La diversidad no es una excepción

La educación es un derecho de todos, y los centros educativos y todos los profesionales que lo forman deben estar preparados para satisfacer las necesidades individuales de cada alumno. Por eso mismo hay que dar respuesta a todos y cada uno de ellos para que todos se sientan integrados. La escuela no se puede supeditar a satisfacer las necesidades de unos u otros alumnos. Por lo que debe ser un centro inclusión y nunca de segregación; cualquier razón o característica que nos haga diferentes no es motivo de exclusión, sino que al contrario, debe servir para enriquecernos sobre todo en términos de aceptación de diferencias, colaboración y ayudas.

La diversidad es una realidad, en la escuela y en la vida. Todos somos diferentes. La escuela que es capaz de atender la realidad de su alumnado, respondiendo adecuadamente a las diversas necesidades y capacidades de sus alumnos está ayudándolos a progresar.

Atender la diversidad escolar supone valorar y acoger a cada alumno por ser quien es, sin ningún tipo de discriminación por razón de sexo, raza, nivel social, altas capacidades o discapacidad, en el marco de respeto a los derechos humanos fundamentales. Una educación de calidad es aquella que ayuda al progreso en aprendizajes y actitudes de cada individuo. y ello requiere la adaptación de currículos, metodologías didácticas, materiales y recursos a las necesidades y capacidades diversas de los alumnos. Este es el camino hacia una educación, equitativa y de calidad. No debemos confundir la equidad con la igualdad. Si nos empeñamos en imponer la igualdad absoluta en la educación, se crea una situación injusta porque no se tienen en cuenta las diferencias existentes entre los alumnos.

Cuando se acepte por parte del profesorado y el gobierno de turno, que la diversidad es una norma y no una excepción, entonces podremos hablar de progreso hacia adelante; mientras que esto no se cumpla estamos progresando, pero hacia atrás, o lo que es lo mismo, seguiremos en una involución permanente.