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Ángeles y demonios periodísticos

Por Víctor Nuñez

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En el año del décimo aniversario de la muerte del periodista polaco Ryszard Kapuściński conviene recordar una de sus máximas más recordadas, pero menos seguidas: Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Alguien dirá que tampoco se puede ser buen fontanero, por poner un ejemplo, y mala persona, pero como el impacto social de una labor y otra no son comparables, ustedes me permitirán centrarme en los principios éticos de nuestra profesión. Sobre todo, me quiero centrar en la labor que deberíamos llevar a cabo desde las facultades de Periodismo para reducir al máximo el número de desalmados y sinvergüenzas que salgan con el título de egresados. No digo que los profesores nos tengamos que convertir en detectores del mal (en esto nos vendría muy bien la ayuda de nuestros colegas criminólogos), ni en una especie de guardianes de la moral. En muchos casos, nos podríamos conformar con ser capaces de localizar a los alumnos que ya desde la facultad apuntan maneras. Me refiero a aquellos que tratan de colar por auténticos trabajos que han copiado y pegado literalmente, que intentan enredar con toda clase de tretas y embelecos para justificar su falta de esfuerzo, y aquellos que, en definitiva, demuestran escasos valores éticos.

Son una minoría, pero hacen mucho daño si salen a la calle con el título de periodista bajo el brazo. La profesión periodística debería ser, como la de médico o maestro, ejemplar y en esto debemos involucrarnos las facultades de Periodismo si queremos recuperar el prestigio perdido. No solo debemos reivindicar el título para ejercer la profesión, además, debemos permanecer vigilantes y ser implacables con el alumno/a tramposo. Ya tenemos bastante corrupción en nuestro país y tenemos mala fama gracias a periodistas impresentables o corrompidos por el poder político y económico para poner en la calle a cualquiera con el título de graduado en Periodismo.

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La mayor parte de los estudiantes de Periodismo lo hacen por vocación de servicio y por denunciar lo que es injusto, pero existen garbanzos negros. Tratando de encontrar la explicación sobre por qué existen personas sin muchos escrúpulos que desean realizar los estudios de periodismo y hablando con distintos colegas, se puede conjeturar la siguiente hipótesis. Descartado el móvil económico -nadie se mete en esta profesión para forrarse- , nos queda la motivación por llegar a ser famoso. El gran protagonismo en los últimos años de los programas mal llamados del corazón (deberían relacionarse con alguna parte de la anatomía menos noble) ha generado una fascinación por el famoseo que a algunos les hace relacionar periodismo con esta clase de espectáculo que tan poco tiene que ver con nuestra profesión. Por lamentable que parezca, existe un buen número de estudiantes cuya máxima aspiración es participar en las tertulias y programas a los que Sánchez Dragó definiera hace muchos años como “telemierda”.

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Una vez le pregunté a mi amigo el catedrático Fernando Martínez Vallvey, por cuál creía que era el primer principio deontológico de un periodista. Su respuesta fue tan concisa como certera: “hacer bien su trabajo, es decir, contar la verdad”. Estoy de acuerdo, ni siquiera hace falta ser un santo como casi nos pide el maestro polaco, con no mentir nos valdría.