de los casos, y de efectos fugaces, en el peor. O sea: no sirven para nada o sirven para muy poco. Algunas, por añadidura, son dañinas, letales (en contadas ocasiones) y martirizan a los usuarios, que se ven constreñidos a acomodar a ellas el ritmo de sus vidas y convierten en malhumor la joie de vivre. Olvídense de esas dietas. Basta con aplicar el sentido común. Yo, ajeno a la fanfarria de los nutricionistas y al parloteo publicitario de los laboratorios, lo hago y estoy como un pincel. Salta a la vista, ¿no? Peso ahora lo mismo, tirando a menos, que pesaba a los dieciocho años: sesenta y siete kilos. ¿Algún secreto? Supongo que sí. Por ejemplo: desayuno con espartana frugalidad, no picoteo, no voy a bares, no tomo azúcares directos, apenas bebo alcohol (pero no por sacrificio, sino porque no me apetece. Busco la ebriedad por otros medios), evito los postres, la bollería y el pan –lo que viviendo en Madrid no supone ningún sacrificio, pues el que en esa ciudad circula es de pésimo sabor, amazacotada estructura y textura de chicle. Otro gallo me cantase si viviese en Francia o en Italia– y sobre todo, sobre todo, sobre todo, he renunciado desde hace mucho a la costumbre, tan española. de los dos platos en el almuerzo y en la cena. Tal es la clave, muy por encima de cualquier otra. Sólo en España y en Francia sigue vigente tan estrambótica costumbre, que antes imperaba también en otras partes. Esa frugalidad, además de otras razones de índole pecuniaria, impide que vaya a restaurantes. Casi nunca lo hago. Sólo si me invitan y en los viajes. Se impone ahora la detestable moda de esos menús fijos que incluyen primer plato, segundo plato con guarnición, pan, vino y postre de confitería. Es un trágala (nunca mejor dicho), porque si pides un solo plato de los que figuran en el menú, no sólo no se abarata la cuenta, sino que se encarece. Y una apostilla: cuando bajo la guardia y voy a un restaurante, procuro que sea japonés. La gastronomía de ese país, además de ser a mi juicio la mejor del mundo, es la que menos engorda. Coman menos, amigo. Sabe mejor.