El coste del prejuicio

Por Carlos Navarro Ahicart

El pasado miércoles, a pocas horas de haber empezado el día, nos llegaba la fatídica noticia de que Rita Barberá, senadora por Valencia y alcaldesa de la capital de la Comunitat Valenciana durante nada menos que 24 años, había fallecido en un hotel de Madrid debido a un infarto de miocardio. Hay muchas hipótesis sobre lo que ocurrió: que si no llevaba una vida sana, que si el estrés por el proceso en el que estaba inmersa, e incluso algún iluminado dice que “alguien” se la ha quitado de encima. Pero el fallecimiento de Rita se debe, especialmente, a una muerte anterior: la del Estado de Derecho.

No hace falta ni hablar del acoso mediático y político que ha tenido que sufrir Rita Barberá durante meses, si no años. La prensa, que ha estado día y noche desde hace tiempo pico y pala contra ella, contra su integridad, dilapidando por completo cualquier ápice de su presunción de inocencia que pudiese prevalecer en el tiempo, ahora se lamenta por el fatal desenlace y dedica “especiales” a la que fue, y será siempre, la “alcaldesa de España”. No creo que sea una forma efectiva de lavar la conciencia de nadie.

Por otro lado, tenemos a la plana mayor de los políticos de este país. Están, claro, los impresentables adalides de la “nueva política” y la “regeneración”, que se levantaron y se fueron durante el minuto de silencio llevado a cabo en la Cámara Baja en recuerdo a una compañera, más que a una rival política. Esos no me sorprenden, y creo que, de hecho, ya no sorprenden a nadie. Son lo que siempre dijimos que iban a ser: una secta de exaltados, maleducados, impertinentes y perniciosos.

Los que generan sorpresa son los que se pintaron lágrimas en la cara para despedir a Rita. Los mismos que, días antes, seguían el juego de llevar a una mujer desolada hacia el abismo en el que el otro día, por desgracia, cayó. Los mismos que olvidaron los mecanismos más elementales de la Justicia en un país democrático y le aplicaron juicios y penitencias previos a cualquier procesamiento en los tribunales. Los mismos que le dieron la espalda en su día y hoy la arropan en el féretro. Siempre los mismos.

“Entre todos la mataron y ella sola se murió”. Pero, ¿quién? ¿Rita? ¿Lizondo, en su día? O ¿la Justicia? Nos encontramos en una terrorífica espiral de odio, política de bajo nivel y acoso premeditado que no desemboca en otro lugar que en el que, para bien o para mal, hemos visto. Lo de Rita ha sido una desgracia, y lloraremos durante años su pérdida irreparable. Pero lo que le han hecho entre todos a esta pobre mujer nos puede pasar a cualquiera de nosotros en cualquier momento, y por la razón que sea.

Tengamos en cuenta esto de cara al futuro. Coger la pértiga y pasar olímpicamente de lo más básico del mundo, la presunción de inocencia, es un angosto camino por el que no debemos continuar. Volvamos sobre nuestros pasos como sociedad, empecemos desde el principio y dejemos que sea la Justicia la que marque la senda a seguir, que para eso está y para eso, entre otras cosas, se conformaron los Estados modernos bajo los que, en teoría, debemos estar protegidos. Jamás olvidemos el efecto que tiene adelantar a la Justicia por el carril equivocado...