¡Eso es mentira!

No voy a mentirles; este post está muy relacionado con otro que escribí hace poco en este mismo foro y al que titulé “¿Somos personas honestas?”, en el que analizaba la propensión que tenemos los seres humanos a comportarnos deshonestamente en cierta medida y a cómo procesa nuestra cerebro esa inclinación. Pero dado que la mentira es una clase especial de deshonestidad, creo que merece capítulo aparte.

Y es que lo que “mientes más que hablas” no va del todo desencaminado. Mentimos por muy diferentes motivos. Para lograr que la gente haga lo que nosotros queremos, para obtener influencia, para evitar una sanción... las grandes mentiras serán aquellas que traicionen la confianza de las personas en beneficio propio y que perjudican a terceros.

Pero no todas las mentiras son así. Faltar a la verdad no es negativo siempre. Algunos animales utilizan la mentira en beneficio de la comunidad. Por ejemplo, emitiendo una serie de sonidos de alarma con los que simulan un potencial peligro. Así provocan una respuesta en los miembros más jóvenes del grupo y que esa experiencia les sirva como entrenamiento ante un eventual peligro real en el futuro. Algo así como un simulacro de incendio solo que sin que sus protagonistas sepan que se trata de una farsa.

Entre los humanos también un padre o una madre pueden valerse del mismo recurso con fines educativos. Por ejemplo cuando le cuentan a su hijo que no dan con el resultado de un problema de matemáticas porque lo que quieren es que el chaval se esfuerce y lo resuelva por sí mismo. También llamamos “mentira piadosa”, a la que usamos para no herir a los demás: “¿De verdad estabas nervioso al hacer la presentación? ¡Pues no se ha notado!”. O la “mentira social”, el clásico “no has cambiado nada” que se le dice al amigo reencontrado después de muchos años sin verle.

Un experimento realizado conjuntamente por investigadores de las Universidades de Oxford Autónoma de México y Aalto de Finlandia exploró el efecto de los diferentes tipos de falacias en la estructura social. Para el ello sometió a 200 individuos a unas 2.000 situaciones con afirmaciones falsas. Entre las conclusiones a las que llegaron, está que mientras que las “mentiras negras o antisociales” (“no he matado”, “no he robado”...) provocan desintegración social, las mentiras blancas o pro-sociales (decirle a tu hijo que ha jugado muy bien al ajedrez aunque no haya sido así con el objetivo de que no se desanime y siga practicando) generan conexiones positivas entre las personas, logrando así un efecto cohesionador en los grupos sociales.

Otro experimento interesante acerca de la mentira es el que dirigió el profesor de comportamiento humano Klaus Wertenbroch en la Universidad de Harvard. Para ello reunión en tres aulas de la universidad a 300 estudiantes en cada una. A todos ellos se les sometió a un examen de 50 preguntas de cultura general con un tiempo límite de 15 minutos para completarlo. Se comunicó a los participantes que recibirían 10 dólares por cada pregunta respondida correctamente.

En el aula número uno, los participante imprimían sus propias respuestas, se las llevaban al supervisor, éste las corregía delante de ellos y les pagaba en función del resultado.

En el aula número dos, el propio programa en el que se cumplimentaba el test contaba con un sistema de autocorrección que indicaba las respuestas correctas (con lo que los participante podían cambiar su respuesta si comprobaban que la suya había sido errónea). Después, los participantes imprimían los resultados ya corregidos y era ese papel el que entregaban a los supervisores.

Finalmente, en el aula número tres, todo transcurría igual que en la número dos con la diferencia de que antes de realizar el examen, un profesor daba a los asistentes una pequeña charla acerca del valor de la honestidad en un estudiante de Harvard.

El resultado del experimento fue que los estudiantes de la clase número uno obtuvieron de media 16 aciertos (160 dólares de ganancia), mientras que los estudiantes de la clase número dos consiguieron 21 (210 dólares) y los de la clase número tres, 22 (220 dólares). Se aprecia, por tanto, una diferencia estadísticamente relevante entre el primer grupo y los dos restantes: En cambio, no hay diferencia estadística entre los grupos números dos y tres. Técnicamente, su resultado es idéntico.

Observamos que los dos grupos que tuvieron la posibilidad de corregir alguna de sus respuestas una vez conocieron las correctas consiguieron más aciertos que los que no, así que es presumible que hicieron trampa. Sin embargo, fue una trampa relativa, ya que cinco o seis aciertos más sobre un total de cincuenta preguntas no es una diferencia escandalosa. La segunda conclusión es que la charla en favor de la sinceridad no causó ningún efecto en los individuos del tercer grupo, puesto que sus resultados son prácticamente idénticos a los de los estudiantes que no la recibieron.

¿Cómo interpretar estos resultados? Los investigadores concluyeron que los participantes de los grupos números dos y tres no creían (y su cerebro tampoco) que estaban mintiendo cuando cambiaron sus respuestas. ¿Por qué? Probablemente porque pensaban que en realidad la conocían y que sólo un olvido temporal les había hecho errar. Así que modificarla a posteriori no era, para ellos, mentir, sino subsanar un pequeño despiste. Que, en realidad, la sabían.