Política

Feo, fuerte y formal

Por Álvaro de Diego

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Nació en 1907 en un pueblecito de Iowa sin más importancia que haber sido su cuna. Ahora se cumplen cuarenta años de su muerte en un hospital de Los Ángeles. Marion Robert Morrison no tenía un nombre predestinado al éxito. De ahí que, como el improbable arqueólogo de Spielberg, adoptara el de su perro: Duke. El Duque procedía de una familia presbiteriana y pobre, con ancestros irlandeses y escoceses. Emigrado con los suyos a California, en la universidad despuntó brevemente en el fútbol americano, pero una lesión le privó de beca. Esta circunstancia fortuita, habitual en muchos de los que habitan los libros de Historia, le dejó sin estudios superiores. Años más tarde se doctoraría en cultura de masas.

Marion entró en el cine mudo, aprendió a montar a caballo y cambió su nombre por el artístico de John Wayne (el apellido lo tomó de un general de la Guerra de Secesión). Con él dio el salto a la fama en La Diligencia (1939), el primer western sonoro de su amigo John Ford. A las órdenes de este rodó una docena de títulos, los mejores de su carrera: La legión invencible (1949), El hombre tranquilo (1952), Centauros del desierto (1956) o El hombre que mató a Liberty Valance (1962), entre otros. Oscarizado casi en la prórroga de su carrera por Valor de Ley (1969), había producido El Álamo (1960) y dirigido Los boinas verdes (1968), discreto largometraje más reseñable por su solitaria defensa del intervencionismo en Vietnam.

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Encarnación cinematográfica de la rudeza masculina e icono reconocible de la cultura estadounidense, Sophia Loren lo ha recordado en sus memorias como “un vaquero de verdad, corpulento, macizo y seguro de sí mismo”. Pese a ello, su jovenzuela partenaire en Arenas de muerte (1957) relata un episodio que a punto estuvo de dar al traste con su reputación: Wayne se cayó del caballo mientras rodaba en el desierto libio y, ante el estupor general, se desgañitó a gritos al romperse un tobillo. Ese atisbo de fragilidad permite comprender mejor al hombre que siempre acudía a las filmaciones con su esposa, una mexicana menuda “sin la cual se sentía perdido”. Ella, Pilar Pallete, le sorprendería una vez enjugándose las lágrimas mientras contemplaba una escena de “Lo que el viento se llevó

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La Loren destaca otro aspecto de Wayne. Se trataba de un profesional que cumplía con su trabajo “con la paciencia de los fuera de serie”. De su celo laboral habla su récord de apariciones en la pantalla. El Duque intervino en 142 películas, en las que dejó constancia de este escrúpulo. En Río Bravo (1959) o El Dorado (1966), por ejemplo, los problemas de delincuencia los resuelven profesionales de la ley, frente a la lectura comunitarista de otras cintas como Solo ante el peligro.

Le ocurría como a su amigo John Ford, el más grande cineasta y un trabajador caracterizado por el pragmatismo. Ford vivía del cine y era consciente de ello. Rentable para los estudios, cumplía los tiempos de rodaje y nunca sobrepasaba los presupuestos. Entendía que el séptimo arte constituye, sobre todo, una industria. El irlandés parecía emular a Tiziano, un absoluto genio que en toda su vida no pintó un solo cuadro que no fuese por encargo.

Ford y Wayne nunca renegaron de su amor al ejército y a valores tradicionales como la religión y la familia. Javier Coma subrayó el canto a la creación de comunidades en el salvaje Oeste que palpita en el cine de ambos. En Ford el culto religioso actúa “como aglutinante social y esperanza de futuro, extendido al baile y a las relaciones entre personas de distinto sexo con vistas a la formación de familias y hogares, las bases del enraízamiento individual y colectivo”. Qué perversión más abyecta encontramos hoy en ese fanatismo que prohíbe cometas y enjaula a la mujer en vomitivas cárceles de tela.

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Pero Ford y Wayne no eran cínicos. Confiaban en la palabra dada y en el valor como virtud constante y segura. Y eso que sabían que gran parte de la historia de Estados Unidos se asienta en mitos (véase El hombre que mató a Liberty Valance). Creían que la moral es una cuestión individual, de conciencia, y que, por tanto, más vale ser héroe anónimo y fracasado que un tipo tan popular como desleal a uno mismo. Compartían que la única salvaguarda para los auténticos sentimientos reside en el pudor. Un pudor que los protege de su corrupción, que viene de la mano del exhibicionismo. Hay tres constantes en el cine de ambos: los western, Irlanda y el ejército.

John Wayne fue mucho más que el actor con limitaciones al que muchos han equiparado a Eastwood, el intérprete -según Sergio Leone- de los dos registros: con sombrero y sin él. El Duque no quiso ser candidato a la Presidencia por el Partido Republicano en 1968. El anticomunista visceral, partidario de intervencionismo militar en el sudeste asiático y de la Asociación del Rifle, no consideraba seria la incursión de un actor en política. Ahora esos mismos comunistas impenitentes se pertrechan con las mil máscaras del populismo y nos dan lecciones de democracia. Sobran políticos que son actores... y de los pésimos.

Wayne firmó un definitivo trabajo en 1976, El último pistolero. En este western otoñal su interpretación se confunde con los estragos del cáncer que probablemente contrajo rodando El conquistador de Mongolia. Las localizaciones en el desierto de Utah habían servido para efectuar pruebas atómicas y varios actores y miembros de la producción morirían igualmente de afecciones oncológicas. En sus últimos años Wayne frecuentaba discretamente una iglesia católica en la isla de Balboa (Newport Beach, California). Postrado en una habitación de hospital, salió brevemente del coma para atender unos minutos a un sacerdote. ¿Una breve confesión final como la púdica del alcalde Skeffington de El último Hurrah? Su esposa lo enterró en una tumba anónima para evitar profanaciones. Añadió solo un escueto epitafio en castellano: “Feo, fuerte y formal”.